El efecto de Neptuno

el

Rosa de Mumayor

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Llevaba semanas sin ver al señor Palmer cuando recibí aquel primer mensaje en mi teléfono móvil. Era de alguien que no se identificaba. Sugestionada por mi conocimiento de la astrología, y bajo los efectos de lo que creía que era un tránsito del planeta Neptuno sobre mi venus natal, interpreté ese mensaje como un »pródromo» de lo que se avecinaba: una mutación existencial de mi sistema de valores. Había leído varias veces ‘El efecto de Neptuno’ de Patricia Morimando y el aviso no podía ser más diáfano, así que, a nivel inconsciente, no podía hacer otra cosa que reproducirlo: me gustase o no me sentiría confusa y en mi estado sería proclive al engaño. Por si esto fuera poco, comencé a leer, en ese momento, ‘El Peregrino de Compostela’ o ‘Diario de un mago’ de Paulo Coelho. La conjugación de dos factores que, a toro pasado, me resultarían insoslayables.

A ese primer mensaje le siguió otro, y a ese otro más y otro y un sinfín. Yo tenía que contestarlos porque mi esperanza era que perteneciesen al señor Palmer. Eran de un hombre que me hablaba de lo que significaba para él y del deseo que tenía de encontrarse a solas conmigo. Miora me advirtió que era un envido peligroso por el que había empezado a apostar, porque aceptaba la venda que se me ponía en los ojos, y a ella su intuición le sugería que no se trataba del señor Palmer, aunque como yo acabará cediendo a las »evidencias».

El primer contratiempo fue que el saldo de mi tarjeta prepago se acabó en seguida. Pero, como si se tratase de magia, se lo comuniqué al que estaba al otro lado de esos SMS y, de pronto, mi saldo no tenía límite. A intervalos comencé a manifestarme cariñosa como me apetecía serlo con el señor Palmer. Que quizá fue eso por lo que el de los mensajes un día se animó a decirme quién era en »realidad»: Arrojo. Pero, entonces, ¿qué interpreté yo? Pues sencillamente que era un valiente. Aunque no sé por qué razón otro día no lo tuve tan claro y, a partir de ahí, fue una zozobra: que fue cuando pensé que podía tratarse de Eliot. Y aunque él me juró que no tenía nada que ver, fui incapaz de no amenazarlo. Me puse muy desagradable con él.

Otra contrariedad la supuso Zorrilla, que no comprendía, de pronto, qué me ocurría y que quiso forzarme a estar más pendiente en mi »trabajo»; es decir, de él. Tratando de hacerme ver que el problema, si recibía unos mensajes anónimos y los respondía, era mío. Momento en el que hago el corte violento y aplico la distancia esquizoide.

Y era cierto, el tránsito de Neptuno sobre mi Venus natal iba a transfigurar mi sistema de valores, porque yo ya estaba admitiendo que el »señor Palmer» pudiera sostener más de una relación de índole sentimental al mismo tiempo. Algo que, al principio, me había parecido impensable, a pesar de que yo misma mantenía una relación con Hudson. Me estaba convirtiendo en otra más tolerante y comprensiva, que será lo positivo que saque en conclusión al final del proceso: aquellos ámbitos en los que estaba por completo cerrada y a los que me abrí. Aunque he de reconocer que, en verdad, sólo de forma transitoria. Porque por las relaciones que me esperan más adelante sabré que este cambio no fue profundo.

También habré alcanzado el punto en la lectura del libro de Coelho en que éste comienza a hablar del amor que devora, del ágape, que no es otro que el que Jesucristo siente por nosotros, cuando ese día, tras días de apenas haber dormido, comienzo a mensajearme con el »señor Palmer» muy temprano, y paso todo esa mañana y toda esa tarde haciéndolo, y también paso toda esa noche en una actividad febril. El »señor Palmer» me está hablando de su realidad, que es la de experimentarse muy solo y sólo poder consolarse con prostitutas. Mi conmoción por él es extrema. He cruzado la línea que existe entre el estado hipomaniaco y la manía y, por vez primera, estoy teniendo un brote psicótico y no lo sé. O tal vez era lo que Javier Álvarez nos da a conocer como »status epilepticus partialis».

Empapada en lágrimas de misericordia, cuando Coga se marcha a su trabajo, me tumbo en la cama y un extraño céfiro me envuelve, mientras me percibo siendo trasladada al instante de la crucifixión. Estoy bajo la cruz y Cristo, desde su semblante de compasión infinita, me mira sólo a mí, que en mi compasión infinita, no puedo dejar de llorar por él y por la triste realidad que ahora conozco del »señor Palmer». La experiencia fue inefable pero de ella conservaré, durante muchos años, una sentencia a la que se me exhortaba: »¡Perdónalos, porque no saben lo que hacen!» Sin poder dormir, cuando el llanto catártico fue cesando, me duché y salí a la calle. Me experimentaba como elevada, como si no pisase el suelo, no por encima de nadie sino purificada, existiendo en la benevolencia y magnanimidad más absolutas. Era una elegida.

Creo que esa misma tarde, haciendo acto de contrición, me dirigiré a Camila, una compañera del cursillo, a la que prácticamente había hecho la vida imposible por la relación que yo creía que también mantenía con Hudson, y le pediré que me perdone. Camila, por supuesto, se hará la loca pero yo, ahí, me quedé en paz, al mostrarme indulgente, y al admitir delante de ella lo rastrera que había sido mi conducta. Como no hablo demasiado de Hudson, puede que no sea evidente el infierno que habitaba a través suyo. Y puede que haya otras personas con las que traté de disculparme entonces, el caso es que no las recuerdo. Y esa fue mi experiencia cumbre, porque así la llamé durante muchos años. La misma experiencia de índole espiritual que muchos psicóticos declaran haber tenido -según nos contó van Os- y que nos muda la existencia.

Al final Cami, convencida como se sentía de la identidad del señor Palmer, se decidió a tener una cita con el señor Arrojo, el supuesto señor Palmer. Cami era como había comenzado a llamarla él. Que debute en este párrafo distanciándome de mi misma es lógico hasta cierto punto. Porque ese será uno de los mayores golpes que me he llevado en la vida. El señor Arrojo y yo quedamos en encontrarnos en la calle en la que vive Miora, que observó todo lo que sucedió desde su salón.

El señor Arrojo me esperaba en su mercedes clase C, una berlina de color negro. Cuando vi el coche detenido delante de mí y a ese desconocido dentro de él reaccioné con mucha sangre fría. Lo hice conducir hasta la Ronda de la calle Apia, desde donde Miora podía observarlo mejor, porque había más luz y bajarse del coche, para que me explicara quién era y quién le había dado mi teléfono. Él no daba crédito a que no lo reconociese. Era el padre de Gonzalo, un adolescente que era compañero mío en el cursillo. »¿Vas a subir al coche, Cami?» -me preguntó. »Yo con usted no voy a ir a ninguna parte» -le dije. Entonces me di media vuelta y lo dejé con un palmo de narices. Y no sé quien de las dos se sentía más decepcionada, si Miora o yo. Pero nos pusimos a hablar y ella me explicó que el señor Arrojo, al menos, se merecía que le diera una oportunidad, porque había sido a través suyo que yo había experimentado lo Sublime. Y eso era cierto. Así que al día siguiente él volvió a buscarme y me llevó al pueblecito marinero, donde estuvimos tomando algo y hablando de lo sucedido. Pero ni él me gustaba un ápice ni, entonces, me convenció. Era un mafioso que sólo sabía presumir de lo rico y poderoso que era.

Yo había estado transcribiendo cada uno de los SMS que cruzamos a mi serie de cuadernos, los cuadernos que iban del trece al diecisiete. Él, dos tardes después, envió un taxi para recoger esas fotocopias, y cuando las tuvo en su poder me dijo que era »una policía cojonuda» y que eso sería aceptado como prueba en un juicio. Entonces, le aseguré que no pensaba denunciarlo pero a cambio sólo quería que se olvidase de mí, y lo cierto es que no recibí nunca más ni una sola noticia suya.

Además, existía un pequeño problema. Me había acostumbrado a pasar horas tecleando en mi teléfono móvil y ahora lo echaba mucho de menos. Había desarrollado una auténtica adicción. Era -imagino- porque ese acto repetitivo desencadenaba en mí una epilepsia refleja que estimulaba mi potencial hipérico. Fue ese el momento en que decidí ponerme en contacto con F. ocultándole mi identidad. Había descubierto navegando por la Red unos textos interesantísimos que él había escrito y eso me hacía ir en su busca, porque a pesar de que él no me resultaba estimulante como hombre, sin embargo, me atraía enormemente como intelecto.

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  1. El Camino del esquizo

    ANTES DEL CAMINO

    Érase que se era / una mujer ebria de cortisol / a quien un hombre abandonó a su suerte / Esta mujer vivía en una buhardilla sin puertas / y tuvo una hija que no se parecía a ella / A esa niña un día le dieron una gran paliza que jamás podrá olvidar / Y además sufrió otros golpes / La mujer también tuvo otro hijo que un día se hizo una brecha / Pero esa niña estaba creciendo / para tener que renunciar a la que fue su verdadera vocación / y a aquella trágica guitarra / y al gatito al que condenó a morir / Cuando utilizaba botas ortopédicas no tenía ningún concepto de lo que era la felicidad / Pero ya tenía edad para robar y para iniciarse en el sexo / y la oscuridad la acechaba / Reía una risa loca / el delirio la alcanzó y sostuvo una relación lésbica / Pronto se rebelará contra su propio nombre / y aprenderá a escapar a través de la enfermedad / Entonces llegará el primer viaje fuera de la ciudad origen / y la primera vez que se cavila maquiavélicamente con un fin / Habrá una sensación de desrealización y un regreso al colegio / Luego un viaje a Madrid y una herida grave a la confianza / Los genes folclóricos del abuelo materno y su afiliación a la falange / La ausencia de espíritu familiar y el respeto / El funeral / El concurso de relatos del colegio / Hablábamos de la naturaleza evasiva de la niña y de sus terrores nocturnos / También del vecino peligroso y de los preciosos veranos / y de su erotomanía / La oportunidad de dejar volar al pájaro en libertad / La mejor lección posible / El temor real / a los apologemas del padre / El morado del ojo / y el sueño en el que las puntas de los dedos se convierten en lápices / Un novio gitano y el celo de las hembras / El pueblecito marinero, el trauma y la sosa caustica / El muchacho de los ojos verdes y el soldador que esperaba por el pie / Los golpes a la dignidad y la muerte sobre la cabeza / los pródromos de esta narrativa / una historia con las cartas del Tarot / y una cabeza a pájaros /  Los desentendimientos / la oui-ja, el hombre maduro y la pérdida de la virginidad / cuando el llanto queda prohibido / un noviazgo y un embarazo / un aborto, un psicólogo y la conciencia / Y después enamorarse / el lagarto de la muerte / el hijo depravado / la idea pésima / Mira Delgado, Flora y Coga / La amenaza y la salida del hogar paterno / actuaciones discutibles / La academia de secretariado y el fantasma / La mala vida y la maleta en la calle / La boda, la mudanza y la astrología / La muerte del gato y la dependencia / La atracción física / y el despertar de la anestesia emocional / La llegada del amor / Historias del alambique / El abismo y el hiato / los hilos de la magia / y los besos del señor Palmer / El espionaje, el error y el grupo / el efecto de Neptuno /

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Es uno filósofo guardando silencio

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