El último día de ‘La inmortalidad’ o las casualidades


Parte -I-


… después Laura tomó mi libro, sobre el que yo había dibujado aquel ciento de minúsculas líneas que no sé bien si tenían vocación de soles o de gaviotas y se dispuso a mostrarnos sus firmas, la actual, la antigua, la que era como un rayo y luego una mujer. Entonces a mí se me ocurrió leer de nuevo las líneas bajo las cuales Laura garabateaba con el lápiz.

‘»Cuando le quitaron el sujetador, se cogió los pechos con las manos, intentando cubrirlos con las palmas..'»

La mujer que tañe el laud había subido a una habitación de hotel con su amante y su amigo M. Y me asusté. Llevada por un pudor desconocido pensé en tapar con mi mano las letras para que ella no pudiera leerlas pero luego me dije que eso sólo haría aumentar su curiosidad y sería peor, así que dejé que terminara su labor confiando en que Laura no veía allí más que parte de una hoja en blanco, aunque en ese minuto no caí en la cuenta de la tremenda casualidad que era… No relacioné a Marcos y a Jorge (dos niños de su misma clase) y lo que acababa de empezar a contarme que había sucedido en la biblioteca… con el párrafo precedente.

Luego buscó otra hoja que estuviera libre de palabras y se dispuso a…

– No hagas eso Laura. ¿No ves que es un libro? -dijo su padre-.
– No – contesté yo firme-. Déjala que lo haga. Es mi libro y a mí no me importa.
– Bueno, hazlo si quieres… es el libro de Carmen – continuó él sonriendo casi más para sí que para nosotras o tal vez más conmigo, en privado, comulgando de mi secreto… quizás recordando algo que mencioné en mi diario íntimo hará como cosa de un mes.

Parte -II-

Ella comenzó la construcción por la cabeza que tenía forma de huevo. Un ojo le quedó más alto que el otro y luego el pelo: una melena larga, aparentemente rubia y ondulada esta vez pero uno de los laterales del pelo tenía movimiento, como si fuera un cabello ondeado por una brisa o un ventilador. Los brazos en jarras, el tronco corto para las piernas tan largas. La pensó con un vestido en forma de campana hasta los tobillos (la anterior se parecía más a ella y llevaba una falda corta con botas altas) que el viento o el aire también hacía flamear.

– Una mujer con los pies grandes – dijo entonces él, es posible que confundiendo desde su altura y posición las perspectivas.
«¿Pies grandes?»- dije yo para mí. «¿Qué pies grandes?» Y entones se me ocurrió leer lo que decían las últimas líneas bajo las que ella había elegido ponerse a pintar. Volví a leerlo y repetí de nuevo para mis adentros: «Vaya, qué casualidad…»


– Espera Laura déjame enseñarle esto a tu padre -tomando el libro con las manos en actitud aún de asombro. «Mira, tú dijiste: ‘una mujer con los pies grandes’, ¿y qué dice ahí?»

«Sus zapatos recorrerían el mundo con un poco más de melancolía que hasta ahora. Igual que las grandes zapatillas de la australiana.»

– ¡Anda!, si es verdad -dijo él impregnándose segundos después de mí de la misma admirable sensación.
– Es una casualidad – continué.

Y a la que creo que él asintió. Por fin había sucedido una casualidad que yo pudiera señalarle al momento. Ahora sería capaz de entenderme más y comprender que esas ‘señales’ a las que luego les doy esa relevancia que a ojos ajenos puede parecer hasta desproporcionada… forma parte solo del conjunto de una personalidad despierta y atenta hasta a los detalles más insignificantes, curiosa. Y una curiosidad monumental sentía yo luego de aquello por saber qué narraba el capítulo del que ese intrigante e inusual pequeño texto final formaba parte..

Parte -III-

Y ayer por la mañana sentada en un banco del mismo parque lo descubrí por fin… la mujer de las grandes zapatillas había sido un episodio en la vida erótica del protagonista… el episodio que le llevaba incluso a pensar lo terrible que sería para un terrícola encontrarse con una mujer de la que se desconociera su pasado extraterrestre…

«… y por eso no las entenderán en absoluto; nunca sabrán que efecto tendrá en esas mujeres lo que digan o lo que hagan; nunca sabrán qué sentimientos se ocultan tras sus hermosos rostros. Con mujeres hasta tal punto desconocidas sería imposible hacer el amor, se decía Rubens…«

No podía existir un símil más contrario a mí porque yo lo había puesto todo en sus manos… Mi entrega simbolizaba la paradoja perfecta, aunque esa sólo era una de las posibles maneras de interpretarlo. Porque a ver… ¿y qué sabía en realidad yo de él? ¿A qué me refiero? A que páginas más adelante… cuando se mencionan por cierto esas grandes zapatillas bajo las que Laura dibuja a su particular muchacha gótica (voy a olvidarme de sus brazos en jarras porque parece que no corresponden al dibujo, que no quieren pertenecer a él y son más producto de su impericia infantil que de otra cosa) y la melancolía de los zapatos de él, el protagonista telefonea a Agnes para comunicarle un próximo viaje a Paris y ella se niega a verle.

«– De verdad que no tengo nada contra ti. Esto no tiene nada que ver contigo. Es algo que sólo me concierne a mí.»

Es rechazado y se acuerda entonces de la estudiante australiana.

»’… Aquella también había sido rechazada por motivos que no podía comprender. Si hubiera tenido ocasión, la habría consolado con las mismas palabras. ‘No tengo nada contra ti. Esto es algo que no tiene que ver contigo. Es algo que sólo me concierne a mí.’ Comprendió de pronto intuitivamente que su historia con la mujer que toca el laúd había terminado y que él nunca sabría por qué. Igual que la estudiante australiana nunca comprendería porque había terminado su historia…»

Parte – IV –

Pero es que aún quedaba una tercera ‘muñeca’… En ésta el pelo y el vestido volaban en el mismo sentido pero los brazos y las palmas de las manos se abrían formando ángulos agudos paralelos al cuerpo de unos treinta grados y aunque el vestido seguía siendo hasta los tobillos y la sonrisa la misma ( es lo que confunde)… los ojos, ambos a la misma altura y mirando como divertidos y traviesos o intranquilos (no sé distinguir el matiz aún) hacia lo que ven venir por abajo (en la otra muñeca no; la otra muñeca está muy segura de si misma; después de todo los brazos en jarra no habían sido sólo producto de la impericia infantil) muestran una media sorpresa como diciendo: «¡Ay dios!. Mira eso.»

Fue cuando nos levantamos porque yo miré el reloj «¡Vaya! -exclamé con cierto apuro. Son las ocho. No me había dado cuenta. Tengo que irme.» Y Laura dijo: «Esta está gorda.» «No -replicó su padre. Te lo parece por la campana del vestido (una especie de ‘alas de mariposa’ que ella le había añadido). Venga, dale el libro a Carmen que ya oíste que se le hace tarde.» Pero ahí fue cuando Laura se percató del folio doblado entre las páginas. «¡Eh! ¿Qué es esto?» Y se dispuso a abrirlo. «No» -me negué sobresaltada yo. Cosa que a él le causó cierta gracia. «No, claro. ¿Qué será lo que Carmen tiene ahí que tú no puedes ver?» Pero sólo era la circular que la presidenta me había entregado y que nos convocaba a la carrera que se celebraría el próximo sábado, por eso me tranquilicé y le permití que ella lo leyera… Y estábamos los tres de pie formando una especie de piña o un racimo mientras Laura leía la carta y se tropezaba de bruces con la palabra ‘pedestre’. Entonces fue cuando mis ojos miraron como de soslayo y la vi venir a ella ( yo entre divertida y asustada) por el camino de abajo cuando él todavía no se había percatado: «Vuestra madre.»

Días más tarde y -V- de aquel último dibujo de Laura…


– Vuestra madre no. Tú madre -dije yo enmendándome.
Ella sonreía y agitaba la mano en un saludo pero por dentro tenía que estarse rabiando. Ya había tenido el dudoso gusto yo de conocerle esas maneras.

– Vete a darle un beso a mamá, cariño.

Y Laura echó a correr hacia ella feliz, creo, porque yo ya no les miré a ninguno. Me concentré en mi bolsa de deporte, en recogerlo todo para irme a la vez que le escuchaba decir a él todavía a mi lado: «Llegó el séptimo de caballería». Y yo me despedía con un adiós o un hasta luego improvisado sobre la marcha.

¿Pero qué había querido decir él? ¿El séptimo de caballería al rescate o a la carga?

Por eso, por eso tenía una gran curiosidad la mañana del jueves cuando me senté a leer en el parque. Las palabras situadas justo encima de la caricatura de la mujer gorda (como la llamó Laura y es que la madre de Laura está gorda) parecían sólo una consecuencia de algo grave que tenía que haber sucedido:

«Luego se dijo que no estaría mal suspender por un tiempo sus relaciones con mujeres. Hasta más adelante, como suele decirse. Pero el descanso se prolongaba una semana tras otra, un mes tras otro. Un día se dio cuenta de que ya no habría un ‘más adelante’.»

Y lo que había ocurrido era algo irreparable…
y eso fue ya el martes de la semana pasada.

Es uno filósofo guardando silencio

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