El adiós al cachopo del Mesón Navelgas en Lugones (Siero)


Comenzamos a frecuentar este local en el 2015. Íbamos, en principio, porque a mí me encantaba su cachopo de picadillo y queso de cabrales. Luego yo sufrí mi crisis y durante algunos meses dejamos de frecuentarlo. Cuando regresamos tuvimos que conformarnos con el de cecina y queso de cabra, porque el anterior ya no estaba en la carta pero nos habituamos. Un día estuvimos a punto de no regresar, era cuando todavía estaba aquella camarera con tantas tablas que tenían y que fue una pena que se fuera. Íbamos a no regresar porque no sé lo que nos sirvieron pero, desde luego, aquello no era carne. Aun así le dimos otra oportunidad al lugar y no nos arrepentimos. El dueño es muy serio pero es una persona muy amable. Y Carmen también, cuando la tratas más. Aquí la primera vez que alguien me hizo sentir verdaderamente mal a gusto fue Laura. Es probable que porque un día, que ella se mostró encantadora conmigo, yo le retiré la vista antes de tiempo pero no lo pude evitar. Las esquizoides tenemos esas cosas, nos estrellamos contra la parafernalia social. Y a partir de ahí ya era como si molestáramos. Mi compañero tampoco ayudó mucho, porque otro día llamó la atención del niño y el abuelo, porque el niño, que era muy pequeño, no dejaba de conectar el ventilador y a él le molestaba. Pero ayer ya fue hasta el camarero, siempre gentil, el que aplicó cierta distancia higiénica. Esto es fenomenológico pero no es lo importante, o no del todo. Podemos comer sin ser queridos pero no nos gusta sentirnos chuleados. Pasamos de pagar, a principios de año 33 €, con chupito y café incluido, a más de 37 €. De repente, comenzaron a sumar el IVA aparte. Y eso lo pagamos hasta primeros de mes pero ayer ya fueron cerca de 40 €, por un cachopo, unos trozos de pan, una botella de vino de la casa, que siempre me tomo yo casi entera, porque él tiene que conducir, un helado y un trozo de tarta de piña. Y sintiéndolo mucho, a eso hay que sumarle la gasolina del desplazamiento. Es decir, que nos ponemos en cien euros al mes, por ir a ver malas caras, que manca narices eso. Y el cachopo a veces está riquísimo, cierto pero no siempre. Y esto lo escribo para no arrepentirme porque yo soy algo mema y dicho esto seguro que no regreso. Cosa que lamento, en el fondo. Porque era una costumbre y de las costumbres cuesta despedirse.

Es uno filósofo guardando silencio

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