LA ESCUCHA TERAPÉUTICA (parte -i-)


«El Camino que he seguido lo he seguido sin saber nada.» No sé a qué tragedia de Sófocles pertenece pero hoy me atañe más que nunca. No estaría escribiendo ahora, creo, o no con la misma libertad que voy a hacerlo, si ella, no diré su nombre, no apuntala mi respuesta. La que le daba esta mañana, al amanecer. Sin embargo, comenzaré por él, porque me dio el último empujón cuando dijo aquello de que «debilitar» también podía ser debilitar una conducta tóxica, que no es lo mismo que castigar. Y eso me abrió la mente. Pero en líneas generales, esto de lo que voy a hablar hoy es una sinergia. Tenía que haber sentimientos implicados, para que yo quisiera sentirlos, porque no se puede sentir el vacío de los otros, aunque no por ello deja de ser doloroso. No tanto como el propio vacío pero doloroso. Así que la leí a ella, en algo muy bello que ella compartía. Sólo sabía que quería hacerlo. Quiero dejar claro que, entonces, no perseguía ningún propósito. O no de forma consciente. Pero ella es terapeuta y a pesar de que a mí la inmensa mayoría de los terapeutas no me inspiran confianza, eso que ella compartía me llevó a querer confiarle a una persona que necesita de mi ayuda. Y, por proximidad, y por falta de conocimientos, había llegado al punto en que esta persona verdaderamente me preocupaba, como sucedió con Miora… cuando se la confié al hombre del tatuaje. Así que se lo pregunté, si ella se veía con herramientas para hacer frente al caso que le relataba. Y no me dijo ni que sí ni que no. Me dijo otras cosas. Cosas que eran una esperanza en sí. Y eso a esa persona con problemas, que se había marcado una meta, un límite en el tiempo, para dejar de sufrir como sufre, le hizo sentir fe. Fe en que conseguir ayuda externa es posible. Porque tú, quieras que no, una opinión que viene de un profesional la valoras. Pero yo quería más que eso, quería presentársela, quería que la conociera como ella se deja conocer. Y sabía que si la leía eso no iba a suceder. Porque cuando leemos a la gente es raro que impliquemos a nuestras emociones en ello. Aunque puede que venga Aramburu con Patria y eso te lo tumbe abajo. Y llores lo indecible, como yo lloré. Pero no es lo normal. Así que esta mañana en realidad esa persona con problemas nos conoció a las dos. A su futura terapeuta, porque me ha prometido que, aunque solo sea una consulta, esa consulta con ella me la debe, y a mí, que me conoce de sobra pero no como yo soy en la intimidad. Como solo soy cuando estoy conmigo y con los seres humanos a los que aunque sea por un instante siento. Y, claro, esa risa estaba ahí. Y esa risa esa persona antes nunca la había escuchado. Y me encantó cuando dijo: ¡Pero qué bien escribe esa mujer! Y me encantó cuando se la mostré sonriente y, después, en otro momento, en otra faceta y en otra, con una niña. Y dijo: ¡Pero qué capaz, qué seria! Y más cuando me dijo cómo la admiraba. Porque le conté una historia que le leí a ella, acerca de elegir, en un punto dado, qué quiere hacer uno, o no, con el resto de su vida. Ahora voy a hacer un inciso. Para contar algo previo, antes de llegar a donde realmente quiero llegar, a que existe un modo de curarnos pero no sin el otro. Una técnica. Que he puesto a prueba hoy y que ha logrado cambiar el discurso (el logos) de esa persona que necesitaba ayuda. Yo lo primero que obré con esta persona cuando la vi padecer tanto, sin remedio, fue acercarla a la astrología psicológica, que fue el camino porque el que yo me acerqué a la psicología. Le dije: «Si quieres le echo un vistazo a tu carta natal y a tus tránsitos y te guio, a través de la Red, para que tú mismo puedas saber qué te sucede.» Y funcionó. En este caso sí, porque la astrología es uno de esos misterios que a veces se convierte en la puerta por la que empiezas a conocerte a ti mismo. Y le hice escuchar unos vídeos de José Millán, que venían al caso. Y esta persona con problemas se emocionó mucho, porque Millán es muy bueno en su terreno y exponía sus problemas de forma meridiana. No le facilitaba, por supuesto, herramientas para resolverlos pero esa persona se sintió comprendida. Hasta el punto de que me hizo a mí escuchar a Millán para que comprobara lo fidedigno que era todo. Yo no lo decepcioné, por supuesto. Quiero decir que la astrología vende humo. No sé por qué resortes a veces logra dar en el clavo de esa manera. Y eso que la estudié durante quince años. No le encuentro explicación. Pero que te ayude a entender ciertos patrones de conducta o desenvolverte con los arquetipos no remedia nada, no arreglas nada. Lo único, saber que todo tiene un tiempo. Un tránsito al menos lo tiene, una forma de ser puede que no. Pero te mueres. Al final sí. Y en este estado de receptividad anormal de la persona con problemas, porque cuando se sufre, cuando tu corazón está roto, se tiene otra sensibilidad, yo pensé en lo que le contaba a ella esta mañana acerca de mi terapia, la que yo seguí y pensé en eso de debilitar una conducta tóxica, que es, por ejemplo, que alguien esté envenenado y te envenene, porque no lo puede evitar. Y le dije: «En realidad, no tienes una razón por la que esperar para ponerte en terapia, puedes comenzar hoy mismo.» Esa idea, por supuesto, no entraba en la cabeza de la persona con problemas. Y, entonces, le hablé de Alfredo Eidelsztein, a quién personalmente yo admiro muchísimo por lo que me enseñó acerca del horizonte de las personas, y lo que le escuché decir. Que a veces sus pacientes desaparecían durante meses de su consulta y cuando menos él se lo esperaba regresaban y le decían: «Doctor, no se imagina las conversaciones que he tenido con usted.» ¿Eso significa -me preguntó la persona con problemas- que yo puedo empezar esta misma tarde a hablar con ella? Y yo le dije, no, eso no sirve para nada, si tú no te escuchas. Porque hablando llevas meses hablando conmigo y no te ha servido absolutamente de nada. Lo que tienes que hacer es grabarte. Y escucharte, luego, con los auriculares, en silencio. Con atención. Pero esto si no lo llevas a la práctica no lo descubres. Yo hay cosas mías que me he encontrado en mis grabaciones, tonos, sonidos, expresiones, como un «lo siento» residente, que me han hecho detestarme y comprenderme en profundidad. A veces era una queja, que ni siquiera me pertenecía, que yo reproducía porque la había heredado de mi abuela. Otras una incapacidad para pronunciar un diminutivo, porque mi madre los detestaba. Multitud de aspectos que desconocía de mí. Y cuando te haces consciente de las cosas, unas quieres que estén y otras no, para esas ya no tienes espacio. Y otras, a pesar de que sean detestables, te las aceptas. Eso depende de muchos factores. Nosotros hicimos un ensayo. En realidad, dos. Mientras comíamos. Porque los tiempos los tengo muy controlados a ese nivel. Y sé cuánto tiempo hay que estar hablando y cuando cortar la grabación y ponerse en modo escucha. Y sé que el oído se agudiza si hay un ruido extra, por ejemplo. Y la persona que tenía problemas no se escuchó al decirlo porque esta persona nunca se escucha, no sé si es lo general… Pero en un momento dado dijo: «No sé si esperar o no.» Y eso era algo distinto. Algo que antes jamás se había reconocido. Yo ahí hice hincapié en ello, porque yo tengo un oído privilegiado, por mi entrenamiento. No se me pasa desapercibido un carraspeo, no se me pasa desapercibida una tos, un amargor en la garganta… un no residente… por ejemplo… como en un caso cercano que conocí… Pero la persona con problemas se sorprendió muchísimo, al escucharse diciendo eso en la grabación. Tanto que se le abrió un mundo de repente. Ahora bien, qué significa ese mundo, o que va a suceder esta tarde cuando se quede a solas. Eso yo no lo sé. Porque yo no soy su guardiana. Y la persona con problemas puede desenfocarse y decidir que en vez de una terapeuta, para la que puede ir preparándose, prefiere seguir aferrado a una relación en la que se envenenó. Ya, se me ha hecho el texto larguísimo pero, en realidad, yo escribo para poner las cosas en claro. Porque en lo oscuro no las puedo ver. Son ideas que se golpean unas con otras, como me ha venido sucediendo durante toda la mañana. Pero muchas gracias, si has llegado hasta aquí y, de algún modo, te has encontrado. O has encontrado a aquellos de quienes sabes que hablo. Hoy no ha estado Manuel pero se lo voy a leer.

Es uno filósofo guardando silencio

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