El regalo de Miora


EL CUMPLEAÑOS DE NORA 

agosto 26, 2004

La sombra del viento

Ayer el día estaba desabrido así que me vestí con una falda negra, de corte recto y por debajo de la rodilla, que tiene dos aberturas laterales y una camiseta de manga larga también con fondo negro pero delineada con franjas estrechas de colores fosforecentes y las ya acostumbradas y coloristas alpargatas de cuña con lazos.

Cuando me asomé a la esquina me pareció ver a Primo de pie junto a la terraza que yacía desolada. No había ni un alma ocupando las mesas de madera. Luego el que creí que era Primo me pareció que arrastraba un perro, así que lo más seguro es que me hubiera equivocado. Si yo fuera él y conociéndome, evitaría encontrarme, al menos esta tarde… Pero esa mujer no me conoce y me esperaba. Supe que me esperaba porque se sentó desafiante en un banco al verme. Creyó que me dirigía al parque como cada tarde y no, no con ella esperándome y con esa rabia desatada a flor de piel. La cosa acabaría muy mal. Seguro que en un enfrentamiento físico con todas sus consecuencias… Tenía que templarme. No puedo permitirme un juicio aunque me encantaría dejarme llevar por lo que siento y qué se yo, a lo mejor es ella quién me mata pero me tengo miedo, porque ya me he imaginado arrancándole las entrañas a dentelladas por lo que pretende hacerle a mi vida. La violencia es oscura, es siniestra y me duele reconocer que en el fondo, a poco que se me presione, me convierto en eso, en un ser violento e irracional, lo que se me enseñó a ser desde que nací.

Así que sobre la marcha he optado por un plan alternativo y he atravesado el parque por la parte exterior, he cruzado la calle y me he encaminado a una librería que a veces frecuento y que regenta un tipo muy ligado a las letras de mi ciudad; también se dedica a la edición de algunas obras… Él estaba a la puerta de su negocio y cuándo me ha visto me ha saludado pero no se esperaba el que entrara dentro. Le ha sorprendido de una manera grata y me atiende solícito:

– ¿Tendrás ‘La Inmortalidad’ de Kundera?

Quería regalársela a ‘en las nubes’ pero ha rebuscado entre los pocos libros de la ‘colección andanzas’ de Tusquets y no la ha encontrado.

– Creo recordar que el último ejemplar se vendió en la feria del libro -me dice-. Es ya un libro antiguo.

– Sí, si que lo es pero verás… Era para hacer un regalo. Es que a mí sólo me gusta regalar los libros que me han gustado especialmente.

– Lo mismo me ocurre a mí pero mira… hace poco fui de vacaciones y hacía mucho que no me ocurría eso de dar con un libro que me enganchase desde la primera página y eso es lo que me ha pasado con éste. Es buenísimo.

Entonces toma un ejemplar de los expositores horizontales: ‘La sombra del viento’ de Carlos Ruiz Zafón y yo recuerdo que he leído muy buenas críticas de él y se lo comento y le digo que sí, que me parece una idea estupenda.

la sombra del viento zafón

Entra otro cliente y le permita que lo atienda. No tengo prisa. Me gusta ese lugar, su olor, el comportamiento tranquilizador del hombre. Desde muy pequeña me siento atraída por las librerías y hasta guardo una historia truculenta, de cuando era muy niña, relacionada con una que se llamaba ‘Enzo’ y que hoy por hoy está casi derruida. Todavía hace un par de horas pasé por delante de la puerta y ‘S’, el hijo de ‘en las nubes’, señalando la casa dijo: ‘Mira. Esta rota’

‘C’, el librero, me toma nota de un pedido. Encargo para mí ‘La Identidad’ de Kundera. Un tipo hace unas semanas me recomendó que lo leyera en la corta conversación que sostuvimos por el messenger. Desde entonces no he vuelto a conectarle. En realidad de todos mis contactos sólo figuraba como admitido ‘Sergio’ y eso explicaría lo de mis largos títulos… Es la única manera que tengo de comunicarme con él desde que no coincidimos en la actividad en la que nos encontrábamos y que desarrollábamos juntos. Pero hoy he abierto mi ventana para otro individuo, un tal Steve B. con el que creo que será difícil hablar puesto que su nombre parece indicar un origen extranjero y yo sólo hablo con cierta soltura este decadente español en el que me envuelvo.

‘C’ también promete buscarme algo sobre ‘El paseo de los caracoles’ de Galvez , del que ni siquiera había oído hablar. Yo podría contarle algunas cosas acerca de él pero me he callado. Todas las que he ido leyendo a través de la página de Paz Vega López; por ejemplo que es atractivo, que no cree que lo de publicar sea un asunto sencillo, que guardaba aún una carta en la que una chica muy loca (y eso formaba parte de la nomenclatura de Galvez, no de una opinión mía) de dieciocho años, la citada Paz, le decía algo así como: ‘Ternero mío, ¿no tendrás miedo de que te chupe la polla? Anda que no veas cómo te la voy a dejar cuándo te pille’. Y Galvez se lo recordaba para su sonrojo pero creo que todos nos imaginábamos a una chica insonrojable, a una chica que le lamería el sexo con la destreza de una acróbata sexual con tal de luego poder ponerse a diseccinarlo entre comas y puntos seguidos y suspensivos y sus terroríficas ‘k’. ¿Qué cara me habría puesto ‘C’, tan formal, si yo le hubiera contado todo esto que ahora escribo? Pero me callé y dejé que tomara nota de mi número de teléfono y que con discrección me preguntara mi nombre. Yo no esperaba que lo recordase y lo ha apuntado bajo el nombre de Galvez y entonces le he pedido un rotulador azul pastel y ha llegado su mujer justo para decirle dónde debía mirar los precios de los bolígrafos. Estaban anotados en un papelito pegado al lateral de la estantería y luego ella se ha vuelto y me ha dicho. ‘Ah pero eres tú. No te conocía’. Y yo le contesto amable: ‘Claro, de espaldas es un poco difícil’. El libro lo he pagado con una tarjeta y el rotulador en metálico pero él no ha querido comprobar mi documento de identidad. Es una prueba de confianza. ‘Faltaría más’ -me dice. Pero yo creo que sería un error tremendo confiarles mi vida tal como la he contado. Si fuera capaz de darle la forma de una desconocida…

‘en las nubes’ aún no está preparada cuando llego. Hemos quedado a las seis y media. Además ‘Alma’ camina por su calle y ella me pone sobreaviso. Dice que hace unos minutos desde su noveno piso le pareció que temblaba como una hoja ante un golpe de viento y que estaba a punto de caerse. Así que tomo el ascensor que acabo de abandonar y me lanzo perseguida, por una ya inevitable congoja, a la carretera. Y ‘Alma’ se alegra mucho de verme pero a mí no se me cura con su alegría la preocupación. ¿Qué necesidad tenías de venir hasta aquí? ¡Maldita sea!, ninguna. Ha entrado el supermercado y hemos dado una vuelta sin comprar nada. Yo lo intuía. Alma siempre ha tenido estas cosas; se le mete algo en la cabeza y lo hace aunque sea una locura. Supongo que chochea y a mí me cuesta reconocerlo. No es sólo mi abuela, es mi confidente. ¿Y a quién le importarán los detalles cuándo ella ya no me escuche? Hace tiempo que lo sé y he pretendido acostumbrarme a esta soledad anónima pero la echaré tanto de menos cuando me falte…

He acompañado a ‘Alma’ a casa y he vuelto al hogar de ‘en las nubes’. Ha llegado su hermana y ha decidido unírsenos. A las dos nos gusta Julieta Venegas y ‘P’ incluso me ha dicho: ‘La canción número dos está hecha para ti’. La hemos escuchado y sí, y también me he arrepentido de aquella noche en la que salimos juntas y le conté mi situación sentimental. Aunque me he arrepentido sin sentimiento de arrepentimiento, sin emoción alguna, sólo con una conciencia inconcreta

‘P’ no se despegó de nosotras durante toda la tarde hasta que comenzamos a hablar de pintura y del museo del Prado (el tema lo sacó ella misma me imagino que con la pretensión de lucirse) y ha pretendido ponerse pedante y entonces yo me he puesto más, me he puesto mucho más, tan pedante, tan soberbia y tan vanidosa que hasta me he dado asco pero peor hubiera sido permitírle a ella que ocupara mi lugar. Y eso ha arreglado lo de la cena porque a ‘en las nubes’ no le apetecía que su hermana nos acompañara también al restaurante. A ‘P’ después de ”mi disertación” sobre ‘Las hilanderas’ de Velazquez y todo lo que continuó… ha torcido la nariz y se ha quedado así, con ella arrugada hasta que se ha despedido para alivio tanto de ‘en las nubes’ como de su hija. Aunque a mí me hubiera dado igual que se hubiese quedado.

Cuando le he regalado el libro en la cervecería a mi amiga le ha hecho ilusión porque no se lo esperaba y luego más la dedicatoria. Antes de ayer le dije que me escamaba eso de que ella creyese que se merecía una segunda oportunidad. ¿Y quién no se la merece? Pero no todo el mundo encuentra. ¿Y si se espera y no se encuentra? ¿Entonces qué ocurre?, ¿la desesperación? Así que le dije que si alguien debía de desear ciertas cosas prefería hacerlo yo porque me daba la sensación que en su caso no subyacía el deseo sino las ambiciones. Y he escrito con una caligrafía endiablada algo muy corto en su ejemplar de ‘La sombra del viento’: Te deseo ‘LA OPORTUNIDAD’. Y ella ha sonreído al leerlo y ni su hermana ni su hija comprendieron nada, ni las letras, ni de lo que hablábamos, ni la sonrisa de complicidad. Ha sido especial.

Luego cenamos en el italiano que a ella le gusta con Lambrusco rosado y brindamos por ella, aunque le ha dado vergüenza y el dueño me ha mirado varias veces con una mezcla de interés y recelo. Y yo le he devuelto cada una de esas miradas pero sabiendo que eran sólo eso, expectativas abortadas antes de nacer. Porque yo no quería ‘ese hijo’, como tampoco quería tener aquel… el que no tuve.

Después paseamos y estaba siendo muy agradable, aunque sólo me encontré con un hombre joven con el que me hubiera gustado terminar la noche tal vez follando. Nos conocemos de vista desde hace años pero nunca hemos hablado y es atractivo. Tampoco esta noche. Y eso es lo que me hubiera gustado para empezar, prolongar la velada pero … ir con ‘en las nubes’ y sus niños no se presta mucho a entablar ningún tipo de encuentro, ni conversación con extraños, ni… y sin que transcurrieran demasiados metros se ha presentado como un convidado de piedra su marido y le he dicho a mi amiga sin preocuparme de que su hija pudiera oírme: ‘Lo siento pero me voy’. Y él me ha saludado pero yo a él no. Me despedí de ambas y me fuí sin dignarme siquiera a mirarle.

Podía haberme dado la vuelta y … pero soy una orgullosa de mierda, así que no me lancé al encuentro de esa posibilidad que de seguro habría surgido. ¡Vaya!, él sabría que me lo estaba montando de ”buscona” y luego sentiría que no tenía ni derecho a decir qué no y seguro que lo haría y puede que hasta sin preservativo otra vez y … El caso es que el asunto con el conductor no fue muy satisfactorio pero no porque no me lo pasara estupendo con él todo el rato que estuvimos juntos, sino por la reacción que se me vino encima, inminente, en el después… Así que di por hecho que no me perdía nada y que me ahorraba malos tragos y tener además que andarme evitando a otro tipo más y éste de mi entorno cercano. No, prefiero esperar a que llegue el deseo, a que lo barra todo como un tornado, aunque no llegue nunca.

Doblé la esquina y contemplé los barrotes oxidados de la desvencijada librería de ‘Enzo’ y recordé como aquel viejo intentó llevarme a la trastienda, su garra apresando mi pequeño brazo y cómo me escapé y seguí caminando. Escuchaba música. Era un grupo de rock. Me detuve unos minutos delante del escenario y luego llegué hasta aquí, y en este momento son las cuatro y media de la madrugada.

Es uno filósofo guardando silencio

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