Una llamada desde un número desconocido


Cuarta anotación del miércoles día cinco de mayo

Luego, cuando salimos, mi madre me comentó que él estaba dentro de la consulta de su amigo el ATS (el que aquel día me había visto en urgencias) y yo caí en la cuenta de que quizás son más amigos de lo que pensaba y es con él con quien comparte todas sus confidencias. Y si fuera así mi instinto me dice que Primo habría elegido bien porque es un tipo que no tiene pinta alguna de ser un envidioso ni nada de eso; al contrario, me da la sensación de que es un cachondo mental y de que se lo pasa como los indios con los líos y los asuntos de faldas del otro.

Yo cuando lo miro, si me lo miro, me lo miro medio mal pero no porque él no me guste como persona sino porque no sé hasta que punto debo diferenciarlo del ambiente reducido que se respira allí.

Y otra cosa curiosa, resulta que es también amigo íntimo de uno de mis tíos, de un hermano de mi madre. «Eso no me gusta» – dice ella. Pero a mí por ser… más bien me es indiferente. Bueno estará mi tío para hablar o pensar mal de nadie si le enteran de ‘mis andanzas’, ¿o no se fugó él hace años de su propio matrimonio?

Mi madre estrena médico allí. Ha elegido al doctor Bernabé. Y yo termino por sentarme delante de la consulta del padre de Laura con la madre de Angelita, una antigua amiga de la adolescencia. La mujer está con su otra hija, una chica con retraso: Lucía. Yo la aliento a que se unan a nuestro club deportivo pero ella me cuenta algo que entiendo y es que ellos ya son muy mayores para comprometerse en llevarla todavía a más sitios.  ¿Y el futuro?. Pues claro que les preocupa el futuro. Ángeles se ha establecido hace tres años y ha montado una peluquería. No tiene novio ni se ha casado. Y la buena señora me dice que echa de menos mis gafitas redondas: «Estabas tan guapa con ellas. Te hacían aquella carita tan dulce.» «Ya -le digo yo- pero los años pasan y las facciones van cambiando.»

¿Y siento nervios? Ninguno todavía. Él sale y me mira pero como siempre; pienso que no ha podido darle tiempo aún a leer nada comprometido.

A las cinco y cinco suena el teléfono móvil antiguo y contesto sin mirar porque espero por dos llamadas: la de la imprenta y la de la óptica pero luego me doy cuenta de que ha sido una llamada desconocida: «¿Sí?. ¿Sí?» Y ya han colgado. ¿Quién sería? ¿Tal vez Lemprier (Agustín)? ¿Quizás Primo que ha dado con la parte en que menciono ese número de teléfono?.

Trabajo en la piscina pero no le doy pie a Gonzalo a nada. Es más me separo de él y me quedo sentada. El cerebro ha comenzado a trabajar. Hasta ese instante no he pensado con otra cosa que no fuera el corazón. También eludí a Guernica. Cuando iba hacia la piscina vi su coche aparcado esperando por mi paso como otras veces y varié mi rumbo para evitarlo. A la vuelta tampoco me detengo y me voy directa a casa. Siento que de nuevo algo importante se ha roto aunque ya no confío en que sea de forma definitiva y una vez más volvamos a parchearlo los dos y tiremos para adelante. Diluvia.

Es uno filósofo guardando silencio

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