La visita a la encuadernadora


Jueves 20 de mayo del 2004

‘Hasta el 40 de mayo no te quites el sayo’ Sé lo que lo que me atrajo del anuncio además del cuidado diseño: su nombre… como el mío pero escrito en unos bonitos caracteres como de niña pulcra y buena y ya no pensé en llamar a otro teléfono que no fuera el que figuraba bajo él. Eso sería a principios de la semana pasada pero ayer al sentir lo mismo, de nuevo, cuando abrí las páginas amarillas en busca de un ‘lugar’ ya no me lo pensé más y decidí probar suerte. La mujer que me atendió no podía orientarme pero insistió en tomar nota de mi teléfono y me aseguró que pronto se pondrían en contacto conmigo. Y así fue, en menos de cinco minutos… y su voz era agradable, parecía la misma de las letras del anuncio sólo que la niña pulcra y buena se había hecho con el tiempo una mujer de provecho. Estaría todo el día en casa, me dijo. Ella tenía el taller en casa pero sino iba a visitarla ayer… me aconsejó que la llamase por teléfono porque mañana (por hoy) tenía que salir a hacer unas compras y el viernes por la tarde celebraban una especie de fiesta en el colegio de su hijo… La dirección que me facilitó era la de una pequeña villa  a desmano de mi ciudad pero por eso mismo más apetecible. Y allí,en llegando, sólo tendría que buscar el número de su chalet sin necesidad ni de abandonar la carretera general… «¿Aquí no es dónde se celebran los huevos pintos?» -me preguntó él (yo todavía no he aparecido ni por la academia donde se supone que me sacaré el carnet de conducir a pesar de llevar matriculada un par de meses). «Sí, dónde tú viniste con Cuco.» ¿Qué sería de él? Hace más meses aún me prometí ir en su busca pero creo que me dio pereza… De todas formas tuve que llamarla por teléfono porque nadie me abría la puerta. Probablemente su madre estuviese tan sorda como mi abuela y ella estaba arriba secándose el pelo. ¡Que preciosidad de salón! El interior no tenía casi nada que ver con el exterior.

Lo que más me encandiló de la vivienda dónde vivía ‘la encuadernadora’ fue su biblioteca. Magnífica, un mueble adosado a una de las esquinas del gran salón rectangular pero insuficiente para contener todo el caudal de libros de la casa. Tomé uno y le pregunté por él tal vez pensando en que la mujer que me recibió me lo ofrecería pero era un préstamo que le había hecho una sobrina suya, aunque ella ya lo había leído y guardaba el ejemplar propio en una de las habitaciones de arriba. No recuerdo el extraño título que me llamó la atención ni el nombre de ¿su autora? pero sí lo que escuché sobre él: «Es la historia de una mujer que ha vivido y ha sufrido.»

Cuando Carmen apareció se disculpó conmigo por la corta espera a la que me había sometido. Había cierto anacronismo en ella que quizás aumentase o no terminara de borrarse con la pinza que sujetaba la parte superior de su cabello peinado a medias… «¿Pasamos al taller?» – me sugirió disculpándose por su aspecto. Y me hizo descender por unas escaleras hasta el bajo que compartían ordenadores, estanterías, mesa de trabajo, telas y skays y un futbolín de niño entre otros juguetes, además del coche.

Y lo de los papeles fue una suerte de gracia… a cada cual que me enseñaba más lindo y colorido. Me costaba decidirme por ninguno de los de motivos azules que salían a relucir para la bitácora de ‘la época de azhulturquesa’; aunque al final fue uno y también dejé seleccionados dos para el material de los dos »libros» que resultó del tiempo que pasé en ‘Oaxaka’ y uno en tonos malvas para lo escrito durante mi corta estancia en ‘Areté’ y este primer período en ‘El jardín de Lais’.

El teléfono personal de Carmela es el 9857206XX y yo a ella le dejé el mío antiguo y cuando me preguntó por los motivos por los que estando tan contenta con el trabajo que me habían hecho en Avilés recurría a ella le hablé con sinceridad: «Esos folios representan un diario personal… hay muchas intimidades e imágenes reales… y por algunos cambios que observé en el individuo que me hacía el trabajo… sospeché que estaban siendo leídos.» «¡Ah!, pues puedes estar segura que yo no lo haré. Nunca en toda mi vida he leído nada.» Pero yo me limité a asegurarle que eso no me importaba tanto como que él no los leyera porque primero era un hombre… y luego vivíamos en la misma ciudad. Además ella parecía honesta, y me avanzó que  no se pondría en contacto conmigo antes del 15 de junio, o sea que más o menos no volveré a verla hasta el 40 de mayo.

Nos despedimos y me acompañó a la puerta  por la que justo en ese instante  se presentaba  creo que su marido (me recordó a Arturo el médico de urgencias del centro de salud del Q., aunque en una versión más juvenil), un psicólogo especializado en el mundo infantil. Lo sé porque figuraba escrito sobre una de las dos placas que custodiaban solemnes y sobre la verja los laterales de la entrada del chalet.

Es curioso pero Carmen me preguntó cómo era que había dado con ella y yo le expliqué que de forma sencilla, dejándome atraer por su nombre igual que el mío en las páginas amarillas de la guía de teléfonos. «Pero tendrá que ser un listín atrasado porque yo hace tiempo que no me anuncio.»  Sí, quizá le comenté yo y luego ella añadió que  a ella en particular la idea de hacerlo nunca le había convencido pero que su marido había insistido en ello y por eso apareció aquel año. Y ahora yo acabo de consultarlo y la mía es una edición antigua, del año 2000/01. Así son las casualidades…

Es uno filósofo guardando silencio

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