– LA OSCURIDAD DE LA VOZ – 


julio 10, 2004

– ¿Ves? no la conozco -repitió

– Sí, cariño es tu amiga de siempre, lo que ocurre es que ha perdido la voz – le dijo él pero ella no salía de su asombro y no terminaba de reaccionar de forma positiva. Seguramente aún no había escuchado nunca a nadie completamente afónico y esforzándose por hacerse entender.

Y yo me llevaba la mano al cuello e intentaba emitir algún sonido que fuera reconocible pero asunto zanjado: la voz se negaba a regresar. Me había levantado el domingo por la mañana con la garganta extenuada, y a lo largo del mediodía me quedé con un hilo prácticamente inaudible que luego había forzado durante la comida, y más tarde en la verbena que amenizaba aquella orquesta de la que he olvidado el nombre, y más aún durante el trayecto de vuelta a casa en los autobuses… el calor asfixiante y el agua fría, los gritos y las canciones subiendo aquellas empecinadas cuestas, marcha atrás por el sendero de robles con el fin de animarles; el aire acondicionado en el transporte, las malas noches, el terrible cansancio, la bronquitis de los últimos tres días, y una fragilidad que se me había quedado como secuela en las cuerdas vocales desde el anterior viaje, en el que también tuve la mala suerte de perder la voz durante más de una semana. Desde luego que yo no era algo agradable de oír…

– Está enferma hija. A veces ocurre, e incluso en algunos casos graves puede suceder que el transtorno se cronifique y pasar así a ser un estado permanente.

Entonces quién se asustó fui yo, ¿y si era así? ¿y si ella no volvía a reconocerme? Recordé a su amigo, al amigo de él, a aquel A.T.S con quién parecía compartir tantas complicidades… Un día mi amiga y yo nos habíamos burlado de él por el tono sepulcral con el que se le escuchaba llamar a los pacientes por el interfono, y el médico de la consulta en la que nos encontrábamos nos metió un frenazo de a órdago, cuando nos explicó cual había sido su problema…

Así que yo, comprendiendo…, opté por irme y dejarlos solos (ya se le pasaría -me animé) pero supongo que los sentimientos, incluso en una niña, si existen son lo bastante fuertes como para lograr vencer cualquier reticencia que se presente de improviso, por el camino, hasta las que se materializan por culpa o causa de la ausencia de voz. Y es que ella me quería, por eso antes de que pudiera dar más de tres o cuatro pasos me detuvo.

– Espera. ¿Ya te tienes que ir?

– No, pero iba a aprovechar y bajar a hacer unas compras.

Entonces caminó hacia mí y me tomó de la mano.

– ¿Y no te quedas un rato conmigo?

– Sí, si tú quieres. Yo no tengo prisa

Y las dos nos sentamos en el banco, y a los pocos segundos me tranquilicé porque sabía que sucediera lo que sucediera con mi voz, eso ya no importaba.

Desde aquello, a veces y de manera momentanea, la pierdo por unos breves instantes; mismamente me sucedió antes, hablando con mi amiga por teléfono cuando me llamó; sobre todo al principio y después de un largo silencio.

– ¿Qué te ocurre? – me preguntó

– Nada, no te preocupes. En unos segundos me pondré bien.

Es como si la voz necesitara retomar algún hilo que sólo ella conoce, para regresar desde el trasfondo de mis pensamientos, desde el corazón del laberinto. Pero nadie dice que el mío sea un laberinto con sentido; apenas el de un jardín: plantas y flores ornamentales, sólo eso, y setos sí, e incluso espinas.

Es uno filósofo guardando silencio

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