La maldición de las hadas


miércoles, 12 de mayo al mediodía…


Ahora sí que se ha liado la madeja. O al menos así me siento yo acerca de Laura desde ayer… Tenía que ocurrir. En todos los cuentos infantiles es previsible que le suceda algo a las princesas… y me temo que ‘mi princesa’ ya se me ha pinchado con el uso de una rueca. La maldición de las hadas… «¡Maldita sea!. ¿Mala Moira?. ¿Me escuchas? ¿Por qué ella tiene que ser para todo tan precoz como yo?» Ni siquiera esperamos para hacernos daño con lo mismo a los catorce años, como la bella durmiente… tierna edad aún en la que ella fue a dar, por culpa de su proverbial curiosidad, con aquellas escaleras de caracol que la condujeron a la torre y que ni todas las advertencias, protecciones y cuidados lograron evitar. (luego sigo… cuando descubra cómo) Pero sé una sola cosa: quiero que su vida sea tejida con seda y oro, como lo es en el mito la vida de aquellos a quien el destino reserva la felicidad. Y o me las ingenio en un despiste de Cloto para darle el cambiazo al cáñamo y a la lana del cruel artilugio o corto yo misma ese amargo hilo con las tijeras de la puta parca y me manifiesto contra los inmortales dioses armada hasta los dientes por cabrones. Porque una corta vida humana nunca es insignificante para aquellos que te quieren sino preciosa. Antónimo, por tanto, de insignificante, dos puntos: ‘aquello que amamos’. Diccionario de las definiciones propias.

Es uno filósofo guardando silencio

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