La actitud de Primo frente a mi madre


Tercera anotación del miércoles día cinco de mayo

Debía de tener cara de tonta cuando mi madre y mi abuela asomaron por el vestíbulo del centro de salud. Yo sabía que ambas tenían ese día hora para las diez de la mañana, así que me habrían servido de coartada si hubiera necesitado alguna, pero así, lo que me facilitaban era el poder quedarme un buen rato a observar ‘el después de…’ inmediatamente posterior…

Las dos levantaron la cabeza y se alegraron de verme y luego cuando salieron del ascensor nos sentamos las tres en compañía de aquella mujer en el mismo fragmento de pasillo en el que yo había coincidido con el doctor Aguilares minutos antes.

«Venga, venga que suba ya» -pensaba para mí. Pero él tardaba… «¿No se lo ocurriría deshacerse de lo que yo le entregué sin echarle al menos un vistazo?» ¡Qué estúpidos son a veces los pensamientos del ser humano!… La ATS llamó a mi abuela al interior de la consulta. ¡Porca miseria! En eso mi madre me avisó: «Ahí sube». Pero cuando yo me asomé por la puerta que daba a las escaleras lo único que vi fue a él,  que se había dado media vuelta, echando a correr escaleras abajo. ¿Pero y ahora qué hacía? Si primero parecía que subía cantando. «¿Dónde se ha metido?» – me preguntó mi madre de lo más extrañada. «Yo que sé. Se largó otra vez» Entonces al cabo de uno o dos minutos sentimos conversación y eran él y Pilar (la amable enfermera de pediatría) que subían juntos. Me extrañó que cuando me crucé con él  su mirada no me enfocase; iba con los ojos prendidos como a un horizonte perdido. ¿Y eso? No me lo podía creer. Resulta que mi madre le intimidaba. ¡Ay Dios!, ¿cómo era posible tal cosa? Pero sí, me temo que era posible. ¿No actúo yo de la misma forma con él y con el los suyos?; sobre todo cuando están reunidos en clan. De verdad que no me lo podía creer: mi madre le intimidaba. Pero si mi madre no intimida a nadie, hombre. Y eso es una buena señal, ¿no?. Cuando no nos importa alguien menos nos importan los suyos. Aunque no se me ocurre que se pensará él que puede decirle mi madre…

Entonces llamé a la puerta de C. y pasé al interior de la consulta dónde ella ya le estaba midiendo el nivel de azúcar en sangre a mi abuela. Llegué a tiempo de ver como el 109 aparecía marcado en el aparato y de enterarme de los nuevos protocolos. Dentro de un par de meses tenía que recordar preguntarle si a mi abuela, como diabética de ingesta diaria de media pastilla, le correspondía o no uno de esos artilugios electrónicos para el control casero de la glucosa en sangre. La tensión estable pero la alta seguía peligrosamente alta. Y yo le estuve comentando lo de mi ‘síndrome de hiperlaxitud’. C. me dijo que nunca había conocido a nadie que lo pacediese pero que por lo que yo le mostraba si que había indicios y me recomendó un médico del centro de salud de la M., un tal A.; pero a este se lo mencionó más bien Rocío, la enfermera de Primo.

Es uno filósofo guardando silencio

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s