Enfadarse con Miora


miércoles 26 de mayo a las diez y veinte minutos de la mañana

Miora me llamó varias veces luego desde casa. Lo sé porque sonaba el teléfono en el estudio y al minuto el móvil pero yo no hacía amago alguno de responderle. Más tarde de comentaros aquello que dejé dicho ayer se me ocurrió que las llamadas que me hizo desde el trabajo podrían haber sido efectuadas a través de la centralita del hospital y eso terminó de revolverme las tripas. De verdad que yo soy muy tranquila pero que muy tranquila cuando me siento cómoda… lo que ocurre es que cuando empiezo a retorcerme todo se me agita por dentro como si contuviera un mar furioso; es por causa de las espirales de mi cerebro aunque la culpa última o primera sé que la tengo sólo yo por optimista: nadie cambia… nadie… (insisto) se mejora o se empeora y Miora no iba  a ser una excepción. Y lo que hizo fue dejarme un mensaje en el contestador del celular que no escuché durante un par de horas.

Luego me pasé por una mercería con el fin de comprarme unas hombreras para el vestido que me quiero llevar a Galicia y cometí el desliz de entrar en conversación; en el momento en que hablas estás perdida porque te ves acorralada entre lo que declaras, lo que te preguntan, y lo especiales (o ‘anormales’) que puedan ser las condiciones en las que has establecido las bases de tu vida y… ¡Hombre! no lo lamento pero cuanto menos se comunique una con extrañas (con una mente exclusivamente tradicional) mejor que mejor y menos peligro se corre de que se le levante el viento en el campamento: mis hijos, mi marido, mi casa, las labores de mi hogar, la mascota…  ¿Y yo, que de lo único que puedo presumir es de ser el ama más querida de una magnifica gata (ya viejecita la pobre), que pinto allí sintiéndome estrepitosamente diferente (y feliz) porque no tengo nada por lo que quejarme?. Entonces cuando trataba de que aquella mujer dejase de decirme lo guapa y joven que se me veía para mi edad  y me despachase les vi pasar a ellos en dirección a la casa de la madre de él. ¡vaya!, ¿no iban a ir hasta el parque?

Pero sí, por fin, con mi compra en la mano crucé un par de calles y les vi justo como a cien metros por delante de mí. Y pude comprobar la atención con la que él rastreaba todo el parque ¿en mi busca?

Su madre (la de él) estaba en compañía de una mujer rubia a la que primero confundí con Nuria Salvatierra (la madre de Laura) y eso me refrenó a sus espaldas pero un minuto más tarde al caer en la cuenta de quien era avancé hasta mi lugar de siempre. A Concha sólo la saludé con la mano desde mi posición y a él me pareció verle sentado en  el centro de la barra (con nitidez es imposible precisarlo) aunque luego ¿cuándo se dio cuenta de que yo había llegado? se mudó de taburete hasta la rotonda desde hasta donde yo casi podía verle mirando en mi dirección. Entonces si hice por escuchar el mensaje grabado de Miora: Pepe no tenía nada »grave» y sólo iban a hacerle un test del aliento para tratar su úlcera.

Lo dejo por el momento aquí pero no sin antes añadir un detalle para no olvidarlo: Javier, un antiguo amigo de Azucena, estaba ayer leyendo  allí un libro como yo. Trabajé para Azucena cuando tenía 20 años y desde entonces he evitado volver a tener ninguna conversación con ese hombre… Me ocurrió una anécdota un poco ridícula y… pero no apetece  ponerme a hablar de eso ahora y otra cosa: antes llamé a Carmen, la encuadernadora y dice que ya ha terminado el primero de mis libros y que le ha quedado muy bonito. Serán quince euros pero los próximos no menos de dieciocho.

Es uno filósofo guardando silencio

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