El día que fui a ver a Laura a la piscina


06/05/2004 23:30… Pero volví a ver a Laura poco antes de las tres de la tarde y me extrañó que ella y su cuidadora de nuevo tomaran aquel otro camino, y pensé: «¿Tendrá algo que ver conmigo?» La semana pasada nos habíamos encontrado sobre esa hora. ¿Sería para tratar de evitar algo así?

¡Eh!, un momento.., creo que estoy empezando a estar otra vez demasiado susceptible; aunque dos cosas, la mujer me vio a pesar de yo iba en un coche que ella no tenía porqué conocer y eso podría indicar que se halla en un estado de alerta (nos saludamos con un gesto de la mano) y Laura caminaba abatida a su lado, de una forma muy similar a la yo he visto en su padre según que días.

¿Es posible heredar el abatimiento como estado anímico? No lo sé, y aunque reconozco que en él no es preocupante porque no pasa de ser un tránsito fugaz, en ella me preocupó y por eso esta mañana y sobre las diez y media decidí acercarme a los ventanales de la piscina dónde supuestamente Laura estaría hoy.


¡Qué bonita es! Gozará toda su vida de un cuerpo perfecto y estilizado. Aparenta ser más delgada vestida que en bañador de competición. Tuve suerte, estaba en la calle número ocho a un par de metros del exterior y ella no tardó ni un minuto en verme a mí pero fue tiempo suficiente para comprobar con enorme satisfacción el por qué Laura no le da ninguna importancia a no tener amigas de su edad en el parque, al margen de su prima. No tiene problema alguno de integración.

Estaba en un grupo en el que eran todo chicos menos ella y se la veía feliz entre ellos, pizpireta, revoltosa, con carácter.. y fue fantástico comprobar el estallido de ilusión que mostró su rostro cuando me descubrió. Yo le dibujé varias veces una ‘M’ sobre el cristal porque deseaba conocer a Marcos pero ella no me entendía. ¿Quién sería ese maldito niño que había osado hacerla llorar el miércoles de la semana pasada? Y cuándo lo averiguara se iba a enterar de lo que vale un peine. No, esto último no va en serio. A Laura le gusta Marcos.

No me decidí a ir a verla hasta el último minuto pero luego estando allí ya no me arrepentí, aunque comprendiera que eso a sus padres (e incluía a Primo) probablemente no habría de gustarles en absoluto. Es más, confieso que me preparé más pensando en ella que en mí. ¿Con qué querría que me vistiera?

Y lo único que sé es que disfruté como una condenada ‘enana’ de aquellos minutos de magia que la complicidad y la sincronía mutua generó (pero ‘magia’ en mayúsculas, ¿eh? No miento ni exagero. ¡Hay que vivirlo!)  La seguí caminando en todas sus evoluciones a través de las ventanas de la piscina, contesté a todas sus sonrisas y saludos,  y hasta sufrí con el cloro que le entraba en los ojos; necesitaría llevar unas gafas apropiadas. Las amistad es un sentimiento en el que el placer refuerza el vínculo como bien dice Alberoni, y la amistad como  sentimiento no está en venta. ¿Me creeríais si os cuento la comparación que establecía  yo en esos momentos? Pues, ahí va: un día del verano pasado Elena, ‘la conserje, me pidió que la contemplase a ella de la misma manera en que esta mañana lo hice con Laura y se comportaba exactamente igual en su clase de ‘acuaerobic’ (gesticular, sonrisas, saludos) pero yo… estaba pensando que aquello era ridículo. ¿Se creía acaso que era su abuela? Lo digo porque mi abuela a mí me trataba (que tonterías digo: me trata,  me trata aún en tiempo presente) con el mismo interés y atención que yo enfoco ahora sobre Laura.

Aquel fue el día en que Elena terminó por resultarme patética, ella y su especular vanidad. «Todos, todos me estabais prestando atención. Yo miraba hacia Carmen y me estaba mirando y sonriendo; y también Azucena y Paco desde la cabina y … y tú, y etc…>> porque es que no se callaba nunca y necesitaba que los demás le hiciéramos todo el tiempo de espejo para su autoestima. No sé cómo lo lograba pero casi te hacía sentir culpable por no estar sintiendo por ella todo lo grandioso que ella decía estar sintiendo y esperando de ti.

Al final, cuando la clase terminó, les dejaron jugar en la piscina pequeña durante un rato largo. Eran muchos niños y niñas pero ninguno disfrutaba igual que Laura. Ella, a su aire, no hacía más que hacer pinos que terminaban en puentes dentro del agua y me recordaba a mí como nunca. Yo de niña también era como en ella en ese aspecto, muy saltimbanqui. Incluso creo que me divertía mucho más cuando no tenía que contar con nadie. Parte de mis reticencias en cuanto a su sociabilidad se han calmado porque lo único que yo veo mientras la contemplo con admiración (para que iba a ocultarlo) es a una niña sana y feliz.

Luego los colocaron a todos en una fila y ella fue la única de entre todas las niñas que se quitó el gorro… Era como si no fuera como las otras, como si ya fuera una pequeña mujercita. Laura también es muy presumida (ella dice eso mismo de mí). Y me di cuenta de una cosa muy importante: los niños de ocho años no tienen nada que ver con Sego o con los amigos de su hermano… y trece años no son nueve. ¡Pobre Marcos!

Me quedé esperando en la puerta para despedirme de ella y pronto observé la llegada del autobús encargado de recogerlos. Después de eso no tardaron mucho en salir. La acompañé entre la algarabía de niños hasta el vehículo escolar y nos dimos un beso y nos dijimos adiós. A Marcos no llegué a conocerle.

Es uno filósofo guardando silencio

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s