De revanchas y temores


Lunes 17 de mayo del año 2004 a las 14h21min.

NO está bien; sí, ya lo sé pero se la tenía guardada a Gonzalo desde el año pasado. ¡Vaya!, lo que son las cosas y parece ser cierto eso de que la venganza es un plato que se sirve frío.

Ayer por la noche me llamó bastante tarde y como no contesté me envió un mensaje. Decía: «Mañana tengo pre-evaluación y luego claustro así que no podré ir a la actividad. Si tú tampoco puedes mándame un mensaje.» Y yo a él lo tenía muy mal acostumbrado. Le trataba con el mismo cariño y cuidado con el que tratamos a todas aquellas personas que son especiales e importantes para nosotros y por las que guardamos una gran consideración… Seguro que se pensaba que correría apresurada a llamarle, ¿pero qué decía su mensaje?. Así que me acosté decidida a no enviarle acuse de recibo alguno y esta mañana temprano me llamó otra vez y tampoco en esta nueva ocasión le contesté hasta hace unos minutos: «Sí que puedo.» Le decía sólo eso.

¿Y por qué se la guardo?. Porque hasta diciembre, hasta que regresé con Guernica y él dejó casi de importarme no contestó ni a uno sólo de los mensajes que yo le envié, bien sea para avisarle de cómo habían ido las cosas en la actividad cuando él no había asistido, o por ejemplo saludarlo desde Burgos en mi nombre y en el nombre de nuestros chavales. Sí, y yo le entendía porque antes en febrero, marzo y abril…  pero su actitud no dejaba de ser un desprecio y por tanto dolorosa por mucho que yo no espere nunca nada de nadie. ¿Resulta que soy vengativa? Bueno, sí y no… Pero creo que he aprendido a esperar, o que quizá siempre haya sabido esperar.

El miércoles pasado, por ejemplo, me costó unos minutos encajar lo que me sucedió con Almudena, la amiga de Elenita, ‘la conserje’; esa chica me había atendido como socorrista cuando rompí fibras hace un par de meses y me extrañó que se mostrase tan amable conmigo. «Mira -dije para mí- debe ser una tía con mucha personalidad porque parece no influirle lo que Elena haya podido contarle.» Pero no, sólo debía estar buscando la ocasión de hacerme pagar, digo yo, por el agravio al que había sometido a su amiga al retirarle hasta el saludo. Y cuando el miércoles la saludé por dos veces (la primera pudiera ser que no me hubiera escuchado) y me quitó hasta la cara… comprendí: o sea que me estaba dando una lección. ¿Y sabéis lo que pensé?, que éramos las dos unas gilipuertas porque yo también me comporté así con Félix por culpa de lo que me contó Elena, así que me lo merezco pero que entienda no significa que el comportamiento de Almudena me parezca justificable (si es lo que yo pienso que lo ha motivado y no por otras cosas que se me hayan podido pasar desapercibidas) y cómo disfrute el minuto en dónde me la crucé ayer de frente porque me limité a ignorarla y a pasar de largo tan tranquila (eso sí  puede que con cierta soberbia), con lo cual qué habremos logrado seguramente… pues que ella tenga una manía más personal o directa hacia mí por idiota y yo percatarme de lo estúpida que ha sido ella dejándose manipular como yo por una elementa como Elenita, ‘la conserje’, que menuda elementa…; aunque también del tipo de persona que es y Almudena es una amiga de sus amigas y eso dice mucho bueno acerca de ella.

Cuando llegué a la actividad ya estaba allí Aurelia; ella junto con su hijo David eran los únicos pero los demás no tardaron mucho en llegar. Por último Rita, la presidenta, que se presentó pegando voces: «Te voy a matar» – decía. «¿Me vas a matar por qué razón?»

Al parecer habían estado llamándome durante todo el día de ayer. ¡Mentira!, ella tenía otro teléfono anotado. ¿Yo que quiere que le diga si es un desastre? Y a Gonzalo no pero a ella si le hubiera contestado. De todas formas me puse dura y les aclaré que yo no estaba a disposición de nadie (quería decir que a cualquier hora y en cualquier momento) y que no vivía pendiente del teléfono de manera permanente. Vamos que no, que se vayan centrando en quién soy porque se están equivocando de medio a medio conmigo.

Luego la cosa fue bien porque puse a los chavales a correr por la pista de atletismo. Hacíamos 100 metros trotando y la vuelta a marcha rápida para ir preparándonos para el camino de Santiago. Rosi y Esther tienen una forma física deplorable. Demasiados kilos encima, sobre todo una y a la otra cualquier cosa le parece cansada. ¿Sabéis? Serán siete días de viaje. Y lo que no se me  pasó desapercibido fue la mirada del gerente de las instalaciones deportivas cuando nos vio… ¿Ha cobrado aún mayor curiosidad por mí? Era el tercer lunes que nos encontraba entrenando fuera y a nosotros nos han concedido un espacio dentro… por eso más que nada y porque el sol nos estaba acribillando me los llevé al interior para finalizar la hora con unos ejercicios de suelo.

Luego me senté en uno de los  bancos  del parque a leer Pedro Páramo con toda mi atención, en uno retirado que cae cerca de la carretera y un libro puede ser un  buen refugio, uno inmejorable. No me sentía muy ilusionada después de lo sucedido el sábado y aunque enseguida descubrí a Pura, la abuela de Laura, no hice por coincidirme con ella para saludarla. No sé, creo que la que debe facilitar la situación he de ser yo y  tratar de no inmiscuirme más en esas vidas si no soy bien recibida… Y ahora sólo él, tal como se han puesto las cosas, es quién debe decidir eso. ¡Hombre!, no es que me esté pensando lo de irme de ese lugar pero sí lo de retirarme a algún ‘aparte’ más discreto, como el de hoy. Eso habría estado estupendo si Laura y su madre no hubieran pasado justo por allí en algún instante próximo a las siete de la tarde. De todas formas, aunque Laura corrió hacia mí la encontré extraña. ¿Suposiciones mías? Pienso que no y después de asegurarle que ella siempre sería libre de no estar conmigo le hablé de Sego, de todo lo que había visto suceder el viernes entre él y aquella niña. Ella me dijo  que no se sentía mal por saberlo aunque era evidente que el conocimiento de los hechos le había dolido pero la verdad es la verdad, ¿o no?

Primo no asomó por el parque y el pesimismo como un eclipse de luna o una luna nueva se adentró un poco más hondo en mi alma dejándome casi a oscuras. Luego, más tarde, comprobé dónde era que estaba: en su consulta y probablemente de guardia. ¿Quizás leyéndome? Quise pensar que sí, que yo de alguna manera le estaba haciendo compañía.

Mi abuela piensa que nunca llegaremos a nada físico, y que esto mío de lo que él participa es una especie de amor platónico. «Claro, así puede ser eterno.» Bueno, y por qué no -le digo yo- eso no es lo que me desanima.

Es uno filósofo guardando silencio

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