El viaje por la provincia de Burgos [EL CÓDIGO – xxxxi – (una red de redes)]


 

“No hay un único camino, sino muchas sendas posibles. Cada uno tiene que recorrer la suya, sin miedo a perderse, con la convicción de que el viaje merece la pena.”

Óscar Esquivias

7. Burgos

A Aranda de Duero, desde Peñafiel, hay cerca de cuarenta kilómetros, que Grisens, la ciudadana, salvará en un autobús de La Regional, arribando a Aranda a las nueve y media de la mañana. Su hotel, el Alisi, en la avenida de castilla. En Aranda el puente de las Tenerías, sobre el río Bañuelos, la iglesia de San Juan, la casa de las Bolas, la iglesia de Santa María la Real y su fachada gótica-isabelina, la plaza Mayor, con su quiosco de música, el ayuntamiento, el palacio de los Berdugo en la plaza del Rollo, el colegio e iglesia de la Vera Cruz, el santuario de la Virgen de las Viñas, antes de comer en el mesón El Pastor, en la plaza Virgencilla, una morcilla de Aranda y unas mollejas. A la tarde, Grisens, la ciudadana, se interesará por las bodegas subterráneas. Supuestamente siete kilómetros excavados en el subsuelo, en tiempos medievales. Atraída en especial por la bodega histórica Don Carlos, se acercará al número 1 de la calle Isilla. Además de por el Ciavin y la bodega de Las Ánimas. A la noche serán vinos con tapas, canapés con torta de Aranda, queso de cabra con cebolla caramelizada, bacalao con verduritas y lechazo escabechado.

Hasta Santo Domingo de Silos hay cuarenta y cinco kilómetros. Grisens, la ciudadana, saldrá caminando muy temprano, aunque con la esperanza de que la recoja pronto un coche. Alojándose en el hostal Santo Domingo de Silos, ya que la hospedería de la abadía es sólo para hombres. Grisens, la ciudadana, pretenderá visitar el monasterio pero antes preferirá recorrer el desfiladero del río Yecla, a tres kilómetros de distancia y hogar del buitre negro. Del monasterio salieron aquellas glosas, las silenses, de las que oímos hablar en la escuela, realizadas por los copistas medievales en los márgenes de un códice en latín. Grisens, la ciudadana, querrá ver su secuoya gigante y el ciprés de su claustro, al que Gerardo Diego dedicó unos versos, y visitar su botica. Pero en el pueblo hay que ver más cosas, la basílica de San Sebastián, la iglesia de San Pedro, el arco de San Juan, la ermita de la Virgen del Camino, el convento de San Francisco, a las afueras, como la ermita de Santiago de Silos.

A diecisiete kilómetros de Santo Domingo de Silos Covarrubias, donde a Grisens, la ciudadana, la espera el hotel Nuevo Arlanza. Después vendrá el callejeo por sus calles, en busca de la casa de Doña Sancha, que es del siglo XV. En cuya plaza se encuentra el torreón del siglo X, en el que cuenta la leyenda que Doña Urraca fue emparedada por su padre, Fernán González. El edificio del ayuntamiento fue un antiguo palacio románico del siglo XII. La iglesia parroquial de San Cosme y San Damián, antaño colegiata, acoge el órgano más longevo de Castilla, además los restos del ya mencionado Fernán González y su esposa Doña Sancha, un púlpito de piedra policromada y el tríptico de La adoración de los reyes, de Gil de Siloé. La oficina de información y turismo, Grisens, la ciudadana, la localizará en el que fue el archivo del Adelantamiento de Castilla. Para comer el restaurante Galín, en la plaza Mayor, una olla podrida, que consta de alubias rojas, costilla, tocino, morcilla, morros y un relleno. De postre unos bartolillos y la tarde tranquila.

A Lerma, desde Covarrubias, hay veintitrés kilómetros. La historia de esta villa, de carácter herreriano, estuvo unida a la del mecenazgo de Francisco Sandoval y Rojas, primer duque de Lerma, valido de Felipe III, antecesor del conde-duque de Olivares. En Lerma Grisens, la ciudadana, se alojará en el hostal Docar. Aquí hay que ver el arco de la Cárcel, el palacio ducal, actual parador de turismo, de cuatro torres, la excolegiata de San Pedro, con sus dos órganos barrocos y su girola, sus mesas de taracea y sus cantorales, el pasadizo que utilizaban los nobles para acceder a los oficios de cualquiera de las iglesias o conventos de Lerma, para no ser vistos por las calles. Para comer, Grisens, la ciudadana, elegirá el asador restaurante Posada de Eufrasio, en el paseo Vista Alegre, lechazo con vino de Arlanza y flan de Baileys. Después dar un paseo por los que fueron, un camino, los jardines del palacio, que contaban con siete ermitas, a través de cuya visita se podía conseguir una indulgencia plenaria. Otra tarde tranquila pero aquí realizando una ruta de senderismo que transcurre por Villoviado, Fontioso y Rabé de los Escuderos y que lleva el nombre del cura Merino; cuyo sepulcro se encuentra en la plaza de Santa Clara. Un líder guerrillero de la guerra de la Independencia. Para la cena lo cierto es que ya habrá hambre. Y eso Grisens, la ciudadana, intentará remediarlo en el restaurante del parador, paladeando un arroz caldoso de pato y castañas, y unos crêpes rellenos de crema de naranja flambeados a la vista.

Desde Lerma a Burgos hay cuarenta kilómetros que Grisens, la ciudadana, cubre en una hora a bordo de un ALSA, pisando la estación de autobuses a las once menos cuarto. Y el hotel AC pocos minutos después. Será la tercera vez que Grisens, la ciudadana, recorra Burgos pero, sin embargo, ésta será la primera vez que acceda al interior de la catedral gótica, con su capilla de los Condestables, su escalera dorada, la sillería del coro en madera de nogal, los claustros, los restos de Rodrigo Díaz de Vivar y su esposa Jimena, bajo el cimborrio renacentista. Para comer se decidirá por un local en la plaza Vadillos, Saciedad Secreta, una tosta de papada lacada, canelón de cocido y una torrija de postre. El café en la plaza Mayor. Antes de dirigirse al museo de la Evolución Humana. Y confirmar la reserva para la visita al yacimiento. Luego la subida al castillo y a su mirador, donde se cruzará con el tren turístico. Para cenar elegirá La Favorita, una taberna urbana, donde paladeará una crema de calabacín con txangurro y un medallón de foie fresco al oporto, regado todo ello con un cigalés. Yendo en pos de una visita nocturna programada, que dará comienzo frente a la catedral de Burgos, atravesando, después, las callecitas del centro histórico, hasta llegar a las murallas medievales. Cruzando la puerta de los Reyes, de camino a San Esteban, el antiguo barrio noble de la ciudad. Finalizando en Las Llamas. Deteniéndose, ya sola, Grisens, la ciudadana, en el arco de Santa María, antes de recabar en su hotel de madrugada, tras haber disfrutado, en la calle Cardenal Segura, en La Pécora, del rock con una copa de cava.

El desayuno en Viva la Pepa, un café con unas barritas de aceite y tomate. El autobús esperará a la puerta del museo de la Evolución Humana, al otro lado del Arlanzón. El regreso a Burgos será cerca de las tres de la tarde. Grisens, la ciudadana, comerá lo más seguro, si es que la atienden, en el restaurante Ojeda, en la calle Condestable, unos corazones de alcachofa con torrezno ibérico y setas, morcilla de burgos con pimientos asados en horno de leña y tarta de hojaldre. Cerca se encuentra la casa del Cordón, un palacio de estilo gótico del siglo XV, el monasterio de San Juan y algo más allá el arco de San Martín, desplazándose hasta El Parral y la zona de la universidad. Llegando incluso hasta la plaza Virgen del Pilar, con su iglesia. Regresando despacio, por el paseo de las Fuentecillas y el paseo de la Isla. En busca de la iglesia de San Nicolás de Bari, que guarda dentro el retablo de Francisco de Colonia en piedra caliza y la pintura del Juicio Final, y la iglesia de Santa Gadea, la del poema. No ésta en la que Grisens, la ciudadana, se adentra sino una anterior. Y en la que destaca el baptisterio. Y, por último, la iglesia de San Gil Abad, con su Cristo de las Gotas y su capilla de la Buena Mañana, a la que acudía Teresa de Ávila para oír la primera misa del día. La cena en Casa Pancho, en la calle San Lorenzo, un cojonudo y una cojonuda, pan, huevo de codorniz, una guindilla riojana y chorizo o morcilla y una tapa de callos que no hay quien se los mejore a la dueña.

Todavía tendrá toda esa mañana por delante para disfrutar de la catedral, o lo que a Grisens, la ciudadana, le apetezca antes de subirse a un autobús con destino a Rosa de Lima, para coger un tren que la dejará en Briviesca a las dos menos diez. Su hotel el Isabel. El menú en el restaurante Fortu, ensaladilla rusa, estofado de cordero y queso fresco. Briviesca es la capital de la Bureba y de las almendras garrapiñadas. Y aquí hay que ver el retablo del monasterio de Santa Clara, cuyo principal escultor fue Juan de Ancheta, muy importante como exponente del romanismo. También la excolegiata. Algo alejado, a más de diez kilómetros, se encuentra el santuario de Santa Casilda, con su estatua yacente, obra de Diego de Siloe. Bonito de conocer también por el paisaje. Grisens, la ciudadana, lo visitará si encuentra quién la acerque.

A Poza de la Sal, el balcón de la Bureba, desde Briviesca hay unos veintitrés kilómetros. El hotel Casa Martín, en la calle de la Calzada, donde también podrá comer, ensaladilla rusa, unas albóndigas con patatas y un flan. Poza de la Sal es conocida por sus salinas y por ser la localidad en la que nació Félix Rodríguez de la Fuente. Aquí, además de encontrarse con su estatua y su amigo el lobo ibérico, hay que ver el castillo, la muralla y el casco histórico que es precioso. También la iglesia parroquial de San Cosme y San Damián. El ayuntamiento en la plaza de la Villa y un centro de interpretación en la antigua casa de administración de las Reales Salinas, de las que Grisens, la ciudadana, irá en busca.

Hasta Frías Grisens, la ciudadana, habrá de recorrer unos treinta y cinco kilómetros. Encontrando alojamiento sólo antes, en Tobera, en la casa rural la Poza de la Torca, a dos kilómetros y medio de Frías, donde hay un mirador, cascadas y la ermita románica de Santa María de la Hoz, que fue hospedería de peregrinos en el Camino a Santiago. Pero será difícil que Grisens, la ciudadana, pueda ver sus frescos. Imagino que tendrá suerte y que, aunque haya caminado desde el amanecer, un coche termine por aproximarla. A Frías Grisens, la ciudadana, es de suponer que llegará con hambre hasta el mesón Fridas, donde le servirán berenjena rellena, muslo de pollo a la cerveza y tarta de naranja. En Frías hay que ver su castillo sobre el cerro de la Muela, las casas colgadas y el puente sobre el Ebro, con su torre y la iglesia de San Vicente. Frías es la ciudad más pequeña de España.

Para alcanzar Medina de Pomar, a treinta kilómetros de Tobera, hay que volver a pasar por Frías, lo que constituirá una alegría para Grisens, la ciudadana. Dormir lo hará en el hotel restaurante La Alhama, comiendo un revuelto de morcilla con langostinos y unos buñuelos. Esta es la comarca de las Merindades. Aquí hay que ver el alcázar de los Condestables, la iglesia de la Santa Cruz y la iglesia y el monasterio de Santa Clara, con sus poco comunes enterramientos, la sala capitular con artesonado mudéjar y el Cristo yacente de Gregorio Fernández. Pero también el museo a cielo abierto. En la ermita de San Millán hay un centro de interpretación del románico en esta parte del mundo. Sus fiestas son en octubre pero este año nadie puede saber que va a suceder, desde que se suspendieron las Fallas, a causa de la pandemia del COVID-19. Para cenar Grisens, la ciudadana, elegirá el restaurante Martínez, en la calle San Francisco, ensalada de ventresca de bonito sobre pimientos asados y tarta de café.

Hasta la casa rural Fuentetrigo, pasado Brizuela, hay dieciocho kilómetros. Uno más a Puentedey, llamado así por el puente que obró el río Nela en la muralla rocosa. En Puentedey hay varios miradores y está el palacio de los Fernández Brizuela. En el único bar del pueblo, La Montañesa, ricas dicen que están las croquetas caseras. La iglesia es la de San Pelayo, con su tímpano, que representa una serpiente a la que un guerrero hace frente con su espada, simbolizando, posiblemente, la lucha del bien contra el mal.

De Orbaneja del Castillo, separan a Grisens, la ciudadana, treinta y cuatro kilómetros. Ahí se alojará en el hotel rural La Puebla. En Orbaneja del Castillo hay que dar valor al paisaje que lo respira.

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