El viaje por Valladolid [EL CÓDIGO – xxxx – (una red de redes)]


 

“Si el cielo de Castilla es alto es porque lo habrán levantado los campesinos de tanto mirarlo.”

Miguel Delibes

6. Valladolid

Grisens, la ciudadana, abandonó Toro antes del amanecer, dirigiéndose a Tiedra a pie, a veintiocho kilómetros. Aunque consideraba probable que algún conductor la acercase. En Tiedra la aguardaba su castillo y los campos de lavanda. Pero también un centro astronómico en el que se realizan sesiones nocturnas. Grisens, la ciudadana, iba a alojarse en la Casona de Andrea, tal vez algo lejos. Aunque eso no supondría un gran problema. Comiendo y cenando en Los Fogones de mi madre, una tabla de quesos zamoranos con membrillo al mediodía y unas verduritas en tempura al atardecer. Llevándose consigo una selección de croquetas, como desayuno para el día siguiente.

A San Cebrián de Mazote, a diez kilómetros, llegará pasadas las nueve y media. Ahí hay que ver la iglesia mozárabe de San Cipriano. A ocho kilómetros Urueña, la villa del libro, donde Grisens, la ciudadana, había previsto quedarse, a pesar de ser lunes. En un hotel rural, el Pozolico. Lo primero que Grisens, la ciudadana, organizó en esta villa amurallada, fue un paseo por sus librerías: El rincón escrito, El Portalón, la Librería Páramo, las Alcaraván… Y también, por supuesto, por el centro Miguel Delibes, un museo del libro y la escritura, y por el Joaquín Díaz. Después, ya bastante tarde, se internará en El Pago de Marfeliz, una casona solariega del siglo XIX, a degustar unas patatas a la importancia, un conejo al tomillo salsero y una crema de limón. La tarde Grisens, la ciudadana, la empleará en visitar el museo de la Música Luis Delgado, el museo del Gramófono y el de las Campanas. También la iglesia de Santa María del Azogue. Para finalizar el atardecer en las murallas sobre las tierras de Campos y en la calle Corro de Santo Domingo, tomando un vino si fuera posible en la librería enoteca In Vino Veritas, o en el bar cercano.

A La Santa Espina hay, desde Urueña, unos diez kilómetros. El monasterio de la Santa Espina está cerca, en Castromonte. Al monasterio se accede por un arco de triunfo del siglo XVI. El pueblo fue creado por el Instituto Nacional de Colonización en la época de posguerra, para contribuir al desarrollo agrario. Las obras finalizaron en el año 1957. Villagarcía de Campos a once kilómetros en dirección noroeste. Aquí una colegiata, la de San Luis. Quizá fuera un error perder un tiempo valioso, necesario para alcanzar Medina de Rioseco, cerca de veinte kilómetros al norte. Habitación reservada Grisens, la ciudadana, la tendrá en Vittoria Colonna, en la calle de San Juan. Aunque se sentirá tentada de hacer noche en el convento de Santa Clara, albergue de peregrinos del Camino de Madrid. En Medina de Rioseco hay que ver la plaza Mayor, que es porticada, como la calle Real. También hay que buscar y ver el cocodrilo de una de sus fachadas y la iglesia de Santa María, con sus gárgolas, la dársena del Canal de Castilla, la iglesia de la Santa Cruz, actual museo de Semana Santa, y la iglesia de Santiago, con sus pasos. Y sus puertas.

A Valladolid Grisens, la ciudadana, llegará muy temprano, a las siete y media, en un ALSA. Dejará la mochila en la consigna y se irá caminando en dirección a Wamba, dieciocho kilómetros, que procurará recorrer de vuelta en autostop. En Wamba Grisens, la ciudadana, quiere visitar su iglesia mozárabe que esconde el osario de la Orden de San Juan, con más de mil calaveras y fémures humanos. En Wamba Grisens, la ciudadana, podrá comer algo en el bar El Rincón, en la calle de la cruz. En Valladolid, después de recuperar la mochila, se alojará en el Zenit Imperial, a cien metros del centro, en la calle del Peso. Cerca del restaurante Jero, donde cenará cardo con roquefort y nueces, salmón al cava y trufas con natas. Y si la noche es buena paseará en busca de sus llamados ríos de luz. Por la plaza de Zorrilla, con su fuente y la academia de Caballería, y por la calle de Santiago hasta su iglesia. Para ir luego a parar a la plaza Mayor y, por la calle de Platerías, a la iglesia de la Vera Cruz. Retirándose en este punto.

Todavía temprano deambulará por los alrededores del hotel, hasta dar con la Rosaleda y el puente de Poniente sobre el Pisuerga, el parque de las Moreras y el puente Mayor. Luego dará con la plaza de San Pablo y el palacio Real, la parroquia de Santa María la Antigua, el edificio de la facultad de Derecho, la catedral y el palacio de la Santa Cruz, desayunando en una crepería en mitad de la ruta, de camino al pasaje Gutiérrez, que no olvidará recorrer iluminado, también en la noche. Cerca de la casa de Zorilla, y la iglesia conventual de San Pablo, el restaurante El Gallo, en la calle Democracia. Donde se decidirá por la musaka y la hamburguesa al plato con salsa de queso. Bebiendo un tinto, Valderas de Hinojal. A la tarde se impondrá la subida a la torre de la catedral, algo que Grisens, la ciudadana, repetirá en el crepúsculo. Y la visita al convento de Santa Isabel, su museo y biblioteca. Los restos escondidos de Santa María la Mayor, la cripta de San Salvador. Además del palacio de los Pimentel, en el que nació Felipe II.

Al día siguiente, a primera hora, visitará la casa de Cervantes. Después cogerá un ALSA a Olmedo, donde va a alojarse en su balneario; levantado sobre las ruinas del antiguo convento mudéjar, Sancti Spiritus, del siglo XII. Madrugando, y ya en sábado, va a dirigirse a Medina del Campo para conocer, principalmente, el castillo de la Mota pero también el palacio de Dueñas y el palacio Real, la plaza Mayor y la colegiata de San Antolín. Comiendo el menú en la taberna Mohino, y regresando a Olmedo haciendo autostop, quizá a tiempo de visitar el parque temático del mudéjar, por lo menos. Y si es posible, antes de cenar en la Cueva de Fabia, un crêpe napolitano, avistar el palacio del caballero de Olmedo, la iglesia de Santa María del Castillo, el ayuntamiento y la muralla. Partiendo temprano en dirección a Cuéllar, donde habrá reservado una cama en El Rincón Castellano. Cuéllar también goza de un castillo, las iglesias de San Andrés, San Esteban y San Martín y la torre Santa Marina. Cenando en el restaurante San Pedro Refectorio, tomate natural con burrata, cardo con almendra y un flan de achicoria. Dando un paseo nocturno por el parque de la Huerta del Duque.

Hasta Peñafiel, popular por sus bodegas y su castillo en forma de buque, en la Ribera del Duero, andará treinta kilómetros. Se alojará en el hotel spa Convento las Claras. Aquí es imprescindible pisar la plaza del Coso, una de las más antiguas de España y otra comunidad de vecinos. Y también admirar el convento de San Pablo en estilo gótico mudéjar, que fundó nuestro ya conocido Don Juan Manuel, cuyos restos reposan en este lugar. Apetecerá, sin duda, catar algunos vinos en Anágora, antes de cenar en el lagar de San Vicente, una sopa castellana, unas chuletillas de lechal y unas natillas caseras.

 

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