El viaje por Segovia [EL CÓDIGO – xxxvi – (una red de redes)]


 

“Uno aprende a manejar las palabras de otros sin dejar rastro.”

Elvira Sastre

2. Segovia

El autobús desde San Esteban de Gormaz dejará a Grisens, la ciudadana, en Ayllón pasadas las tres de la tarde. Habiendo contratado una habitación en el hotel rural El Adarve. Ayllón es una villa medieval. El punte romano cruza al río Aguisejo. El Arco es la entrada principal. Al lado se encuentra el palacio de los Contreras. En la plaza Mayor la fuente, el ayuntamiento, el que fue el palacio de los marqueses de Villena y la iglesia de San Miguel. En Santa María la Mayor se celebra el culto. La ermita de San Nicolás da acceso al cementerio viejo. No excesivamente lejos de Ayllón se localiza el hayedo de la Tejera Negra. A Grisens, la ciudadana, le seduciría más visitarlo que al resto de los monumentos. Pero tendrá que conformarse con estos. La cena en el restaurante El Parral, unos espárragos trigueros y rabo de toro.

El sábado veintidós de agosto, ida a Maderuelo y regreso a pie, hasta Ayllón, en el mismo día. Maderuelo, en otro risco, se iza sobre el embalse de Linares. En Maderuelo, Grisens, la ciudadana, elige para comer La Posada del Medievo, un asador. El vino un Balbas.

Hasta Madriguera, un pueblo de los llamados rojos, son cerca de catorce los kilómetros. Y cerca de dieciséis hasta Riaza, con su particular plaza Mayor, un ruedo con forma de elipse, en el que alguna vez hubo una picota. Aquí un ático con vistas, donde pasar la noche, y una cena en el mesón Las Columnas, un timbal de verduras y una chuletillas de lechal, con un trozo de tarta de naranja. Regado todo ello con un Ribera del Duero rosado, un Viña Gormaz.

A Sepúlveda son veinticinco los kilómetros, pasando por Castillejo de Mesleón. Donde Grisens, la ciudadana, habrá reservado una cama en La Posada de Millán. La idea es llegar bastante temprano, haciendo autostop, para poder coger un taxi hasta la ermita de San Frutos, conocer las Hoces del Río Duratón y contemplar, de paso, algún buitre leonado. Regresando a pie a Sepúlveda. En Sepúlveda, la villa de las siete puertas, destacan, en la plaza de España, los restos del antiguo castillo, construido por Fernán González. Ubicada extramuros, ahí se celebraba el antiguo mercado. A la iglesia de San Bartolomé la preside un crucero renacentista. Y en la iglesia de Santiago está la Casa del Parque, un centro de interpretación de las Hoces del Río Duratón. No hay que dejar de visitar el santuario de la Virgen de la Peña por su portada excepcional. Y, sobre todo, en lo más alto de la villa, la iglesia del Salvador, del siglo XI, la más antigua de Segovia y una de las claves de la provincia.

A las nueve de la mañana, Grisens, la ciudadana, se subirá en un autobús que la dejará en Pedraza pasadas las nueve y media. Donde va alojarse en el apartamento El Desván. Pedraza, otra villa medieval amurallada sobre un cerro, cuenta con un castillo en el que se realizan visitas guiadas. Este castillo fue hogar del pintor Ignacio de Zuloaga. El esplendor y la decadencia de Pedraza van unidos al comercio de la lana. Para comer Grisens, la ciudadana, elegirá el restaurante La Olma de Pedraza, haciendo boca con una sopa castellana y de segundo un hojaldre de solomillo y un 12 de octubre, que es también un hojaldre caramelizado, relleno de frutos del bosque. Cerca de La Olma el mirador de la Hontanilla y también la plaza Mayor, donde tomarse un café. En Pedraza, Grisens, la ciudadana, habrá entrado por la única puerta existente, la puerta de la Villa, que integra la cárcel; aunque originalmente fue una torre de vigilancia. La visita guiada al lugar es muy interesante.

De Turégano separan a Grisens, la ciudadana, veinticuatro kilómetros. Su castillo está rodeado por los restos de un castro y es, supuestamente, uno de los mejor conservados. Su plaza Mayor también es conocida como la de los cien postes. Aquí Grisens, la ciudadana, arribará tan pronto como pueda, ya que esa noche cuenta pasarla en la ciudad de Segovia, en el hotel Don Felipe. Varias líneas cubren ese recorrido. Dependiendo de la hora de llegada Grisens, la ciudadana, se dirigirá al bar Las Arquetas, en la calle Angosta. A retomar su amistad con Luis, el dueño. Lo mejor de su paso peregrino por la ciudad. Para cenar lo que es seguro es que irá en busca de El Fogón Sefardí, que está cerca de la catedral y al principio de la judería. De primero pedirá un timbal de verduras a la plancha, gratinado con queso de cabra y salsa de mostaza. De segundo el milhojas de berenjena con cordero al curry y verduritas del Puente de la Estrella con salsa de albaricoque. Y de postre los triblinis con chocolate caliente.

De Segovia parte a las doce y media un autobús hacia Coca, donde Grisens, la ciudadana, habrá reservado un apartamento, por dos noches, en la Rocanda. Piensa comer en La Fábrica del Pan, unas setas con foie y cochinillo. Sin hambre para el postre entonará el estómago con un ponche segoviano. Lo importante de Coca es su castillo, que Grisens, la ciudadana, podrá visitar a partir de las cuatro y media. También la aguardan los doscientos metros de muralla medieval, la puerta de la Villa y los verracos prerromanos, cuya función, hoy por hoy, es misteriosa. Luego, la torre mudéjar de San Nicolás.

Para ir a Cuéllar, si se quiere regresar andando a Coca, lo mejor será que Grisens, la ciudada, coja un taxi a hora temprana. Cuéllar dicen que es descubrir una isla mudéjar en el mar de pinares de Castilla y León. En Cuéllar hay que recorrer el castillo de Alburquerque, por su torreón de la memoria, sus pasadizos y murallas. También la iglesia de San Martín, San Esteban, San Andrés, Santiago o el Salvador. Y las murallas y el paseo de ronda. Habrá que hacer un inciso para comer, por ejemplo en La Traviata, alcachofa, hojaldre de Carrillada y de postre trampantojo al huevo, que es una mousse con mango. La feria medieval estará pronta a celebrarse, así como los encierros. Dicen que los más antiguos de España.

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