El viaje por Barcelona, provincia y ciudad [EL CÓDIGO – xxxii – (una red de redes)]


 

“No hay nada más bello que lo que nunca he tenido,/ nada más amado que lo que perdí.”

Joan Manuel Serrat

2. Barcelona

Desde Tossa de Mar a Lloret de Mar hay once kilómetros. No será necesario correr para enlazar con el autobús que desde Lloret de Mar conduce a Olot. Grisens, la ciudadana, se bajará en Les Planes d’Hostoles a las once y veinte. Podría intentar hacer autostop hasta Rupit, otro pueblo medieval, pero quizá lo más acertado sería coger un taxi para cubrir esos treinta y cinco kilómetros. Habrá reservado habitación en la Fonda Marsal. Como fuere que llegara, Grisens, la ciudadana, habrá de arribar a Rupit por el puente colgante de madera. El Salt de Sallent, una catarata de más de noventa metros, queda a tres kilómetros. En Rupit los cruasanes son de un kilo y las cocas de un metro.

Aprovechando la distancia que existe de Rupit a Vich, de treinta kilómetros, pasando por Cantonigròs, Santa María de Corco, Roda de Ter, La Crèu de Codines, Grisens, la ciudadana, se decidirá por el andar. En Vich verá el templo romano, que es una reconstrucción llevada a cabo en el siglo XIX, la plaza Mayor, con su suelo de arena, en día de mercado, la catedral de San Pedro, que cuenta con el campanario románico más alto de Cataluña y con los murales de Josep María Sert, con su historia, el ayuntamiento de Vich y sus cariátides. Alojamiento lo habrá encontrado en los Apartaments Vicus 1. E impensable en Vich no probar su llonganiza. A la noche habrá reservado mesa en Can Jubany, un menú degustación, que tiene un precio prohibitivo pero como Grisens, la ciudadana, nunca ha pasado por esa experiencia de darse un capricho de pudientes piensa en pagarlo. Cenará, entre otros platos, arroz con gambas de Palamós, espardenyes a la Meunière, tartar d’escamarlans, caneló de pollastre, rostit amb tòfona y ventresca de tonyina a la brasa.

En Vich hay que coger un autobús a Manresa que sale a las ocho y media. Y en Manresa un ALSA hasta Cardona, en la comarca del Bages, que llega antes de las diez y media. Aquí se alojará en el Bremon. La idea es visitar tanto el parque cultural de la Montaña de Sal como el castillo. Grisens, la ciudadana, tiene una entrada para la visita guiada de las trece treinta a la mina, que en teoría es en castellano. El castillo tiene como baluarte la torre Minyona y acoge la colegiata de Sant Vicenç. Sin olvidar el casco histórico.

De regreso en Manresa, poco después de las siete de la mañana, lo primero será buscar un lugar donde desayunar. La visita al santuario y a la cueva no podrá realizarla hasta las diez. Pero antes habrá de detenerse en la colegiata-basílica de Santa María de la aurora. De Manresa no puede partir sin probar un vino de una bodega con más de mil años de historia, un Oller del Mas. Después de comer tomará un tren hasta las proximidades de la abadía de Montserrat, donde se alojará en el hostal Abat Cisneros. Una vez allí, en la parte inferior de la montaña, se puede elegir entre subirse al cremallera o al teleférico, que será la opción elegida por Grisens, la ciudadana, En Montserrat se quedará dos noches, para descansar del estrés del viaje.

Ya el sábado dieciocho de julio cogerá el primer cremallera hasta Monistrol, arribando a la plaza de España, en Barcelona, a las once menos cuarto. De Barcelona es Óscar Camps, Φ-1AN5 en el Código, el fundador de Proactiva Open Arms, una ONG sin ánimo de lucro, que rescata seres humanos en el Mediterráneo. Como él dice ellos son una respuesta ciudadana. Y Javier Ros-Otón, Φ-3GG43 en el código, un joven matemático que estudia las ecuaciones en derivadas parciales, unas matemáticas que están prácticamente detrás de todo, que mueven el mundo y que son fruto de las investigaciones de los últimos cien años: “La idea fundamental es que utilizando estas ecuaciones se entiende cómo evoluciona un fenómeno y se puede predecir su comportamiento.”

1. DE BARCELONA

Lo primero que Grisens hará en Barcelona será establecerse en el hotel Constanza, a siete minutos a pie del Barrio Gótico, en Carrer del Bruc, 33. Se pasará toda esa tarde subida al bus turístico, realizando las diversas rutas. Cenará cualquier cosa y regresará a subirse al bus turístico para la visita nocturna.

El segundo día en la ciudad, Grisens, la ciudadana, se encaminará a la casa Batlló, en el paseo de Gracia, 43, a menos de quince minutos andando. Gaudí la tiene maravillada, ya en esa terraza, lo que es posible que la lleve a realizar un cuarto cambio en su composición de los inmortales. Donde Hipatia de Alejandría pasó a sustituir a la señora Arendt y Leonardo da Vinci a Nietzsche, inclinándose primero por Nikola Tesla para sustituir a Abraham Lincoln pero descartándolo de inmediato, al conocer cuál era su pensamiento con respecto a las mujeres. Al leer, a continuación, la biografía de María Callas se emocionó y eso la llevó a convertirla en Φ-1A17 en el Código. Dotando al codón Ocre de un poderoso simbolismo. Pero regresemos ahora con el modernismo de Gaudí. Después de la casa Batlló, vendrá la casa Milá, también llamada La Pedrera, en el paseo de Gracia 92. Y luego la casa de las Punxes, en la avenida Diagonal, 420, y la casa Vicens en Carrer de les Carolines, 20. Cerca hay un restaurante japonés, Kibuka Verdi, donde Grisens, la ciudadana, habrá reservado una mesa a las dos. Después de comer sabe que a kilómetro y medio la espera el parque Güell. Y como muy tarde debe encontrarse en el museo Gaudí Experiència a las seis y media. Equipado con tecnología 4D y realidad aumentada. A las diez tiene una cita con el restaurante El Nacional, en el paseo de Gracia 34, en la Tapería, para degustar un fricandó con setas y un mortero de patatas al alioli. Y si acaso, de postre, una crema catalana. Dando luego un paseo hasta la plaza Catalunya y hasta el Arco de Triunfo. Para comenzar por ver el amanecer en la terraza del hotel. Y después, dilatando los pasos, llegarse hasta el recinto modernista de Sant Pau, en Carrer de Sant Antoni María Claret, 167. Y, luego, a la Ciudadela, a cinco kilómetros, no muy lejos de la prisión de la Modelo. Después, de nuevo en la plaza de España, andará hasta las torres venecianas. No muy lejos de esa localización aguarda el restaurante L’Amfora, en la avenida Parallel, 184, o la casa de la paella. A hacer la digestión respirando la playa de la Barceloneta. Para luego andar hasta el barrio del Born y la catedral gótica del Mar, sin olvidar el Centro de Cultura y Memoria, antiguo mercado, que alberga unas ruinas romanas. Y sin más dilaciones, antes de las seis y media, visitar el interior de la Sagrada Familia. Esperando que luzca ese día el sol, para que lacere sus vidrieras. Después cuenta llegarse caminando hasta la torre Agbar, como se llamó, la que hoy es la torre Glòries. No muy lejos hay un restaurante asiático, el Pai Mei, en la avenida Diagonal, 208, en un centro comercial, donde se puede ver como cocinan y escoges la comida que quieres, para que te preparen el wok.

El Palau de la Música Catalana queda a seiscientos metros del hotel, obra de Domènech i Montaner, en el barrio de la Ribera. De ahí al mercado de Santa Caterina, a cuatro minutos, en la avenida de Francesc Cambó, 16. Luego al Barrio Gótico, donde Grisens, la ciudadana, ya habrá estado y donde admirará el puente de Bisbe. En la cercana plaza de Sant Jaume se encuentra el Palau de la Generalitat y el ayuntamiento. Sin olvidarse de la catedral o Seu de Barcelona. Irá, entonces, en busca de un lugar donde comer en la zona de la Rambla, por ejemplo, Les Quince Nits, un restaurante de cocina catalana, en la plaza Real, 6, que dicen que es muy bonita y que está llena de palmeras. Hay que probar ahí las croquetas de chipirón y el pan de cristal y aventurarse con el hummus. El Palau Güel a tres minutos, en Carrer Nou de la Rambla. Para ir luego en busca del museo de cera. Probablemente, Grisens, la ciudadana, no estará dentro mucho rato. Probará suerte en el barrio del Raval, tratando de localizar Hidden Factory, un lugar quizá imposible, en el que disfrutar de un tartar de gamba de Palamós. Y en su defecto del bar Pinotxo, en el mercado de La Boquería, para probar lo que dice su dueño que es sensacional, la capipota. El anochecer sentido desde la terraza de su hotel.

El quinto y último día en Barcelona, la cita es con la fuente mágica de Montjuic, que habrá visto en la noche, y con el Palau Nacional, que acoge el museo de arte de Cataluña. Las vistas desde su azotea son increíbles. No muy lejos hay un restaurante de cocina venexiana, donde comer, el Xemei, en el paseo de la Exposición y donde Grisens, la ciudadana, habrá reservado una mesa. Después se subirá al teleférico de Montjuic y visitará el castillo. Para culminar la tarde en la Fundación Miró.

El veintitrés de julio andará hasta Urquinaona y tomará hasta Bellvitge la línea 1 del metro. Cada media hora hay un tren a Castelldefels. El trayecto dura veinte minutos. Grisens, la ciudadana, se bajará en la primera estación y se dará un paseo por Castelldefels. Para subirse al cercanías de Renfe en la estación de la playa. El hotel El Cid, en Sitges, queda a cinco minutos de la estación. Andará, ya sin su mochila, hasta la iglesia de San Bartolomé y Santa Tecla y hasta la playa de San Sebastián. Piensa darse otro capricho en el Vivero Beach Club, un tartar de atún rojo cortado a cuchillo y guacamole. Y unas croquetas de gambas rojas. Luego se pasará la tarde callejeando en busca de los edificios y calles más relevantes de Sitges, como la casa Bartolomeu en la plaza de la Vila, el Palau Maricel, el rincón del alma, el patio azul, la calle del Pecado, la de Davallada, el Carrer d’en Bosc, el Can Ferrat. A última hora de la tarde se sentará a esperar el crepúsculo en el Xiringuit Bleda, tomando un cocktail floral. Cenando una tapa de salmón marinado en Nem, con un helado de vainilla, tonka, ajo negro y albahaca.

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Es uno filósofo guardando silencio

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