El viaje por Girona [EL CÓDIGO – xxxi – (una red de redes)]


 

“Llegaremos donde dijimos, hasta la independencia. Catalunya se merece otro país.”

Dolors Bassa

“El delirio es más bello que la duda pero la duda es más sólida.”

Emil Cioran

3. Gerona

La salida desde Andorra la Vella a La Seu d’Urgell será antes de las ocho de la mañana, con autocares Lázara. A las diez y cuarto hay un ALSA hasta Bellver de Cerdaña, donde Grisens, la ciudadana, se detendrá. El plan es llegar a Puigcerdà, ya en Girona, andando. Son sólo diecisiete kilómetros. Habrá reservado una habitación en el hotel Villa Paulita. En Puigcerdà se aprecia una vista espectacular del valle de la Cerdaña. Muy cerca de la plaza del ayuntamiento la espera la plaza de Santa María con su torre-campanario, punto en el que se ha instalado la oficina de turismo. Otro de los encantos de Puigcerdà es el lago y el parque Schierbeck.

De Puigcerdà hasta Ripoll, Grisens, la ciudadana, hará autostop. En Ripoll es posible que se detenga para conocer ‘El Scriptorium’, una exposición permanente que se alberga en el monasterio de Santa María, edificio que fue construido en el 888 aunque ha sufrido posteriores ampliaciones. Prosiguiendo, por el mismo medio, hasta Besalú, en la Garrotxa, en donde habrá reservado esa noche en el hotel 3 Arcos. Besalú conserva sus edificios y el trazado medieval. Hay que pisar el puente fortificado sobre el río Fluvià, que aunque fue dinamitado durante la Guerra Civil ha sido reconstruido. También la mikvé del siglo XII, el lugar de las abluciones del judaísmo, el monasterio de Sant Pere, igualmente del siglo XII, con su deambulatorio, la iglesia de de Sant Vicenç y la casa Cornellà. Pero lo que más ilusión le hace visitar a Grisens, la ciudadana, es Micromundi, un museo de miniaturas y microminiaturas de la colección particular de Lluis Carreras, con piezas asombrosas.

Salida temprana a Figueres, capital del Alt Empordà, en autobús, la ciudad en la que nació Salvador Dalí y en la que a Grisens, la ciudadana, aguardará su teatro-museo: el patio, el escenario-cúpula geodésica, las salas del tesoro, las pescaderías, Mae West, la cripta con su tumba y el palacio del viento. En Figueres también se encuentra el museo del Juguete. Y antes o después, la parroquia de Sant Pere, con influencias góticas, y el Castell de Sant Ferrán. Lo demás será callejear. Para comer unas albóndigas con gambas y para cenar un suquet de peix. La cama en el hotel Empordà.

El domingo cinco de julio, partirá hacia Cadaqués, en la costa Brava, en autobús. Habrá llegado a un acuerdo con la dueña del piso y a las nueve ya podrá dejar la mochila en su casa, donde contrató una cama con baño compartido. A Cap de Creus, a pie, son siete kilómetros. Grisens, la ciudadana, también cuenta detenerse en la cova de l’Infern pero tiene una entrada para la casa-museo de Dalí en Portlligat y le gustaría estar ahí a las cuatro de la tarde. Ya en Cadaqués se impondrá pasear por el puerto y andar hasta la iglesia por las vistas.

A Roses, por la carretera que transcurre por Monjoi, hay cerca de veinte kilómetros. En Roses hay que visitar la Ciudadela y el castillo de la Trinidad. También el Castrum de Puig Rom y el Llit de la Generala, que es un dolmen. Grisens, la ciudadana, habrá alquilado la habitación 401 de Gloria Rooms y cenará una esqueixada, semejante a una ensalada fría pero con bacalao.

A las ocho menos cuarto de nuevo en Figueres. Demasiado justo para poder coger el autobús hacia Girona. El siguiente llega a Girona a las doce y media. Recurrirá, de nuevo, a airbnb. Grisens, la ciudadana, se enamorará de una casa con jardín en el centro histórico, que hasta tiene mesa de billar. La casa la habrá reservado por dos días, porque son muchas las cosas que ver y disfrutar en esta hermosa ciudad: la catedral, con su museo-tesoro, el Beatus de Girona y el tapiz románico de la creación, la escalinata que hizo famosa en el mundo, como el gran septo de Baelor, la serie ‘Juego de Tronos’, los baños árabes, el barrio judío que habrá que recorrer también en la noche, los puentes sobre el río Onyar y las casas de sus riberas, la casa Masó, obra de Rafael Masó y el novecentismo, la Pujada de Sant Domenéch, el monasterio de Sant Pere de Gallinats, donde se encuentra el museo arqueológico de cataluña, y su claustro románico, el museo del cine, la torre de la basílica de Sant Feliú, la primera catedral, la plaza del Vi, la rambla de la libertad, la ronda de la muralla, al atardecer, y los jardines del paseo Arqueológico. Grisens, la ciudadana, también se afanará en degustar la gastronomía de Gerona, la tortilla payesa, lo conocido como mar y montaña, el suquet de rape y gamba, la escudella del Pagés, además de la butifarra dulce con manzana y el xuino. Y habrá que besarle el culo a una leona, como manda la tradición, si es que a Girona deseamos regresar. Para mí, personalmente, Girona, Toledo y Cuenca son las ciudades más atrayentes por las que hemos pasado.

El autobús para Pals no partirá hasta pasadas las cinco de la tarde del nueve de julio. En Pals fue donde Grisens, la ciudadana, encontró alojamiento pero hubiera sido en Peratallada donde ella querría haberse detenido. Pals, de todos modos, sorprende. Habría que dejarse seducir por su casco histórico. También destaca en Pals la torre de las Horas, el único resto de un antiguo castillo. Y es recomendable izarse hasta el mirador de Josep Pla.

A Peratallada, a menos de siete kilómetros, se dirigirá pasando por San Julián de Boada y regresando a Pals por Pantaleu y San Feliu de Boada. Hay que ver en Peratallada la iglesia de Sant Esteve, situada extramuros, el castillo y su torre del homenaje y la plaza de los Arcos. Callejeando e impregnándose de su sabor auténtico.

De Pals a Calella de Palafrugell, pueblo de pescadores, hay once kilómetros andando. La cama, Grisens, la ciudadana, la tiene en un apartamento a cinco minutos de la playa El Golfet. No habrá problema para dejar sus cosas a hora todavía temprana e ir a perderse por los caminos del jardín botánico de Cap Roig, donde por esos días se celebra un festival de música. Reserva la tiene para cenar en La Blava, a pie de playa, un ceviche, tagliatelle y un helado artesano.

De Calella de Palafrugell a Tossa de Mar son casi cuarenta los kilómetros. Grisens, la ciudadana, cuenta arrancar a andar muy temprano, en la oscuridad. Esperando poder desayunar en San Antonio de Calonga. Luego transcurrirá por la Playa de Aro y San Felíu de Guixols, bordeando la costa. Grisens, la ciudadana, espera estar en Tossa de Mar antes de las cuatro de la tarde. Ha alquilado una habitación en Marina, a poco más de un kilómetro del castillo. Aquí le gustaría subirse a un barco que hace el recorrido por la costa y por cuyo fondo de cristal se puede ir apreciando la flora y la fauna marina. Adquirirá una entrada para el último pase, a las seis de la tarde pero sin mucha convicción.

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Es uno filósofo guardando silencio

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