El viaje por Lleida [EL CÓDIGO – xxix – (una red de redes)]


 

“No quiero profetizar. Los profetas son personas indignadas. En Catalunya ha habido un exceso de profecías.”
Miquel Pueyo

4. Lerida
Grisens, la ciudadana, se subirá a un ALSA en la ciudad de las farolas el 15 de junio, a las diez de la mañana. Y, tras un trasbordo en Burgos, arribará a Lleida a las ocho de la tarde, donde la aguarda una habitación, con baño compartido, en el centro de la ciudad. Habrá adquirido una entrada para la última sesión del parque astronómico de Montsec, cumplida la medianoche, porque esa se anunciaba en castellano. A la mañana, a las diez, se subirá al bus turístico para realizar la ruta histórica. Visitará el conjunto monumental de la Seu Vella y el castillo del Rey, que fue construido en un cerro, desde donde se divisa la ciudad y gran parte de la comarca de Segriá y la llanura de Lleida. A este punto se puede llegar andando desde la calle San Martí, entrando en el recinto amurallado por la puerta de León; también desde la plaza de Sant Joan, en ascensor, por el portal de Sant Andreu. Grisens, la ciudadana, tiene previsto subir los centenares de escalones de su torre. También el castillo templario de Gardeny. La nueva catedral, el palacio de la Paería (sede del ayuntamiento). La escalera gótica del museo hospital de Santa María. La capilla de Sant Jaume y la iglesia de Sant Llorenç. En algún momento se detendrá a paladear una tapa de caracoles a la llauna, acompañados de salsa romesco y picante. Y un panadón, que es una empanada que se prepara con una masa de pan rellena de espinas, pasas y piñones. Y quizá también pruebe el fricandó; es decir, un estofado de ternera con setas y orejones. Ya al atardecer se decantará por el parque de Mitjana a lo largo del Segre y en el crepúsculo por los Campos Elíseos. Antes de cenar unos caracoles a la samfaina y una escalivada de bacalao. Y si queda espacio las cristinas de San Blas.

Al día siguiente, un tren temprano hasta Tarrega. Andando, antes de las diez, alcanzará Guimerá. Habitación sólo la encuentra en Vallfogona de Riucorb, a cinco kilómetros. A Guimerá, de esencia medieval, lo preñan sus arcos, alrededor de todas sus calles. Éstas se alzan zizagueando, en escaleras y rampas, hasta la torre. El jueves dieciocho de junio, caminará desde Vallfogona de Riucorb hasta Montfalcó Murallat, a veinticuatro kilómetros. Pasando por Cabestany, Rubinat, San Pedro dels Arquells. Grisens, la ciudadana, logró encontrar un alojamiento en Cervera, en la Casa de Baix, a seis kilómetros. Montfalcó Murallat está encaramado en lo alto de una colina, es una fortaleza medieval. Es el pueblo amurallado mejor conservado.

El viernes diecinueve de junio, en Cervera, se subirá en un autobús a las nueve y media, hasta La Seu d’Urgell, donde visitará la catedral románica. Su primera idea era partir, por la tarde, a Bellver de Cerdaña, del que la separaban treinta kilómetros para, después de hacer noche, proseguir hasta Puigcerdá. Pero no se resignaba a no visitar el valle de Boí y el valle de Arán. Así que el sábado veinte de junio se levantaría temprano dispuesta a hacer autostop hasta Sort, pasando por Castellciutat, Pallarols, Adrall, transcurriendo por el eje pirenaico, una travesía arriesgada, y por el despoblado medieval de Santa Creu de Llagunes y Villamur. Ya en Sort, dormirá en el hotel Les Brasel y aprovechará para comprarse un décimo en La Bruixa d’Or, por volver a probar suerte. Ya que si ahora es libre para viajar lo es porque antes la tuvo. Cenará una sopa de calabaza y tupi, que es un queso cremoso, con pan. Dejando hueco para un filiberto, al que seguirá algo de ratafia, un licor.

Hasta Boí, desde Sort, hay setenta y cinco kilómetros. Pero Grisens, la ciudadana, está dispuesta a tomar un taxi si no hay más remedio. Allí la espera un apartamento, el Anticforn. Es posible que si la hora lo permite se acerque hasta Taull para admirar el pantocrátor de la iglesia de Santa María.

Hay que llegar a Vielha, donde Grisens, la ciudadana, se registró en un apartahotel. Lo más probable es que tenga que coger un taxi. La distancia no es poca, son ochenta y cinco kilómetros. Por si acaso medita quedarse ahí dos días. El primero para recorrer el pueblo y visitar la iglesia parroquial de Sant Miqueu y sus pinturas. No descartando acceder al Palai de Gèu y calzarse unos patines. El martes veintitrés lo que pretende es hacer una ruta por el valle de Arán.

De regreso a Sort y a La Seu d’Urgell, por precaución, habrá reservado una cama en el mismo lugar en el que acá pasó la noche, El Terrat sobre el Mercat.

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Es uno filósofo guardando silencio

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