El viaje por Guadalajara [EL CÓDIGO – xxviii – (una red de redes)]


 

No es lo mismo estar dormido que estar durmiendo, como no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo.”

Camilo José Cela

GUADALAJARA

Ahora es el tiempo de La Alcarria. Albalate de Zorita, al que Grisens, la ciudadana, llega haciendo autostop, pasando por Jábaga, Villarejo de la Peñuela, Valdecolmenas de Arriba, Valdecolmenas de Abajo, Caracenilla y Mazarulleque, se encuentra en la falda de la sierra de Altomira. Grisens, la ciudadana, ha reservado una cama en El Rincón de Espe. Según la web de turismo de Castilla – La Mancha, Albalate de Zorita es famoso por sus canecillos románicos. Pero para Grisens, la ciudadana, es un paso necesario que dar para poder acceder a Zorita de los Canes, a seis kilómetros, situada en otro meandro del Tajo. Zorita de los Canes guarda una de las más bellas e importantes alcazabas de Guadalajara. También Zorita de los Canes comprende un parque arqueológico, el de Recópolis, los restos de la única ciudad visigoda conocida en Europa.

Hasta Pastrana, atravesando los Sotos del Tajo, hay doce kilómetros. Ahí espera el hotel Palaterna. En Pastrana vivió Teresa de Ávila y la princesa de Éboli en un encierro de más de una década. Hay que ver la plaza de la Hora, frente al palacio ducal, y la colegiata de Nuestra Señora de la Asunción, en cuya sala capitular se muestra el museo parroquial de los tapices. También el convento de San José y más conventos y palacios y casas nobles, y una fuente de los cuatro caños y los barrios de Albaicín, el de los moriscos, y el de la plaza de Abajo. De ahí, el día siguiente, a Anguix, a dieciséis kilómetros, por carreteras de uso restringido o privado. Para admirar su castillo, llamado ‘torrejón’, por ser la torre un elemento fundamental y carecer de almenas. Y de Anguix a Sacedón, donde Grisens, la ciudadana, descubre una cama, a 13 kilómetros. Y donde el cerro de la Coronilla ofrece una impresionante vista. Cerro en el que existe un monumento al corazón de Jesús de más de veinte metros de altura.

A Córcoles son siete kilómetros. Aquí se halla el monasterio de Monsalud. Ahí lo que toca, de nuevo, es hacer autostop; pasando por Casasana, Escamilla, Peralveche, Villanueva de Alcorón, Zaorejas, Puente de San Pedro y Corduente, hasta Molina de Aragón. Unos cien kilómetros. Para dormir en el hotel San Francisco. Aquí el mayor atractivo es el castillo que domina el valle. Posee una muralla exterior con numerosas torres de defensa. También el barrio judío y la morería y el puente románico de arenisca roja. Pero con esto Molina de Aragón tampoco se acaba. Aquí a Grisens, la ciudadana, no se le puede olvidar probar las patas de vaca, un dulce típico y quizá su secreto mejor guardado.

A el castillo de Zafra irá muy temprano. Andando por el camino de Campillo de Dueñas, por Hombrados, son algo más de veinticinco kilómetros pero merecerá la pena por aproximarse a lo que en la serie ‘Juego de Tronos’ era la torre de la Alegría. Es un castillo privado. Fue adquirido por un particular, que con la ayuda de un albañil llevó a cabo su restauración. El regreso, Grisens, la ciudadana, cuenta hacerlo por Cubillejo de la Sierra y Cubillejo del Sitio. Será esa la segunda noche que pase en Molina de Aragón.

En Molina de Aragón toca, otra vez, hacer autostop. Supuestamente pasará por Corduentes, Cobeta, Ablanque, Riba de Saelices, Saelices de la Sal, Esplegares, Canredondo, hasta llegar a Cifuentes. Aquí destaca la iglesia del Salvador, el convento de Santo Domingo, la casa de los Gallos y la plaza Mayor, también el castillo de Cifuentes, erigido por ese Don Juan Manuel del que ya oímos hablar y en el que, entre guerras, puede que escribiese su obra ‘El conde Lucanor’. Grisens, la ciudadana, encontró alojamiento en Gárgoles de Arriba, a cinco kilómetros. Al día siguiente habrá que andar hasta Trillo. El puente sobre el Tajo, sus edificios religiosos, una cascada y la casa de los Molinos. Se dejará atrás por Gualda. Tomando la travesía de la Amargura, que transcurre por Tendilla, Horche y alcanza, por la N-320, Guadalajara.

Dependerá de la hora a la que se llegue lo que pueda o no visitar en la ciudad. La lista puede ser corta o larga: El panteón de la condesa de la Vega del Pozo y su falsa cripta, realizado por Ricardo Velázquez Bosco, en un estilo ecléctico historicista. El Convento de San Francisco, llamado también fuerte, porque sirvió como escuela militar; debajo se encuentra la cripta de los duques del Infantado. La puerta Bejanque, puerta de una ya inexistente muralla. La concatedral de Santa María, de estilo mudejar; en su interior hay una escultura que representa a Juan Pablo II. La capilla de Luis de Lucena, que alberga una exposición de restos arqueológicos. El palacio del Infantado, en la plaza España. El palacio de la Cotilla, utilizado como escuela municipal de artes; aunque su estancia más valiosa es un salón de té, donde la decoración en papel de arroz pintando a mano refleja escenas de la vida de la China medieval. El palacio de Mendoza o su claustro. En Guadalajara también hay un zoológico. La noche será en el hotel Infante pero antes habrá que cenar una codorniz en escabeche y de postre un bizcocho borracho.

En autobús hasta Torija, con llegada antes de las diez. En la torre del homenaje de su fortaleza medieval se alberga el único museo del mundo dedicado a un libro, la obra de Cela, ‘El viaje a la Alcarria’. A Torija, de hecho, se la conoce como la puerta de la Alcarria.

Brihuega, el jardín de la Alcarria, enclavada en el valle del río Tajuña, será en donde Grisens, la ciudadana, pernocte. Son quince kilómetros que se recorren a pie. Aquí el mundo, en verano, huele a lavanda y lo tiñe su color. Dormir, Grisens, la ciudadana, dormirá en la hospedería Princesa Elima. Dos noches. Porque al día siguiente andará hasta Cívica; una pedanía a once kilómetros, que es una misteriosa aldea excavada en la roca. En Brihuega hay también un museo de miniaturas. El cementerio está dentro del castillo. Al torreón de éste, el castillo de la piedra Bermeja, hay que encaramarse para contemplarlo todo, las iglesias de San Felipe y San Miguel y los jardines de la Real Fábrica de Paños de Carlos III. Y es posible que alguien le hable de la leyenda de la iglesia de la virgen de la Peña. Las cuevas árabes están situadas en la plaza del Coso. Fueron construidas entre los siglos X y XI, y son un laberinto de galerías subterráneas.

De Brihuega a Sigüenza hay cuarenta y cinco kilómetros. Ahí la espera la hospedería Porta Coeli. Y la plaza mayor soportalada, en la que figuran el palacio de los Deanes, espacio que ocupa el ayuntamiento, y la catedral. El casco antiguo está amurallado. El castillo, que es un parador, hubo que restaurarlo a raíz de la Guerra Civil. Imprescindible probar la tapa de oreja con miel y el perdigacho, que son anchoas en una tosta con tomate natural y ali oli. Y de postre una empanada rellena de uva negra que no recuerdo si tiene algún nombre. Para beber un fino seguntino, que lleva vermú, sifón y cerveza.

De Sigüenza a Atienza, por el camino de Santamera, hay más de treinta kilómetros. En Atienza dicen que el Cid no se atrevió a entrar. Es la población en la que se grabó ‘Las Troyanas’, del director Michael Cacoyannis, basada en una adaptación de Sartre de la original tragedia de Eurípides. Aquí la plaza de España es triangular. En ella está la fuente de los Tritones y el ayuntamiento. Hay que pasar por el arco arrebatacapas. En Atienza hay también un castillo y tienen una fiesta, la caballada, que se celebra el domingo de Pentecostés desde 1162. Y algo que llaman las tortas de chicharrones.

De Atienza, Grisens, la ciudadana, se mueve en dirección a Naharros, pasando cerca del Robledo de Corpes, citado también en el Cantar del Mio Cid, y de Hiendelaencina. De Congostrina y por Alcorlo y su embalse. Y es posible que se detenga en la Finca Río Negro, una bodega. Después vienen Abarcón y Muriel, antes de Tamajón. Ahí aguarda el palacio de los Mendoza, actual sede del ayuntamiento, y la casa de los Montufar. Tamajón también goza, como Cuenca, de una ciudad encantada. Si Grisens no arriba a Tamajón demasiado tarde es posible que la visite. Cerca anda la ermita de la Virgen de los Enebrales. Y Tamajón, sobre todo, ya es un pueblo de los de arquitectura negra, porque sus edificaciones las construyen con lajas de oscuras pizarras y armazones de madera.

Almiruete queda a siete kilómetros. Está situado en las faldas del pico Ocejón, la montaña más alta de la provincia. Y diez kilómetros más allá espera Palancares. La idea de Grisens, la ciudadana, es alcanzar, casi dos horas después, Valverde de los Arroyos o, mejor dicho, una de sus casas rurales.

Al día siguiente la espera Majaelrayo, a once kilómetros, enclavado en un valle a orillas del Jaramilla, y sitiado por varios picos. Cuatro kilómetros adelante Campillo de Ranas. Y a dos kilómetros El Espinar y a otros tres ya Campillejo, donde decidió dormir. De ahí, a la mañana, a Roblelacasa, a seis kilómetros. Para finalizar veintidós más allá, en El Cardoso de la Sierra. Pueblo ya éste de esquistos azulados y madera grisácea, en la sierra de Ayllón, aguardando a media ladera. Grisens, la ciudadana, hará noche en la casa rural El sueño de los gatos. Y desde ahí va a desviarse a Buitrago del Lozoya, en la comunidad de Madrid, por la M137, a cerca de treinta kilómetros.

A Buitrago de Lozoya llega la línea 191, que la dejará en el intercambiador de Plaza Castilla. Dependiendo de la hora, Grisens, la ciudadana, tomará un taxi o irá andando hasta la estación Sur, donde se subirá al primer ALSA en el que haya plaza. Cuenta regresar a la ciudad origen el 5 de junio.

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Es uno filósofo guardando silencio

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