El viaje por Albacete y Ciudad Real [EL CÓDIGO – xxvi – (una red de redes)]


 

“El diálogo con la sociedad es fundamental.”

Juan Carlos Izpisúa

ALBACETE

La salida de la ciudad de las farolas sería pasada la medianoche, eso significaba llegar con dolor de cuello a Madrid. Al par de horas, Grisens, la ciudadana, se subiría a un ALSA con destino a la ciudad de Albacete. Se preguntaba qué tendría Hellín, al sur de Albacete, para haber dado a la luz a dos hombres tan eminentes como eran Juan Carlos Izpisúa, Φ-2GE41 en el código, y Manuel Castells, Φ-2GV42. El primero bioquímico, especializado en el campo de la biología del desarrollo, el segundo sociólogo y economista, hoy ministro de Universidades del Gobierno de España. Pero Hellín no parecía tener la respuesta, así que lo descartó. La tamborrada no la atraía lo suficiente y ese, junto con su Semana Santa, parecía ser su mayor encanto: tambores sonando durante toda la noche.

El ALSA, en Albacete, se detendría a las once de la mañana. Todos parecen estar de acuerdo en que uno de sus principales atractivos es el pasaje de Lodares, una galería modernista de estilo italiano, que une la calle Mayor con la de la Tinta, en la que se encuentra la Posada del Rosario. Ver, al parecer, hay que ver la plaza del Altozano, por sus edificios, entre ellos el palacio de Justicia, y la bicha de Bazalote, ésta una reproducción de la auténtica, y el interior de la catedral de San Juan Bautista, por sus grandes óleos, obra de Casimiro Félix de Escribá. Dejándose caer por las calles Concepción y Tejares, cuando el hambre se deje sentir, que son las zonas de tapeo y copas, para paladear un pisto, emblema de la cocina manchega, y un atascaburras, que es bacalao con patatas, si es que lo sirven fuera de temporada. Luego, quizá cabría acercarse al templete del parque de los Jardincillos o visitar la biblioteca de los Depósitos del Sol, que es circular y está en el barrio de las Carretas. O tal vez el museo de la Cuchillería, en la modernista casa del Hortelano.

A Chinchilla de Montearagón hay unos dieciséis kilómetros que Grisens, la ciudadana, recorrerá andando. Está convencida de que la tierra se conoce a pie. Dormir dormirá en la calle San Julián número 12. La población conserva su trazado medieval. De especial interés son las cuevas al pie de la muralla, enmarcadas por chimeneas blancas. El castillo-fortaleza domina el paisaje desde el cerro de San Blas. Hay otras obras religiosas y civiles que merecen nuestra atención, entre ellas los antiguos baños árabes. A las ocho de la mañana el autocar de Monbús la dejará de nuevo en Albacete. Almansa, a ochenta kilómetros, espera a Grisens, la ciudadana, esa misma mañana. Su hostal se encuentra en la calle Méndez Núñez. El castillo es uno de los más hermosos de España, encaramado al cerro del Águila. Las calles de Almansa circunvalan la roca. Grisens, la ciudadana, la va a visitar en sus fiestas mayores, durante la batalla de las flores. Ahí probará el ajo mataero, a base de pan casero, tocino blanco e hígado de cerdo.

Desde Almansa a Higueruela, que es Camino de Santiago, parece que hay un autobús temprano. A las malas son algo más de treinta y tres kilómetros a pie hasta Jorquera, sobre el meandro del río Júcar, otro pueblo atalaya con reseñas de pasado almohade. Para dormir, Grisens, la ciudadana, habrá reservado una cama en la calle Truquet, en El Mirador del Consuelo. Hasta Alcalá del Júcar son quince o dieciséis kilómetros a pie. Un pueblo imponente, en el que destacan la ermita de San Lorenzo, el castillo reconstruido, la iglesia de San Andrés, el puente romano, la singular plaza de toros y sus casas-cueva, propiedad de Juan José Martínez, conocido como el Diablo.

De Jorquera al día siguiente, a ser posible en taxi, hay que ir hasta Casas-Ibáñez, donde tal vez parta un autobús hacia Albacete; si no Grisens, la ciudadana, tendrá que hacer dedo. Y una vez en Albacete, si es posible, coger un autobús para proseguir andadura por la N-430, hasta Ossa de Montiel, donde aguarda el hostal La Paz.

Ciudad Real

A Ruidera, ya en Ciudad Real, ella llega caminando. Ahí se localiza el parque natural de las Lagunas de Ruidera, el que dicen que es el humedal más bello de la península Ibérica pero antes habrá que penetrar, en el trayecto, en la cueva de Montesinos, citada en El Quijote.

De Ruidera, al día siguiente, Grisens, la ciudadana, saldrá por el camino de los Perdigueros, que conduce hasta Villanueva de los Infantes, a más de treinta y cinco kilómetros. Felipe II decidió que Villanueva de los Infantes ejerciera como capital del Campo de Montiel. Grisens, la ciudadana, se alojará en Las Violetas. No cabe otra opción que la de reservar con antelación, porque serán plazas muy disputadas. Y será en Villanueva de los Infantes en donde pruebe los duelos y quebrantos, un revuelto de chorizo y cerdo entreverado. Esperando no estar demasiado cansada para visitar la celda del convento de Santo Domingo en la que Quevedo acabó sus días, y sus restos en la iglesia parroquial de San Andrés Apóstol, así como la Alhóndiga, la casa del Caballero del Verde Gabán, en la que Cervantes se inspiró, la casa del Arco y su patio y la casa de los Estudios.

Tras la noche y la madrugada a Santa Cruz de Mudela como se pueda, para llegar a Calzada de Calatrava, donde nació Pedro Almodóvar. La cuestión, para Grisens, la ciudadana, será hacer noche ahí, para andar muy temprano hasta Aldea del Rey, por el camino de la Sola, a menos de diez kilómetros. Para conocer, en el cerro de Alacranejo, las imponentes ruinas del sacro convento y castillo de Calatrava la Nueva. Grisens, la ciudadana, espera gozar de suerte y haber conseguido arribar a Almagro antes de que anochezca. Desde Aldea del Rey hay menos de veinticinco kilómetros. En Almagro hay que paladear las berenjenas, disfrutar de la plaza Mayor, rectangular, soportalada y con los flancos pintados de verde y descubrir su corral de comedias y, si es posible, conocer el museo Nacional de Teatro.

A Ciudad Real se llega en tren. Hay tiempo para pasear por la plaza Mayor y, en la casa del Arco, escuchar el carrillón, en el que un Quijote y un Sancho cantan una jota manchega. También lo habrá para la catedral de Santa María del Prado y la iglesia de San Pedro. Grisens, la ciudadana, podría perderse conocer la puerta de Toledo, el único resto del Real Alcázar, y el museo del parque Gaset. La cuestión es coger ese autobús a Daimiel. O bien a la una o bien a las cinco. Daimiel está a doce kilómetros del parque de las Tablas de Daimiel. Grisens, la ciudadana, lo visitará y continuará andando hasta Villarrubia de los Ojos, otros trece kilómetros. Donde la aguarda una cama en el hostal Gijonés. Y piensa probar las sopas con tomate, la caldereta de cordero y las gachas de pitos.

Un comentario Agrega el tuyo

Es uno filósofo guardando silencio

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s