Un visado para Irán [EL CÓDIGO – xiv – (una red de redes)]


 

“Algunas cosas se hacen tan nuestras que las olvidamos.”

Mario Porchia

España

Por ejemplo yo, olvidando el bipartidismo y los crímenes de ETA o el atentado yihadista del 11-M. Pero dicho esto regreso con Grisens, la ciudadana. Ella había estado recabando información sobre el visado para viajar a Irán. Y existían dos maneras de obtenerlo, o bien en el mismo aeropuerto de Teherán, lo que se conoce como visa on arrival, que era arriesgado porque por cualquier razón puede que no te dejen entrar al país; o bien en la embajada de Irán en Madrid, que es lo que a Grisens, la ciudadana, le pareció mejor. Se necesitaba un código de autorización del ministerio de Asuntos Exteriores de Irán, que en teoría sólo se puede conseguir a través de Internet y de agencias autorizadas; código que se suele recibir en un par de días por correo electrónico. Dos fotografías a color y un seguro de viaje. La solicitud del visado y el justificante original del pago de la tasa en el banco, aunque se puede pagar en el mismo consulado con una tarjeta de débito. Y un pasaporte original, con seis meses de validez, ningún sello de Israel y cuatro páginas en blanco. Pero ¿cuál era el problema? Que el órgano competente para la expedición de este pasaporte era el Cuerpo Nacional de Policía, por lo que había que presentarse en la oficina expendedora previa solicitud de cita, en el 060. Siendo imprescindible la presencia física de la persona. Algo para lo que Grisens, la ciudadana, se consideraba incapaz. ¿Olvidé decir que ella tenía un problema mental? La ciudad en la que vivía le provocaba un temor invalidante. Podía recorrer el Camino en solitario y atravesar bosques en la madrugada, a pesar de los animales salvajes que los poblaran pero no podía moverse por las calles que la habían visto nacer, las calles de la ciudad origen, sin sentirse infinitamente desvalida. Así que tomó una decisión, conocer lo primero España, y para eso siguió el mismo método que antes había empleado con Irán, el Kurdistán e Iraq.

Recopiló información de las primeras seis o siete páginas que respondían a la pregunta “qué ver en”. Y después, en este caso, se dedicó a eliminar de la abultada lista, primero, los lugares que ya había conocido en sus caminos: la catedral y San Isidoro de León, la colegiata de Roncesvalles, Santo Domingo de la Calzada, la catedral de Santiago de Compostela, la de Burgos, Castrillo de los Polvazares, O Cebreiro, Estella, Astorga, la Costa da Morte y Fisterra, Donostia, Getaria, Zumaia y Deba. Y aquellos que había visitado porque en ellos había vivido: todos los de Asturias, es decir: Santa María del Naranco, Santa Cristina de Lena, San Salvador de Valdedios, Llanes, Cimadevilla y la Laboral en Gijón, el casco histórico de Avilés y el Centro Niemeyer, el valle del Nalón, los lagos de Covadonga, Cudillero, Cangas de Onis y el cabo Peñas. Y la isla de Arosa y el centro histórico de Pontevedra, además de Ribadeo. Y también esos otros a los que había viajado en alguna ocasión: la muralla de Ávila, el alcázar y el acueducto de Segovia, la plaza Mayor de Salamanca, el parque natural de Cabárceno, la Gran Vía, la puerta del Sol, el Retiro y el palacio de Cristal. Arrepintiéndose de tachar el Templo de Debod porque de su ocaso, como de Toledo y el meandro del Tajo, comprendía que era incapaz de cansarse.

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Es uno filósofo guardando silencio

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