Qué ver en Madrid en un viaje de una semana [EL CÓDIGO – xv – (una red de redes)]


 

“Lo mejor de casi todos los viajes es el planearlos o el recordarlos. La realidad tiene más que ver con la pérdida del equipaje.”

Regina Nadelson

Madrid

Tacones Manoli, una experiencia gastronómica, inmersiva, clandestina y flamenca, fue la causa de las precipitadas fechas elegidas por Grisens, la ciudadana, para desplazarse a Madrid. Esa misma tarde, se sacó un billete en un ALSA Supra-Economy, para el día 24 de febrero, con llegada al intercambiador de Moncloa a las once y media de la mañana. Con tiempo suficiente para coger un taxi que habría de conducirla, con su indumentaria musulmana, algo bastante recomendable, a la calle Jerez número 5, que es donde se encuentra la embajada de Irán, para conseguir la solicitud del visado.

Gracias a la plataforma Airbnb localizó un apartamento no muy caro, en el barrio de la Latina, el que dicen que es uno de los más viejos y carismáticos de Madrid, cerca de Casa Lucio, donde había reservado mesa, para comerse unos güevos rotos, como los que aquel día habían congregado a su alrededor a cuatro presidentes de España y a un rey. Después, Grisens, la ciudadana, había previsto darse un paseo hasta la plaza Mayor, donde esperaba poder tomarse un café. Iría muy nerviosa y esos serían unos nervios que la acompañarían casi a cada hora de esa semana, por un motivo que no voy a adelantar. Pensaba acercarse a la catedral de la Almudena, para conocerla, y al palacio Real, que en aquella ocasión había admirado de lejos. Para finalizar esa tarde con el crepúsculo desde el templo de Debod.

El segundo día tenía previsto pasarlo íntegro en el museo del Prado, el hogar de ‘Las Meninas’ de Velázquez. Pintura a la que Michael Foucaul dedicó un análisis pormenorizado en el ensayo ‘Las palabras y las cosas’ y en el que aseguraba que la relación del lenguaje con la pintura es una relación infinita. Grisens, la ciudadana, ya había aprendido a callar. A la hora de la comida pensaba, eso sí, regresar a un restaurante próximo al CaixaForum, para regocijarse de nuevo con su jardín vertical. A la tarde ya los cuadros pasarían ante ella como si no los viera y regresaría al apartamento.

El tercer día contaba aventurarse en el metro para ir hasta el intercambiador de Plaza de Castilla y subirse a un autobús, el de la línea 724, con el fin de visitar el castillo de Mendoza en Manzanares el Real. Es posible que volviera a coincidir con la mujer charlatana pero casi seguro que a él se subirían las mismas personas con discapacidad intelectual, porque era improbable que hubieran dejado su trabajo, por mucho que les llevasen los diablos, al menos en ese trayecto… La cita con Tacones Manoli era pasadas las ocho de la tarde. Grisens, la ciudadana, de veras quería entrar en ‘La Casa de Bernarda Alba’ durante el velatorio de su segundo marido.

El cuarto día le llegaría el turno a San Lorenzo del Escorial. A 60 kilómetros de Madrid. Había elegido una excursión en una locomotora de los años cuarenta del pasado siglo, que partía de la estación Príncipe Pío, cerca de las diez y media, atravesando la sierra del Guadarrama. Esperaba poder pasear por el jardín de los Frailes, que también es un título de Manuel Azaña. Por la excursión, que incluía la comida, un codillo asado con ensalada de la huerta, pagó algo más de sesenta euros. La llegada a Madrid dejaba algo de espacio para tomarse un café y volver a contemplar el atardecer en el templo de Debod.

El quinto día suponía que se decidiría por Atocha, como punto de partida hasta Alcalá de Henares. Y lo primero que buscaría allí sería la universidad, que fundó Cisneros en 1499. También tenía el propósito de visitar la casa natal de Cervantes y el corral de comedias. Acallando el hambre con una tapa de ensaladilla en el número 9 de la calle Libreros. Y de regreso a Madrid, dependiendo de la hora, o bien tomar un autobús de la línea 27 o un taxi, para llegar a la calle General Martínez Campos, que es donde la esperará el museo de Sorolla.

El sexto día, tenía previsto coger en Sol la línea C-3 a Aranjuez para pasear por sus jardínes, a la vera del Tajo y no recuerdo ahora si el Jarama. Donde nos aguarda otro palacio Real. La comida sería en el Corral de la abuela, un asador rústico. Sin prisa alguna por regresar, porque habría que matar las horas hasta las ocho, que es el momento en el que el Wrong Way, en la calle Pama, 43, abre sus puertas. Y si se atrevía, lo que era bastante dudoso, porque él la intimidaba tanto como la ciudad origen, quizá le hiciera llegar un mensaje. El ALSA de regreso partía de Madrid a las nueve horas del día siguiente. Y llegaba a la ciudad de las farolas, poco después de las dos y media.

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Es uno filósofo guardando silencio

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