El viaje con la española


Julien me pidió que continuara adelante, ya que se sentía muy interesado en nuestra historia.

– ¿Y cuál era el texto? -me preguntó.

– Es difícil de explicar si no lo tienes delante -le dije- pero lo intentaré…

El texto me hablaba de los antiguos griegos y de la mentalidad dominante entre ellos. Explicaba que los griegos discernían cuatro formas distintas de entendimiento del amor e, igualmente, cuatro distintos diseños del tiempo: el tiempo de <<Aidion>>, el tiempo de la vida eterna; el tiempo de <<Aion>>, el tiempo del instante sublime, del placer perfecto; el tiempo de <<Chronos>>, el tiempo implacable en el que nacen y mueren los seres y el tiempo del <<Kairós>>, el tiempo de la oportunidad que concierta la relación entre los otros tres tiempos del tiempo, el tiempo del <<Acontecimiento>>. Pero, entonces, fue cuando nos vi a Albany y a mí, en la Laguna Veneta, en la catedral de Torcello pero nos vi como éramos cuando habíamos estado allí, frente a aquel bajo relieve, explicándome ella como el <<Kairós>> había sido representado como una figura sobre ruedas aladas, sujetando una balanza inclinada con su mano derecha y un cuchillo con la izquierda, como si fuera una de esas justicias arcanas que han llegado hasta nuestros días envueltas por un halo de misterio… Y donde un hombre joven, trata, agarrándolo por los pelos, de retenerlo por la fuerza, mientras el anciano, que ya habrá perdido su vigor…

– Sí -dijo Julien- el tiempo que carece de piedad para con uno…

Sí, ese tiempo. Pero también estaba ella, una presencia femenina; Albany dijo que representaba a la lamentación, la metanoia… Sólo que yo no podía estar seguro de ello. Y cuando quise que Carmen me lo confirmara y alcé los ojos para mirarla… todo había desaparecido de pronto y sólo estaba yo con mis pensamientos: <<Era el momento decisivo y la mañana estaba hecha de leche, de una líquida bruma, que al poner el pie afuera me entregaba al corazón del destino.>>

¿Qué es lo que quieres decir exactamente?
– Que lo que sujetaba entre mis manos conocía toda mi vida. Y la conocía mejor que yo mismo, porque conocía hasta lo que yo ya había olvidado.

– ¿Y la española qué fue lo que te explicó?

– No, ella no me explicó nada. Me dijo sólo que ya teníamos que irnos…

– ¿Proseguir por el Camino?

– No, regresar a Bayona y recomenzar todo desde el principio.

– ¿Desde qué principio?

– Ella me aseguró que si regresábamos a Bayona juntos… podríamos separarnos y hacer como si nada de todo esto hubiera sucedido, o bien… realizar un breve viaje juntos hacia otra dimensión.

– Imagino que regresasteis, así que… qué sucedió después.

– Sólo que ella desapareció durante media hora. Yo no sabía siquiera si iba a regresar o no pero al cabo de ese intervalo volvió y me tendió las llaves de un coche preguntándome que si estaba dispuesto a conducir… Dije que ningún problema con eso y partimos en dirección a Mont-de-Marsan. Y después hacia Sauternes, donde hicimos noche. Allí teníamos una reserva y estaban esperándonos. La dueña, una mujer encantadora, nos preparó una cena exquisita pero nosotros dormimos en habitaciones separadas, aunque esa noche he de decir que lo agradecía, porque la anterior no había pegado ojo… A la mañana siguiente partimos hacia Bordeaux, comimos en Niort y nuestro punto de destino era Quiberon, donde también nos estaban esperando. Pero donde ella va a decirme que tiene que ausentarse por algunas horas, que son las horas en que me recuerdo detenido frente a le château Turpault…

El tercer día de viaje partimos para Auray, continuamos a Rennes, después a Le Mans y, por último, hasta París. Y en París teníamos que dirigirnos a una dirección en concreto, la rue de Montmorency, que yo recordaba porque en el número 51 se encuentra el Auberge Nicolas Flamel, que es un fantástico restaurante que se localiza en el mismo solar en el que el famoso alquimista levantó su albergue y, hoy por hoy, la casa más antigua de París… y allí había sido donde Albany y yo decidimos invitar a comer a los padres de Albany cuando estos nos visitaron… que eso me encantó de Carmen, porque ella podía saberlo y quiso que fuéramos allí.

– ¿Y se come bien?

Estupendamente. Nosotros tomamos como entrante un foie gras en escalope con manzana y oporto a las especies y, luego, langosta con una crema de espinacas y gnocchis. Acompañándolo de un Château Violet Lamothe del 2009, que es un vino muy sedoso y de aromas frutales, de la zona de Sauternes, precisamente, y elaborado con sémillon y sauvignon blanc. Para finalizar con uno de los postres especiales de la casa, que es el que te recomiendo, un lingote de chocolate de oro con helado de caramelo.

Y a la salida la sorpresa. Un hombre nos estaba esperando, era un chófer. Y yo tenía que aceptar como única condición subirme a ese coche con los ojos vendados.

Intuición, conocer la causa por intuición. ¿Qué juego se juega con la palabra intuición? -se pregunta el Wittgenstein lógico. ¿Qué muestras de habilidad se despliegan? ¿O no puedo saber realmente si alguien está o no en la otra habitación? Intuición, ¿es un modo de experimentar cosas de forma que alcanzamos un conocimiento con el que ya estábamos familiarizados en la vida cotidiana? ¿O es una quimera de la que hacemos uso meramente en filosofía? ¿O tenemos un caso en que valen las palabras, pues donde faltan las palabras siempre se encuentra una palabra a tiempo? La intuición debe ser un género de ver, un recorrer de un vistazo, no sabría más. Conocer la causa intuitivamente significa: conocer de cualquier modo la causa (experimentarla de un modo diferente al usual). Ahora bien, alguien la conoce pero ¿de qué sirve eso, si su saber no se acredita?

El trayecto tal vez duró más de dos horas y cuando el coche se detuvo, tampoco se me ofreció que me quitara la venda de los ojos. Al parecer, debía de ser importante que yo no pudiera reconocer el lugar al que habíamos sido llevados, y tampoco por ningún detalle del exterior. Ella había permanecido acariciando mi cabeza durante todo ese tiempo. Me estrechó contra sí y yo me dejé reposar ahí, gozando de esas sensaciones redimidas desde el regazo de la infancia. Y he de reconocer que me sentía tan reconfortado que hasta es posible que algún hilillo de baba se deslizase por mi mentón humedeciéndole las piernas. No habíamos vuelto a tocarnos desde la madrugada en Saint-Jean-Pied-de-Port, y esa ternura me temo que me supo a gloria. De su brazo -y a penas sin tropiezos- ella me condujo hasta ese cuarto en penumbra, que tanto me hizo pensar en el ‘Barry Lindon’ de Stanley Kubrick. Y en el que la esperaba, ahora, ya con todos mis sentidos al descubierto.

Carmen me había dejado a mí al cuidado de su bandolera, mientras ella desaparecía, en compañía del chófer, con la promesa de regresar en tan sólo unos minutos. Aunque yo en lo que aquí concentraba mis esperanzas era en la noche por venir. Pero no podía tampoco reprimir mi curiosidad, queriendo averiguar tan solo si el objeto patafísico -al final decidimos de mutuo acuerdo llamarlo así- seguía siendo sensible a mí pero no lo era. Y lo único que me mostró fue, por su envés, la figura grabada de dos caballeros montados sobre el mismo caballo, y aunque uno de ellos no parecía ser más que un niño. Que será cuando la puerta tras la que Carmen se había esfumado se abra, y el objeto me abrase las manos, de tal manera que no me deje más alternativa que la de soltarlo. Sólo que, entonces, nada iba a poder dejarme tan congelado como lo que vi. La anciana debía de tener doscientos o trescientos años, no lo sé, porque su rostro estaba tan arrugado como el de un fruto desecado. Y aunque a pesar de ello, de que apenas le llegaba a Carmen a la altura del pecho, y Carmen no es una mujer particularmente alta… se desprendía de ella una jovialidad indescriptible. <<Querido monsieur Gallimard -recuerdo que me dijo-. No se imagina el gran placer que supone para mí que haya aceptado usted ser nuestro invitado.>>

Yo, por supuesto, voy a disculparme por mi torpeza. Pero madame de B. -prometí no revelar su nombre- no pensaba concederle la más mínima importancia a nada. Me agarró del brazo, levantando el suyo para cogerse a mí, con una delicadeza inenarrable. Y lo que puedo jurar es que me condujo, aún así, con una firmeza extrema, por los pasillos de aquella mansión hasta lo que sólo puedo describirte como la biblioteca más seductora del mundo. Con el aroma de los pétalos de las rosas y la esencia de su diseño; a través del floema, hasta el pedicelo donde, tras el receptáculo, se ocultaba la única ventana, y a través de la que contemplé la noche infinita, que será donde madame de B. quiera saber si le aceptaría una copita de su elixir.

Pero elixir… ¿Estás seguro que dijo eso? ¿No dijo jerez? ¿No diría coñac?

No, estoy seguro de que dijo elixir e igual que lo estoy de mi respuesta. Tendrías que haberla conocido Julien. Madame de B. era absolutamente cautivadora. O eso sé que pensé en cuanto llevé mis labios al borde de la copa, que es cuando recuerdo que madame de B. quiso saber si yo había oído hablar de de la Tour. ¿Lo conoces?

-dijo Julien- es un pintor del barroco francés nacido a finales del siglo XVI, que sobrevivió a la primera mitad del siglo XVII en el ducado de Lorena, que fue un núcleo católico entre la vorágine del protestantismo. Y uno de tantos que cayó en el olvido hasta que fue redescubierto. Tengo entendido que tenía por costumbre replicar algunas de sus obras introduciendo en ellas ligeras variaciones. Pero yo sólo reconozco haber visto una obra suya en el Metropolitan Museum of Art… una que lleva por título… dame un segundo -y en el que Julien se muerde de los labios, como sólo había visto hacer a algunas mujeres-. Sí, eso es, ya lo tengo, ‘La Buenaventura’.

– Sí -digo-. De la Tour fue el mejor de los artífices franceses de ese violento contraste que los tenebristas reproducen con avidez entre las luces y las sombras. Yo lo conocía porque sus tahúres eran todo un símbolo para una muy buena amiga. A ella esta obra la había deslumbrado durante una gira musical, porque ella pertenecía a una familia de representantes del Bel Canto y la había visto en el museo Kimbell, en una visita breve que todos realizaron a Fort Worth, la ciudad <<donde empieza el Oeste.>> Así que cuando descubrió que existía otra versión en el Louvre, no cejó de insistirme hasta que consiguió que fuésemos a conocerla.

– ¿Albany?

– No. Ella era una amiga muy anterior. La persona que me asustó. O la persona con la que nunca me atreví a ser verdaderamente feliz.

Eso puedo entenderlo.

– ¿Tú estás casado Julien?

Yo he vivido siempre en el sentimiento de un vago peligro, imposible de definir por otra parte. Creo que esto pertenece a la condición humana. Estar en el mundo es peligroso. Y qué extraño es pensar que lo que uno habría querido ser por encima de todo es un santo. Es para reír. El santo que quiere vivir en nosotros, empleamos treinta años en matarlo, por lo menos. Es también para llorar. Pero no, no estoy casado -continuó taciturno diciendo Julien. También habría querido sentirme atraído por las mujeres pero jamás ha sido así. Y me gustaría que por exponerte mi debilidad no dejases, ahora, de confiar en mí.

No, desde luego Julien. No te preocupes por eso, prosigo… El elixir de madame de B. -le digo- tal vez fuera la ambrosía, porque casi sin darme cuenta, y sólo mojando mis labios, había vaciado la copa que ella, de inmediato, se apresuró a llenar. Y aunque reconozco haber pensado lo inusual que era que ellas no me acompañaran… la vida me parecía tan tentadora y deliciosa en ese instante que sólo me dije: <<Hervé, por Dios, alégrate y disfrútalo.>>

Madame de B., en ese momento, se dirige a Carmen para pedirle: <<Querida, muéstrale tú a nuestro invitado el de la Tour. Hazme ese favor.>>

Yo, evidentemente ebrio por el contenido del noema, recuerdo haber pensado: <<Oh là là, la vieja es una ladrona de obras de arte.>> Pero seguí sumiso a Carmen por el floema, percibido como una textura papilosa y, al mismo tiempo, como un campo magnético, de azafrán de iridiscentes estigmas, que volátiles se disipaban por las fosas nasales provocándome un cosquilleo sublime. Y mientras que, a veces, tenía la sensación de que ascendíamos por la helicoidal de una torre laberíntica hasta la morada última… entonces, o antes o después, la tenía de que descendíamos en espiral y por entre los peristilos de la eternidad hasta la mística mónada. Ella me dirá su nombre, el de su identidad matemática pero como con la propia identidad de madame de B., yo eso como prometí, y en esto debes creerme, Julien, no puedo repetirlo.

– Te parecerá extraño –me dijo Julien al llegar a este punto- pero yo mismo he estado soñando algo semejante a eso. E, incluso, alguna vez he escrito que no estamos separados del cielo más que por el espesor de una llama. Y que eso es preciso decirlo, porque la gente no lo sabe. ¿Viste tú alguna llama?

– No, lo que vi cuando ella descorrió las cortinas del teatro…

– ¿Teatro? -se extraña Julien.

– Es que tenía que serlo, porque no existe otra explicación. Al principio reconocí la escena pero la escena se había iluminado y…

– ¿Con luz eléctrica?

– No, claro, con la luz temblorosa de las llamas de algunas velas. Pero, por eso mismo, en el fondo oscuro se proyectaban las sombras de aquellos que, por las miradas de los personajes de la obra, intuimos que se encontraban ahí.

– ¡Qué curioso!

– Sí, pero en una ocasión le escuché decir a alguien, que había conocido a Jung, que el inconsciente colectivo está compuesto de una serie de ladrillos, que son con los que se construye la realidad humana, como si fuera del tiempo y del espacio existiera una gran cantidad de energía a la que la humanidad se esfuerza continuamente por dar forma y parece ser que eso era lo que pretendía al recrear esta escena de la Tour.

– Pero, ¿y la jugada de cartas? ¿a cuál de los dos tahúres representaba?

– A ninguno de ellos. Era otra la jugada y se apreciaban otros cambios perceptibles. Como, por ejemplo, en la madre del joven, que sostenía una pistola de duelo en su regazo y el as que el tahúr iba a poner en juego era el de picas.

– ¡El naipe asociado a la muerte!

Sí, yo también lo vi como tú pero mi estupor, realmente, sucedió cuando me fijé en que la copa del fluido que la sirvienta sostenía era idéntica a la mía, y al ir a indicárselo a Carmen, fui consciente de que ni ella estaba ahí conmigo, ni yo era ya el mismo. Porque no tenía nada en las manos y ni siquiera tenía manos. Y cuando horrorizado volví a contemplar la escena, todos ellos me miraban a mí y la sirvienta me tendía la copa mientras sus labios se movían como si dijeran: ¡Beba usted!

– ¿Y bebiste?

– Grand Dieu! No, me desmayé. Percibí como iba a desmayarme y comencé a caer hacia atrás a una velocidad indescriptible.

– Pero, ¿estabas angustiado?

– Por supuesto que estaba angustiado. Estaba terriblemente angustiado.

¡Ah! Pero entonces eso no era un sueño, seguro. Era una pesadilla. Y en todo lo que me has compartido hasta ahora, yo si veo algo claro, una pista en la que deberías pensar en concentrarte, y muy seriamente.

¿Y qué pista era esa? Julien sólo me dijo que, como era evidente, la marca del aceite: el crucifijo. Y porque él decía saber bien que hay un segundo en que se decide nuestro destino entero. Pero ese segundo es el fruto de una larga serie de acciones de las que no alcanzamos a ver que están ligadas entre sí por un secreto encadenamiento. Y al pedirle que fuera un poco más concreto si eso era posible, dijo: <<Por ahí será por donde te hiera Dios.>> Y algo eso a lo que terminaré por darle demasiadas vueltas durante las jornadas siguientes. Aunque también algo que en ese momento me empujó a una <<epojé>> que, en cierto sentido, era lo que más estaba necesitando. Porque lo que tenía que compartirle a Julien, a continuación, para mí suponía el mayor de los misterios. O, al menos, un misterio tan grande como el misterio mayor.

Me preocupa tu silencio, compagnon -dijo Julien obligándome, de esa manera, a regresar al presente; atrayéndome desde un abrupto, yo diría que casi, <<horizonte de sucesos>>, esa no metáfora, donde sólo son concebibles los infinitos de Cantor y las conjeturas o el álgebra de la Cábala y del Libro del Esplendor.

Caí, sí, a donde nadie en su sano juicio querría ir por voluntad propia pero, dada la paradoja, caí como ya recordé -porque eso me consta- en la jornada en que atravesé el hayedo del monte Changoa.

[GUCUCUACCUG]

https://elespiritudelchemin.wordpress.com/solucionario-de-cahier-ame/

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. ”El conocerse es en el Espíritu la existencia”

    H. W. F. Hegel

    Para quien conoce y recorre este camino… resultará relativamente sencillo situarse pero aún así va a chocarse con algunas extrañezas. Y en la segunda lectura, como es lógico, uno querría recorrer la acción de un modo lineal, consecutivo, aunque así se pierda el orden de la casualidad. Ésta que continúa es esa segunda lectura:

    El aliento de Natashia / La salida del albergue de Peñaseíta / El mágico bosque en el ascenso al Puerto de El Palo / Signos en devenir / En el Alto de El Palo la aparición de un viajero / De paso por Montefurado y de camino a Lago / Las confesiones de Robert Walser / Tras la comida, el viajero y el peregrino, se ponen en marcha / La llegada a Berducedo / La peregrina eslovaca / La estrategia del tejo / La llegada al albergue de La Mesa / El trágico accidente / Julien Green / El corazón de Dios / Creer y sentir / Las compañeras de camino / El congreso del Finnegans Wake / El discurso del placer / La pureza de la espiritualidad / El acelerador de personas / La llegada a Grandas de Salime / Los fundamentalismos cristianos / El albergue en Grandas de Salime / ¿Un milagro? / De Malévich y Baumgarten / La caja metafísica / La ayuda necesaria / Del complejo boceto / El beso de Natashia / El asesinato de la peregrina Denise Thiem / La salida de Grandas de Salime / El encuentro con C. S. Lewis, como Clive / Conociendo el amor / La fuerza del eros / La felicidad de la philia / La construcción de la amistad / El conocimiento intelectual de la caridad / La conversión de C. S. Lewis al cristianismo / El sentido del sufrimiento / La comida en A Fonsagrada / De la experiencia en la caja metafísica / Las explicaciones de Ne-Je / La molécula de la fe / El discurso del psicoanálisis según Alfredo Eidelsztein / El discurso del saber según Arturo Frydman / Los destinos celulares y el lenguaje del inconsciente /

    .

    / Atrévete a saber de la excelencia moral / El tacto infinito / Caminando con Diotima de Mantinea / La amistad para Aristóteles y Epicuro / La amistad para Cicerón y Séneca / La Durée de Bergson / Caminando con Guillermo Páramo Rocha / En el nombre de los matemáticos / El caparazón de Reichenbach / La llegada a O Cádavo / Con Alessia de Liubliana / Sin noticias de ellas / El método de C. G. Jung / La alucinación / Caminando con Adrienne von Speyr / De la aporía del instante / Hablando del odio y de Dios / El lenguaje de la palabra pura / La noche del amor perfecto / La despedida de Adrienne / Mauriac, el analista de conciencias / La llegada a Lugo / De la ciudad origen y el experimento colectivo / Los billetes de autobús / Los elohim y la oración incesante / El terremoto de Lisboa y la catedral de Lugo / Los principios del protestantismo / La verdad de Parménides / El despertar con Peter Grimmig / Sensaciones extrañas / La muchacha que andaba descalza / Las aves y las sibilas / El abandono / Los augures de Plinio / Los misterios de Santa Eulalia de Bóveda / Los galiambos de Catulo y el culto de Atis y Cibeles / La llegada a San Román de la Retorta / El homenaje de Luz Pozo Garza / La acogida de los peregrinos / La identidad de Euler / La suspensión de la credulidad / La llegada de la doctora Osip / De las virtudes del cannabidiol / Los factores anti-tumorales de los cannabinoides / Los sueños que se repiten / La inédita creación del espíritu / El método de María Zambrano / La poesía de Arseni y Andrei Tarkovski / La vida en los límites / El perro hospitalero / El destino de Robert H. Blyth / El homo viator de Gabriel Marcel / Caminando con la historia de Martín Barriuso / La justicia de Manuela Carmena / La hora de la política / Un recorrido por la historia / Caminando con Michel Onfray / La llegada a Melide / El papel de la filosofía en el mito / Las ideas revolucionarias de Manuel Castells / Comunidad, inmunidad, religión y umma / El problema del Islam / El Pulitzer de Kevin Carter / El papel del artista y la creatividad / La paz de Sájarov y el mal de Küng / El secreto de Oppenheimer / El Camino de Andoni Moreta / El lugar del psicótico / Los casos de Issei Sagawa y Altusser / Los postulados filosóficos / Lugares comunes / El Reino de Jesús / Fideísmo, deísmo, teísmo y panteísmo / El conocimiento de los cannabinoides de Manuel Guzmán Pastor / Caminando con August Strindberg / La psicosis de Swedenborg / Pasando miedo / El monumento del Monte del Gozo / La llegada a Santiago de Compostela / El comienzo del Camino / La cena en el albergue de Saint-Jean-Pied-de-Port y la partida / El viaje con la española / El final del sueño / Aparentemente sin conexión / La fisiología del sueño / La sonrisa del profeta Daniel [o parámbulo]

    Créditos de este ensayo dramatizado, Libro Tercero [o Primero] de CAHIER ÂME. Todos los que se aportan a través de estos comentarios.

    Manuel Guzmán Pastor / Clemente de Alejandría / Tomás de Aquino / Aristófanes / Aristóteles / Manuel Asensi / Marco Aurelio / Gaston Bachelard / Alain Badiou / Baudelaire / Samuel Beckett / Henri Bergson / Leon Bloy / Bollnow / Borchardt / Jorge Luis Borges / Joë Bousquet / André Bretón / Luis Buñuel / Agustín García Calvo / Giorgio Candoni / Catulo / Julio César / Cicerón / Pablo Coelho / Pablo de la Cruz / San Juan de la Cruz / Eduardo Chillida / Jacques Derrida / Emily Dickinson / John Donne / Meister Eckhart / Alfredo Eidelsztein / Paul Éluard / Epícteto / Epicuro / Esquilo / Filostrato / Otto Fisher / Quinto Horacio Flaco / Michel Foucault / Arturo Frydman / Robert Frost / Ana Goutman / Julien Green / Guardia Pons / Romano Guardini / Heidegger / Helena / Agustín de Hipona / Friedrich Hölderlin / Michel Houellebecq / Janni / Jenofonte / James Joyce / Juliano / Paul Klee / John Lennon / Levin / Henri de Lubac / Gregorio Luri / Martin Luther King / Peter Kingsley / Milan Kundera / Jacques Lacan / Laplace / Leibniz / C. S. Lewis / Locke / Ignacio de Loyola / Maurice Maeterlinck / André Malraux / Gabriel Marcel / François Mauriac / Dmitri Mendeléiev / Xurde Morán / Jean-Luc Nancy / Marie Nöel / Novalis / Teresa Oñate y Zubia / Rudolf Otto/ Guillermo Páramo Rocha / Parménides / César Pavese / Platón / Luis Pimentel / Alejandra Pizarnik / Plinio / Luz Pozo Garza / Giovanni Quessep / Ratzinger / Reichenbach / Renaud / Paul Ricoeur / Silvio Rodriguez / Enrique Rojas / Jean Jacques Rousseau / Carl Sagan / Guillemo de Saint-Thierry / Ada Salas / Singul / Salinger / Séneca / Edmund Spenser / Baruch Spinoza / Suter / Rabindranath Tagore / Tarrida del Mármol / Igor Teréntiev / Thibon / Ricardo Urueta / Vicent van Gogh / Craig Venter / Vico / Robert Walser / Simone Weil / María Zambrano / Andrei Tarkovski / Arseni Tarkovski / William James / Robert H. Blyth / Pável Florenskij / Martín Barriuso / Manuela Carmena / Jean-Jacques Rousseau / Condorcet / Michel Onfray / Antonio Piñero / Manuel Castells / Giorgio Agamben / Roberto Esposito / Vrúbel / Baars / Block / Calmet / Proudhon / Noam Chomsky / Andrej Sájarov / Hans Küng / Daniel Andréiev / La Biblia / La Bhagavad-gītā / Roosevelt / Blanchot / Althusser / Lao Tzu / Buber / Tim Robbins / Aristarain / Loisy / Erasmo / Montaigne / Ana del Valle / Cioran / W. B. Yeats / August Strindberg / Octavio Paz / Dylan Thomas / Lord Byron / René Char / Renard / Schopenhauer / Quenau / Sarraute / Ortega y Gasset / Fidel Fita / Aureliano Fernández Guerra / Bertrand Belin / José Slimobich / Mario Vargas Llosa / Mallarmé / Wittgenstein / / Carlos Paola / Silvia R. Pontevedra / Pablo García Baena / Emilio Olcina / Luis Vivanco / Abdennur Prado / José Lezama Lima / Francisco Pérez Abellán / Torcuarto Fernández Miranda / Romano Van Der Dussen / Proudhon / Gregorio Morán / Reinaldo Teixidor / Michel Onfray / Joan Garcés / Manuela Carmena / Cristina Sánchez / Guillermo Velasco / Francisco J. González Ponce / Aires Augusto Nascimento / Ricardo Alcocer Urueta / José Luis del Barco / Axel Cherniavsky / Feliciano Blázquez Carmona / Teresa Oñate y Zubia / Alister McGrath / Raúl González Salinero / Juan Pablo Martínez / Rolando Picos Bovio / Joaquín Beltrán Serra / Emilio Lledó / Antonio Malo Pé / M. Arnold / M. Nussbaum / Ángel J. Cappelletti / José María Zamora Calvo / Carlos Pereda / Thomas Robinson / Víctor Palacios Cruz / Carolina Pérez / José Manuel Cuesta Abad / Roni Akiki / Ángel Sánchez / Koldo Landaluze / Ángel M. Lorenz Rodríguez / Iván García Sala / Deborah García Bello / Juan Ramón Carbo García / Antonio Bentue / Anne Baring / Jules Cashford / Luz Pozo Garza / M. Albero / Jorge Montenegro Rúa / Emilio Aliaga Girbes / Maurice Blanchot / Gustave Thibon / Marcelo Augusto Pérez / Jacob Böhme / Victoria Cirlot / Cristóforo Gutierrez / René Uribe Ferrer / Carlos Alberto Carbajal Correa / Manuel Mandianos / Ana Goutman / Allan Hobson /

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