Una ojeada súbita


Cuando me siento seguro de que nadie me está mirando decido echar una ojeada súbita al sólido. Las líneas se habían desplazado hacia la parte superior pero la última de ellas comenzó a vibrar como si la uña de un pulgar invisible estuviera produciendo un sonido en la cuerda de una guitarra y fue cuando vi como dos dragones bicéfalos, uno azulado como la noche y el otro radiante como el sol, combatían sobre los clarososcuros de una pradera cubierta por las sombras de unos árboles cuyas copas ni se alcanzaban a ver. Fascinado porque la sangre que manaba de sus heridas, que era negra y amarilla, formaba ríos, no podía dejar de mirarlos, hasta que percibí como esos ríos bañaban mis manos. Soltándolo como si volviera a quemar, dejé caer el objeto sobre la tierra que absorbía al instante la sangre y como hizo mi piel.

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Es uno filósofo guardando silencio

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