Una experiencia surrealista


Y, como no existe ningún otro testigo, no me intranquiliza lo que cualquiera pueda suponer. Voy siguiendo a un cuervo como si fuera el guía de este umbral, hasta que el cuervo se posa en otra de las ramas y de esa en otra, y así hasta que ya no levanta el vuelo. Bueno, yo lo miro y le hablo, lo miro y le hablo como he venido haciéndolo pero he aquí que el cuervo me responde en un perfecto francés: <<La rute à cent pas.>> Eso y lo que me dijo después.

Oh mon Dieu! Un truc de ouf. Rien de vrai, rien que de l’apparence. Pero fue echar a volar el insólito córvido francoparlante y yo, en cien anticipados pasos contados, volver al mismo punto en el que me había desviado de la vía, donde para colmo me iba a tropezar con el partisano albanés que por fortuna, en cuanto me reconoció paticojo, decidió desligarse. Descendiendo a toda prisa detrás suyo, el tobillo hasta olvidé lo mucho que me dolía, alcanzando Zubiri en breve [19] mientras que el albanés lo desdeñaba y continuaba por el Camino. Y en una ventana sobre el puente llamado de la Rabia [20] Solange me estaba aguardando. Quería decirme que se había atrevido a reservarme una cama y se sentía algo preocupada porque no acababa de asomar. Ella y Jacqueline se habían estado turnando mientras cumplían con el ritual del aseo cotidiano, que en este entorno está pésimamente visto si se incumple. Y en cuanto yo lo hice nos fuimos en busca de un café donde sentarnos a charlar.

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Es uno filósofo guardando silencio

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