La incomprensión de Bea


Tras cruzar el puente de Iturgaizt para abandonar Irotz, otro puente medieval como los anteriores y pese a la carretera, anduvimos hasta Zabaldika entrados por un sendero donde habían colocado otra de esas cruces homenaje, mientras Bea no dejaba de indagar a Solange que se hacía patente a cada paso que se estaba cansando. Eran cuatro todavía los kilómetros que nos separaban de Arre cuando divisamos la piedra de San Esteban, iglesia de principios del XIII con tañido entrañable. Es que no comprendo como ¡Hostia! puede ser una señal de algo -repetía Bea una vez más cuando volví a ver el cuervo políglota y me quedé en blanco.

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Es uno filósofo guardando silencio

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