La conversación entre Solange y el Peregrino


Fue una aporía. Estoy seguroy mientras eso lo pronuncio frunzo el ceño algo cabizbajo pero de inmediato clavo mis pupilas dilatadas en Solange que expresa, arqueando ligeramente su ceja izquierda, que eso no lo comprende. [14]

Pues bien, tras esa aclaración y el relato del duelo de Solange hasta Nannay y Raveau no digo ni una sola palabra pero cuando Solange pronuncia el nombre de La Charité-sur-Loire, qué habrá visto en mí que, de pronto, se queda tan callada. Continúa, por favor, no te detengas ahora -le digo. Pero lo que ella dice, entonces, soy yo quien no lo comprende.

Solange había tomado el Chemin du Cimetière a la mañana, todavía temprano, tropezándose al pasar por delante con un vagabundo que al verla la llamó por su nombre como si la conociera, y le dijo que todo dolor encuentra su cauce cuando se yace bajo la piedra de la locura.

El camino del cementerio pronto terminó por conducirla a La Plauderie, donde Solange le preguntará a un agricultor si sabe donde puede encontrar un lugar llamado ”La Pierre de Folie”. Pero el agricultor la corrige y le dice que debe estar refiriéndose al dolmen. Solange, ante ese giro dado por las cosas, asiente pero reconoce seguir experimentándose todavía muy confusa. Uno por supuesto no entiende este tipo de confusión, si ese no sabe de qué confusión se le habla.

De Raveau sólo la separa una muy breve caminata pero ese día decide pasarlo en La Charité. En el café donde se detiene, en el Café de París, le recomiendan un hotel sencillo, La Pomme D’ore pero lo que la maravilla son todas esas librerías que descubre en la ciudad de los tejados azules. Se adentra, luego, en la oficina de turismo de la Sainte-Croix. Y a la salida ya sabe que comerá en el Auberge de la Poile Noire, encontrándose en la Place des Pêcheurs frente a Là où dort le Chat [15], donde un artista exponía sus obras en el escaparate. Así que Solange dice que se detuvo ahí y fue donde leyó mi nombre, porque detrás de un caballete, en el suelo y sobre una especie de losa de mármol, había un objeto ancien. Primero eso dijo – y como si sus manos se hicieran humo- y a continuación se rectificó, y dijo que el libro llevaba por título el de ‘Le clignotant de Euler’. Así que, cuando se me escapa esa exhalación culpable, sonrío fatídicamente porque ya no hay vuelta atrás sobre lo dicho antes. Pero para mi incredulidad Solange se disculpa conmigo porque -tras eso- dice que siguió paseando por la Rue du petit Rivage hasta Quai Clemenceau, desde donde se encaramó al Vieux Pont y, tras dejar las aguas del Loira atrás, giró en la Rue du Pont, dándose de bruces con Les Palmiers Sauvages [16] y Marin Ledun [17].

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Es uno filósofo guardando silencio

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