Los viajes de un ornitólogo


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Daniel les contó que Costa Rica era un país pequeñito del tamaño de Extremadura en España, entre Nicaragua y Panamá. Costa Rica había sido el primer destino que le llevó fuera de Europa, cuando era un niño. El viaje en el que averiguó dos cosas, lo mucho que le gustaba viajar y lo que mucho que le gustaban las aves y los climas tropicales. Pero si esto se lo cuenta es porque dice tener la sensación de que en la vida todo termina entrelazándose. Así que Costa Rica volvió a él con el proyecto de un viaje de trabajo. En realidad una de esas decisiones que en muy raras circunstancias pocos nos vemos obligados a tomar. Porque a Daniel se le ofrecía la oportunidad de seguir adelante con una carrera prometedora en el hospital en el que trabajaba como especialista o dedicarse a la ornitología activa, guiando expediciones por todo el globo. Y eso les compartía, los criterios que sopesó para aparcar a un lado la estabilidad y la seguridad de una profesión comprometida, y llegar a sentirse como un privilegiado al vivenciar en carne propia lo que para la inmensa mayoría de nosotros sólo existe a partir de la contemplación de un documental.

La pasión de Daniel, las aves, se remonta veinte años atrás y se inició en la charca de unas marismas. Eso, el surf y las personas. Pero este último año, el de sus grandes viajes, había comenzado en el país más representativo del África negra, el país que toma su nombre de la cumbre más alta que lo domina, Kenya, la prueba y donde aprendió, ya durante la primera semana, que África es un continente peligroso porque muchos de los animales que lo pueblan sólo te ven como alimento.

Daniel no sólo les contó sino que que imitó el ulular del búho que escuchó aquella noche cuando se decidió a abandonar la tienda e ir en su busca, hasta que oyó a las hienas y el temor lo impulsó a regresar a la seguridad del campamento. A la mañana siguiente, a 150 m, un grupo de militares rodeaba algo, eran los restos de una persona.

La Kenia indómita pero también la Kenia de las tonalidades anaranjadas, cuando los descomunales elefantes del Parque Nacional de Tsavo se bañan en tierra y la tierra se seca sobre ellos.

En el Norte de Kenia -les contó luego- hay grupos armados, células terroristas y muchas zonas minadas. No puedes moverte sin que los militares te acompañen a todas partes. Militares que patrullan las 24 horas sin el seguro puesto, dispuestos a disparar en el que momento que sea y algunos armados incluso para derribar aviones. Pero a cambio están los atardeceres en la sabana, que son inolvidables.

Por volcanes, fiordos, desiertos, las selvas, los polos, el mar… Llegando a ver cerca de dos mil aves, la quinta parte de las que existen. Y en Navidad Etiopía pero en esta ocasión en compañía de sus amigos, esos mismos que ellos vieron irse en dirección a Pamplona. Y con estos amigos alcanzó un río, aunque no les dijo en qué vertiente pero les contó que en el río había cocodrilos e hipopótamos y que, intempestivamente, los niños de la aldea de la otra orilla, desnudos como estaban, bajaron corriendo la ladera y cruzaron ese río a nado, a pesar de que les temían porque se acercaron a ellos agachados, tal vez impresionados por las vestimentas y los artilugios pero luego más aún cuando les mostraron sus casas a través del telescopio. Niños muy pobres pero ricos en sonrisas, grandes sonrisas que les iluminaban. Sonrisas de las que te cambian por dentro -les explicó- porque cómo sin tener nada o tan poco y pasando hambre se puede llegar a sonreír desde la propia felicidad.

En Etiopía, en los setenta, la hambruna que asoló el país se cobró la vida de más un millón de personas y Daniel les dice que sus efectos aún hoy se siguen sintiendo. En Etiopía se convive con la escasez de los nutrientes y sobre todo con la sed. Y por la zona es típico que el restaurante sea la propia carnicería y es tradicional comer la carne cruda. Cruda, no poco hecha y él no se resistió a probarla con el nefasto resultado de que enfermo de gastroenteritis, y tras llevar varios días andando sin suero por el desierto, se colapsó creyendo que iba a morir en aquella choza en la que sus padres estuvieron tan presentes en su pensamiento. Afortunadamente, sus amigos acertaron a dar con un grupo de alemanes que iban bien provistos y los blancos pelícanos de los lagos del valle de Rift, aves endémicas, todavía le estaban esperando.

Y por fin Costa Rica donde, entre contorsiones y arrastrándose por entre la selva, rememora emocionado la tarde aquella que en Monteverde estuvo buscando con esa ilusión desmedida con la que persiguen los niños inexorables las cosas, un queztal bajo la lluvia.

Los padres de Daniel no experimentan la misma pasión que él por los pájaros pero siempre lo han alentado a sentirse en libertad de explorar. Y creo que aquella tarde -él quiere decir- no se habría sentido libre si por depender de ellos renuncia. Ésta – y todos se muestran de acuerdo- es una gran cosa, la fidelidad que uno se debe a si mismo. Así que al día siguiente el niño y sus padres, olvidando sus propios planes, se internan de nuevo en la selva en busca del  ave y él puede atisbar aquella hembra de plumas manchadas y pecho carmesí, tal vez la descendiente legendaria desde la noche de la sangre pero -como poco- el sueño cumplido en la existencia de muchos ornitólogos.  El hermoso contraste de la fecunda Costa Rica de gentes amables, la oscuridad de la selva con sus monos aulladores, colibríes, tukanes y los atardeceres ideales de la Costa del Pacífico.

Y California y Baja California, donde vieron ballenas azules, el animal más grande en la historia de la Tierra, 30 m y más de 2oo toneladas, una especie hoy amenazada. Y ballenas grises en la laguna de San Ignacio, donde sucede esa cosa rara que es que una ballena asome y te mire a los ojos. Ballenas curiosas e indómitas que disfrutan jugando contigo y a las que puedes acariciar. Caricias como las que todos los que tenemos piel hemos buscado, sentir sensaciones que son gigantescas. La naturaleza en estado puro en esas emociones a flor de piel y delfines y rayas voladoras que saltan metros y muchas focas, antes de Marruecos.

Marrakech y la Plaza Jema-el-Fna, un sitio que Daniel describe como maravilloso y en el que empaparte de la cultura árabe y de las tradiciones antiguas. Pero también como el hogar del abejaruco marroquí, el merops papirrojo. Marrakech antes de la Turquía de Erdogan, esa posición estratégica a la que la Europa de los pueblos apela como una greda.

Aunque Daniel es de la Turquía de la zona kurda de la que habla, los kurdos, esa nación sin Estado donde los cazas les sobrevuelan y donde algún ave desaparecida en combate sin embargo regresa, el buho pescador marrón que se creía extinto. Pero Daniel siempre será ese niño capaz de identificar a una collalba desértica en el meridiano de la infancia o su punto de inflexión. Turquía que es un lugar terrible para que a un magnate que sufre obesidad mórbida le suceda esa fatalidad que le lleva a romperse la tibia y el peroné cuando la cobertura es inexistente, hay que subirlo a un tractor sin grúas y trasladarlo, dando gritos de dolor, hasta un centro donde supuestamente debería encontrarse la técnica y donde sólo las moscas tienen alas, plaff, plaff!

GUÍA SURREALISTA DEL CAMINO

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Es uno filósofo guardando silencio

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