La dama del asombro


En Burguete regresa el mismo blanco vasco-francés y la misma lava que dejamos de ver mientras nos íbamos alejando de Saint-Jean-Pied-de-Port. Llama la atención el canal de agua que hace que la primera casa, a la puerta, necesite un estrecho puente de piedra donde poner el pie. La acera es escurridiza pero está bellamente embaldosada. Cuando me pregunto para qué necesitarán el canal, una mujer vestida de blanco que huele a pan y que sale de la farmacia con un saco dice que, las belenas, las pequeñas callejas y el canal, son el producto de una relación sabida que tiene Burguete con el fuego. En el asador he visto al informático, así que habían madrugado más que yo pero también cómo se hacía el loco. Y en la esquina de la plaza donde se encuentra la iglesia una cabina. Pienso en mi hermana pero también en que ella no sería capaz de ocultárselo a Albany y me dirijo hacia el bar. Tras la barra una mujer muy atractiva, es uruguaya o argentina, probablemente esto último, no voy a preguntárselo, el marido es malencarado. Le pido que me corte un trozo de ese bizcocho y para beber un café con leche. El café me lo sirve el marido y a él le pregunto qué se debe. Una septuagenaria, una dama de porte distinguido, está sentada en la mesa de la esquina ajena a nosotros. Se sujeta el mentón con la articulación izquierda, y con los largos dedos de una mano fina se acaricia las hermosas arrugas que han ido evolucionando sobre esos prominentes y delicados pómulos. En la otra mano, la mano con el guante, algo llama poderosamente su atención mientras yo hago memoria y trato de recordar su nombre. Cavani, Liliana, no, un instante, ese tan solo es el de la directora. Estoy experimentado esa sensación tan incómoda de tener el nombre vibrando en la punta de la lengua, cuando ella me mira igual. Sí, del mismo modo en que la mujer del director de orquesta mira a Dirk Bogarde cuando su marido le pide la llave de la habitación número 25, como si no esperara encontrarme aquí y supiera quién soy yo. Viena, 1957, Il portiere di notte, a veces se recuerdan cosas muy estúpidas pero no lo importante y, entonces, la mujer deja sobre la mesa aquello que la abstraía, y ahí el nombre de la actriz se dispara, Rampling. Y soy yo quien se siente como en aquella escena se sintió Bogarde, turbado, aturdido, confuso. Porque era la muerte con su vaciado matérico, el único arcano que faltaba en el mazo de Sacáis, porque Sacáis me lo dijo, que el juego había comenzado en Ostabat, y que ese era el arcano sin nombre.

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Es uno filósofo guardando silencio

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