De la jornada segunda


Sueño con un olifante, un valle perfumado de rosas bajo el cendal de la niebla y una lánguida doncella de espaldas. Pero cuando me descubro a dos pasos el cariz de la aventura muda de signo y compruebo -horrorizado- que a donde voy es caminando hacia la muerte. Me despierto con un gran sobresalto y, al incorporarme tan mecánicamente sobre el lecho, creo haber golpeado mi frente contra una madera y la alemana que duerme sobre mí se ha quejado. Luego ya he visto que algunos peregrinos enrollaban el saco dispuestos a irse y, sin ser capaz de localizar el izquierdo de los crocs, rebusco en la mochila unos calcetines y me dirijo, pisando duro, hacia los baños.

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Es uno filósofo guardando silencio

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