La llegada a Roncesvalles


Me arrodillé, ahora sí, delante de la lápida del peregrino Antonio Jorge Ferreira y di por todo gracias a Dios. Después, con una sonrisa inmensa pintada en el rostro, comencé a dar zancadas como si me hubieran cambiado las botas y estas otras fuesen las botas de un gigante. En seguida alcancé una cabaña que era un refugio y cuando coroné Lepoeder me maravillé, porque me parecía que por delante lo que me estaba aguardando era infinitamente mejor que todo lo que hasta ahora había dejado atrás.

Entro en Roncesvalles justo cuando los españoles salen por el patio. ”Aquí no vas a tener cama” -me dicen pero eso es porque el albergue nuevo se ha llenado hace una hora y sólo dan cama para el antiguo, el Itzandegia, el que se reserva para los que no han hecho la etapa y suben desde Pamplona en el último autobús.

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Es uno filósofo guardando silencio

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