La capilla de los Scrovegni


[5.1.3] Una cerda azul preñada sobre un campo blanco. Los usureros, en el ‘Canto XVII del Infierno’ de Dante, trataban de librarse del fuego que los envolvía, vapores y arenas ardientes. Sus rostros no se distinguen pero, a cambio, se reconocerán por el emblema de su familia, en este caso los Scrovegni de Padua. Y será Enrico Scrovegni, el hijo de este Reginaldo de Padua, el que figure entre los que se salvan, en el fresco del Juicio Final, en el muro oeste de esta capilla que tiene un carácter funerario y expiatorio.

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Nos situamos al inicio del siglo XIV pero podríamos dirigirnos, igualmente, a los frescos de Moraime y a su inspiración, en las danzas medievales de la muerte y en los tratados del Buen Morir. No es que pretenda compararlos, es que esto es lo que se respiraba en aquel tiempo, el respirar espiritual, la preocupación inminente de lo que habría de sobrevenirnos. Hoy, por ejemplo, no saber qué ir a comer mañana, y a los que viven centrados en el Mercado (o los mercados), en qué disposición los va a colocar el forcejeo entre los intereses globales. Pero, en aquella época, la solución al problema existencial sólo tiene un camino y una respuesta correcta. A la izquierda del Dios que juzga las virtudes, y a la derecha los vicios. Y así, el Giotto del que Oteiza dijo que pintaba ángeles como pájaros furiosos, enfrenta la esperanza a la desesperación, o su consecuencia extrema, el suicidio. Y la caridad a la envidia, y a la infidelidad su contrapartida, como en el caso de la justicia, con el castigo y la clemencia entre sus manos pero en el trono de un reino donde se conoce la paz. La paz que no es la ira pero tampoco la fortaleza, porque lo que discierne, diferencia, discrimina o dilucida es la razón; y aunque en aquel momento Giotto escriba sobre ella prudentia. Prudencia frente a la estulticia. Razón frente a la sinrazón. Y es en ese sinsentido con su ridículo atavío de plumas y el garrote, el del necio, donde entrevemos la realidad. Porque es complicado cultivar un espíritu. Hace falta no pasar hambre, hace falta el glucógeno para alimentar un intelecto. Porque después de todo es la cabeza la que nos dicta los diálogos.

GUÍA SURREALISTA DEL CAMINO

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Es uno filósofo guardando silencio

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