En el albergue Itzandegia


Es la hora de la misa conventual, la conocida por todos como Misa del Peregrino. Yo también, como mis amigos, comienzo a experimentarme hambriento -de hecho no recuerdo haber probado bocado desde la salida- pero no voy a acompañarles en su cena, prefiero recoger las cosas que he dejado en su habitación y llevarlas al albergue donde, entregando mi ticket, un holandés me asigna una cama en una litera, indicándome que las botas debo dejarlas en el armario. A muchos se les ve bastante desorientados y hay gente que, incluso, ocupa el interior del saco; tal vez hayan viajado durante toda la noche, o tal vez traten de dormir al menos durante algunas horas llevados por su instinto de preservación. Pero el medieval Itzandegia, ”una nave única de sólida piedra de cantería con techumbre entibada que soporta arcos diafragmáticos de perfil ojival” -le escucho decir a un vecino que consulta una guía, en pie desde el siglo XII, no se va a llenar.

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Es uno filósofo guardando silencio

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