El encuentro con el gitano


Podíamos ir en paz, cuando el hombre que me hizo estremecer al tenderme su mano, ahora, reteniéndome por el brazo me pide que aguarde. Susana, al percibir que no la sigo, se gira y me pregunta extrañada si no los acompaño. Asiento y le digo que en unos minutos les doy alcance, que antes tengo que hablar unas palabras con esta persona. Intuyo en las órbitas de Susana, al descubrirnos como nos descubre, una desconfianza que no sabría explicar hasta qué punto me hacía daño. Una desconfianza que tal vez era la misma que había presentido en mí mismo y que sólo delataba qué clase de individuo era verdaderamente yo.

El hombre, una vez que sabe que me quedo con él, suelta mi brazo y me invita a que compartamos el banco. Se presenta como Rafa pero dice que si quiero puedo llamarlo Sacáis e Can que es como todos le conocen, porque como el yerú es todo ojos y oreja. Al comprender que no lo entiendo, riendo con sus grandes colmillos que no parecen humanos, se levanta el cabello y me deja ver lo que le falta. Un sacerdote desde el altar nos ha pedido que nos levantemos y nos vayamos fuera. Los españoles todavía me esperaban a algunos metros de distancia, les saludo con la mano y el informático con un gesto me comunica que se van en dirección al hostal a cenar algo.

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Es uno filósofo guardando silencio

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