La serpiente de Maloja


Ya en ascenso sobre las huellas, un estribo en el barro seco que se debe haber modelado a costa de tantos y tantas que, durante esta segunda edad dorada de la peregrinación a Compostela, no hemos cejado de poner ahí, año tras año, el pie, el empeño y la fe.

E imprevistamente, al atravesar la cota de esas estribaciones, el cándido cielo azul regresaba a mí. Un mar de nubes evolucionaba como algunos dicen que sólo la serpiente de Maloja lo hace en Sils-María pero ya eso yo por encima de él. El lugar en el que, aquel 25 de julio Jerome, que marcha y sueña, escuchó a un caballo relinchar.

Imagino que aquellos escasos vestigios de nieve son, desde la cumbre del Lepoeder, todo el accidente que me depara el resto de la jornada. Pero me equivoco porque he desestimado ponerme las polainas y este barro escatológico me ha puesto perdido algo más que las botas.

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Es uno filósofo guardando silencio

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