La cruz del Changoa


Cuando alcanzamos el núcleo de los abedules -lo digo porque, aunque desnudos, he creído ver que sus cortezas eran blanquecinas- la serpiente me envuelve y su abrazo es terso y, aunque no ahoga, atrozmente gélido. Y bernegales, eso parecen los troncos musgosos sobre esta alfombra de azafranadas hojas crepitantes. Es la anunciada travesía del Changoa, en la que me detengo ante una singular lápida en forma de cruz patada.

S

La lápida se apoya entre dos troncos y en su asiento de bajel alguien colocó unos pensamientos violáceos. Por todo dad gracias a Dios [2]

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Es uno filósofo guardando silencio

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