Hontto y la granja Ithurburia


Las casas que voy dejando atrás son blancas con las ventanas de un rojo lava. Una mujer joven, con los pies sobre el salpicadero, me toma una fotografía desde el interior de un monovolumen gris que está aparcado al borde de la última, luego vendrán otras y, algo después, es cuando el asfalto ofrece una tregua.

Cuando me quiero dar cuenta ya el maíz del campo puro me sonríe. Nada que ver con aquel goteo primero de nubes oscuras que un poco hasta sobrecogía, una mañana gentil y soleada entre el pirenaico verde y el azul más afable. Lo único que cuando el ascenso constante se retoma, y el paisaje comienza a mirarse como quitando el hipo y alcanzo Hontto y la granja Ithurburia con su albergue, se me hace incomprensible encontrármela cerrada y no ver siquiera a nadie por los alrededores a quien preguntar. Pero como si tuviera alas prosigo y ya inmediatamente alcanzo el fatigoso sendero. El sendero que me habría de conducir hasta la mesa de orientación, algo ansioso -lo reconozco- porque a pesar de la belleza estaba teniendo la sensación de que algo no cuadraba y, también, por lo que pudiera sucederme en esta otra circunstancia hasta dar con mi cuerpo en el refugio de Orisson.

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Es uno filósofo guardando silencio

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