Gañecoleta y el ascenso a Ibañeta


Valcarlos (km 12) – y los kilómetros, aunque objetivos, siempre serán algo sumamente subjetivo, dependiendo del estado físico y del estado de ánimo, o al menos en mi caso, que no sé si en todos los casos. Pero echamos a andar por la carretera y, ya antes de Gañecoleta (km 16), un descenso pronunciado que con hielo es terrorífico, sobre todo si no tienes experiencia y crees que sólo es suelo mojado. A mí me gustaría, y en lo sincero, que estas cosas también las explicaran en las guías pero igual no lo dicen porque piensan que no podemos llegar a ser tan imbéciles. Bueno, pues algunos sí.


Y Gañecoleta, en concreto, es mencionado en el Tercer Libro [o primero], justo cuando Hervé abandona Peñaseíta. Y porque es precioso y Helga y Nelson se quedan muy enamorados no sé si del paso o, quizá, de ellos mismos. Porque qué se dijo que era la magia… Y, al iniciar la pista, lo que leemos es que hasta Ibañeta nos restan 7 km. Pista de una belleza indiscutible, sobre todo con carámbanos pero que nos exige prudencia, porque es resbaladiza y el arroyo nos espera y, poco después, unos peldaños, que nos regresan hasta la carretera.

Los españoles les aguardan muy cerca de ahí aunque sin saberlo. Pero ellos cogidos de la mano ya no se detienen. No, porque intentar entenderse en un idioma que no se habla es cansado y más cuando no existe ninguna necesidad. Ahí mismo, hay una indicación que les obliga a otro descenso pero que ignoran, continuando ellos por la carretera. Los españoles en cambio, ahora muy críticos porque el paso de los otros sienten que los ha dejado de lado, la toman. La pista baja hacia el río pero acorta la ruta porque al doblar éstos esa curva desmesurada los españoles vuelven a encontrarse por delante. Ven todos, entonces, al sobrepasar esa longeva y larga cabaña, un fenómeno imposible que les deja sin aliento, ¿un epifenómeno? -se preguntan- ¿acaso una aurora boreal? Pero ¿y la ausencia de noche? ¿o no es importante? Y contentos porque, aunque hasta ahora no llegaron a comprender las previsiones meteorológicas del tablero, al menos aquello que observan lo justifica y ya no osan, siquiera, separarse. Es como si la naturaleza hablase una lengua fúnebre y, de pronto, Helga, a pesar de las molestias en su rodilla, es la que más corre.

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Es uno filósofo guardando silencio

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