En la frontera de España


La alambrada de la frontera no me resulta inquietante, ni siquiera recuerda de lejos a las concertinas y por eso precisamente, las concertinas, en esta pseudo-libertad, se hacen más presentes. Nosotros aquí, devanándonos los sesos con nuestras ”preocupaciones estériles”, y todos esos millones de seres sólo necesitando hacer girar un destino que, arbitrario, parece que nunca los tuvo en cuenta. Pero la sirga sin pateras se transforma pronto en complaciente y, frente al hito de piedra, la fuente y Navarra, lo sé, por fin puedo sentirme peregrino y la pseudo-libertad se trasciende. Aunque lo que ya no sé cómo explicarme es cómo, ese manto de invisibilidad que había creído dejar atrás se ha puesto a perseguirme y viene detrás mío a tres o cuatro pasos por detrás de mí.

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Es uno filósofo guardando silencio

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