En el refugio de Orisson


Pero lejos de que nadie o nada se materializara, el refugio se veía tan solitario como kilómetros antes lo había estado la granja Ithurburia. Aún así pensé que los frutos secos que llevaba conmigo, y el agua de este grifo, remediarían cualquier carencia que me pudiera sobrevenir y decidí marchar hacia adelante, no sin detenerme a descansar durante algunos minutos de sosegante plenitud en la terraza sobre la ladera, donde un águila majestuosa, en el más armonioso de los planeos, escudriñaba en busca de una pieza los valles, recordando, no sé porqué razón entonces, una historia que alguien debió contarme en alguna ocasión sobre esta mítica rapaz, la que una vez purificadas nuestras almas las conduce hasta las regiones de la luz eterna.

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Es uno filósofo guardando silencio

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