El sobresalto


Así que anduve y anduve más pero anduve entre esa insólita claridad lechosa y tibia, como sumido en la más suave y leve de las gracias, hasta que el relincho, un relincho delirante, un relincho como parido por las fauces mismas de la montaña, y el galope, el galope de la carrera desenfrenada de los músculos épicos de un caballo salvaje, me detuvo con el corazón en mi pecho de un cobarde, en espera de ir a ser o barrido o golpeado por unos cascos. Pero no sucedió nada de eso. Y de hecho no sucedió nada. Así que conté, diez, veinte, treinta segundos, un minuto, dos, porque el reloj en la muñeca hacia más de una hora que parecía haberse detenido y, cuando quise volver a andar, fue como si mis pies hubieran quedado fundidos con el firme de hormigón.

¿Era una parálisis nerviosa en el peor de los momentos? No, simplemente no podía continuar andando porque esa no era la dirección, ya que entonces lo vi, el indicador hacia Roncevaux frente a mí, tan ensimismado como iba y tan pendiente del peligro después, ni siquiera me había fijado en él.

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Es uno filósofo guardando silencio

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