El escudo


Pero ahora me encuentro aquí, desconsolado y aterido porque nada me garantiza que me pueda volver a incorporar y el Salmo, la divina luz en la que Dios habita, el Salmo 18, 12, pulsa insistentemente con sus yemas las teclas de mis sienes pero ”Ven, ven a la nube donde sólo entran los que en verdad aman” -terminan diciéndome. Y, como si fuera esclavo de mis síntomas, no me pregunto nada más, recuerdo cómo se me tendió lo que un día se me dijo será mi escudo [3] y hago ese esfuerzo por moverme y, arrojando lejos la bandolera, me dejo caer sobre la tierra y lo coloco sobre mi faz.

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Es uno filósofo guardando silencio

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