IX 9 [22] 15 [250]


estela-en-bentartea

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<<El tiempo era malo a las puertas de S-J-P-P. Y Jerome marcha. En la subida a Honto la llovizna en su rostro se mezcla con perlas de sudor. Desaparece pronto, arrebatado por la niebla, como un muro, va en este túnel blanco. Fuera de su bastón y de su trozo de asfalto nada puede distraerle. El silencio exterior hace que sus pensamientos sean casi ruidosos. Por otra parte, que importa el sol, la lluvia, el silencio, el ruido. El camino que conduce a Santiago aún es largo. Marcha cada día bien pronto. Son las 9h de un 25 de julio. Una cruz de piedra le saca de la carretera, dura y negra, coincide con la hierba rasa que corta la traza del antiguo camino. Imperceptiblemente la niebla se convierte en bruma. En silencio se disipa acariciando las rocas, las envuelve y transforma en derviches fantasmas. Jerome el peregrino, por momentos fugaces, adivina el pálido sol. En medio del camino, cansado, posa su bolso y se sienta cómodamente contra él. Sus ojos se cierran levemente sobre el ejercito de pequeñas hayas emboscadas frente a él, a diez pasos. En frente, a diez pasos, Valerius Corvinus, el viejo centurión de la legio III Flavia, sonrió. Regresa por estas montañas en Aquitania. Él rememora el combate y las lesiones en Cantabria, la mirada del consul Augtavianus Augustus, y esa sonrisa de la bella íbera, sobre el puente de Dobriga [existe una Deobriga, la ciudad de los prerromanos autrigones]. Cerca del barranco, Bernard-Aulion Carrére hace una mueca. Allí, el 25 de julio de 1813, un furioso sable inglés, se lleva la mitad de su antebrazo. Tantas gloriosas campañas con su 50 línea sin un rasguño. Tantas batallas victoriosas de Ulm a Salamanca, para envejecer por media paga. Y casi un pingüino. Y allí, a diez pasos, el emir Abd-el-Rahman al Gafeki ora y da gracias a Alá. Entre estas rocas, y más allá, la hierba ha desaparecido bajo las penurias de un sin número de carros de su ejército invencible. Y al momento, hasta Poitiers, Carlos Martel, duque de Austrasia, pide e implora la ayuda de Dios. Un poco más abajo, Artain Zahar medita. El orto por horizonte. Su única frontera es este pequeño rebaño que acompaña a los valles. Su vida y su muerte son aquí. Y en el centro del círculo de piedras se encuentran las brasas de su hoguera, la pira que consume durante largas lunas los restos de su padre. Un caballo relinchó. Jerome esbozó un ligero comienzo. Una vaga sensación de sepia en la garganta y se quedó dormido. No muy lejos del paso estrecho Aymeric Picaud bebe. Su calabaza está casi vacía, su estómago también. La mochila es pesada y largas las leguas a Compostela. Dónde está el famoso priorato de Roncesvalles, el pan, la sopa aromática, el vino rubí  y la paja blanda. A diez pasos también se oculta Charles Dihigo. La gestapo tras su rastro, veinte años y el deseo de luchar, las torturas del fuerte du Hâ [un antiguo bastión de Burdeos] El mejor, Carlos Sánchez, fue arrestado; la guardia civil franquista que vigila su cabaña en la frontera de Bentartea, ¿al Campo de Miranda, a Gibraltar? ¿quién sabe? Hacia arriba, a mil pasos, lobo, duque de Vasconia, paciente. Desde la cresta del Changoa ve todo el ejercito de Carlo Magno. Desde el frente, donde la infantería de los francos con los rehenes vascos y musulmanes, a la parte posterior de mulas cargadas con el botín tomado de Navarra, en Pamplona. En una hora, en medio de una tormenta de rocas, los rasgos de Roland agonizan y con el Eggihard, Anselmo y muchos otros.  Todos por el Camino, Jeanne tiembla. El convoy de carros y autos está bloqueado por la nieve. Elisabeth de Valois, prometida al amo de todas las Españas, Felipe II, está febril. Jeanne utiliza la poción prescrita por el Sr. Gastón Moncade, el cirujano. Ella la prueba, hace una mueca y la tira a diez pasos. A diez pasos, a cien pasos, a mil pasos, la bruma desaparece. La bruma despareció. El sol calienta el rostro de Jerome. Su memoria se funde en la memoria, son historias de la Historia. El abre suavemente los ojos, tiene sed. El aroma de Jeanne danza en la brisa del sur. En alguna parte la campana de Aymeric tintineó a capella, hasta Elizachar. Un caballo relinchó. Era el momento de seguir su camino.>>

Tremenda estela que los españoles que no hablamos francés nunca conocemos. Lo que no te garantizo  es que la traducción se ciña por completo al texto. Pero creo que es una buena aproximación.

 

Es uno filósofo guardando silencio

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