La tarde en Los Arcos o de la jornada sexta del Camino, 3 de mayo/ 2009


albergue municipal de Los Arcos

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La ducha se agradece más que nunca; muchas risas y cordialidad, sobre todo de ella, que ha comenzado a sentirse entusiasmada, con unos novios o hermanos con los que vuelven a encontrarse; la confianza avanza y el joven valenciano se ha acercado a ella y, con timidez, les ha preguntado que si les importa que se una a ellos para comer. El ambiente del Camino es así y eso es lo inmejorable. No lavan la ropa y con el pelo aún muy mojado, se van los tres.

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Acabamos de comer en Los Arcos Juan de Valencia, Gonzalo de Madrid, Rafael de Pamplona y María de Asturias.
No recuerdo como se llama el bar.
Rafael es un encanto.
Siempre detallista.
Ahora estamos aquí sentados en el césped. Delante del albergue.
Rafael habla con las montañeras. Creo que ellas son de Logroño.
– anotación en el cuaderno-

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<<Tienes que dejarme que te invite a comer. Te lo debo>> -eso él. Son, al final, en la mesa, ellos tres y el militar que allí mismo estaba degustando una tapa de albóndigas con un buen vino y se bajó a acompañarles al comedor. María siempre escasa de dinero; los demás pareciera que estén dispuestos a gastarse lo que sea pero ella busca un menú, y no, no acepta su invitación en ese momento, dice:  <<Mañana u otro día>>. La comida está muy sabrosa pero el vino que el navarro encarga la encarece el doble.   Además de que en la mesa sólo se hable y consulte la guía para la etapa siguiente – después de dos o tres veces el asunto le resultaría francamente aburrido, como trató, más tarde, de explicarle a él – el quedarse con ellos, ella lo comprende en seguida, 16 euros,  la retiraría en pocos días del viaje; agotados los recursos.  Después al prado donde las riojanas esperan por una amiga, que vendrá a buscarlas y porque abandonan el Camino, algunos peregrinos, desconocidos los más, un chico grandemente obeso, todo eran críticas sobre los 27 kg de su mochila, ¿y qué llevaba en ella? Por ejemplo, 30 pares de calcetines; peregrinos que hablan y cuentan y se lamentan mientras María, que se encarga de los pies del navarro,  dándole un masaje, lo duerme. Él lo llamó cielo. Ella comunicación. Parecían sentirse muy a gusto uno en compañía del otro.

Una cosa buena hay que decir de lavar la ropa en ese lugar y es que hay un rodillo para escurrirla; un útil extremadamente útil que la libera de una nada despreciable cantidad de agua y sin el más mínimo esfuerzo, facilitando eso  el completo secado. Sólo allí, para ser algo tan simple. Y sólo que ella siente como la mirada del hombre la sigue fijamente allá donde va y eso la estremece. En este caso a dar una vuelta, a solas, por el pueblo; que se convierte en una sucesión de cortas paradas con peregrinos de un talante maravilloso, que le sonríen y son educados, mucho, y le hacen desear poder andar así, por un mundo donde todo fuera suave, fácil, dócil, agradable, cordial, entregado.

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Los Arcos en Navarra calle Mayor

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Los Arcos, sus calles, aquella tarde, entre la piedra de las casas y la estrechez de su sosiego, la enamoran. Antes se entra a la iglesia pero era otra fiesta, una de esas ocasiones; anduvo con la investigadora, en la parte de arriba del coro, prodigiosas letras de gran tamaño en códices de fábula, cantos y notas musicales, maderas nobles en la sillería,  la talla de un león que recorren al tacto las manos y donde  sobrecoge la visión de un niño que tuvo la costumbre de esconder allí, precisamente en aquel hueco, algunas monedas; la cofradía de la Vera Cruz, de verde  notorio visten, la ceremonia iba a prolongarse, más de una hora, era un acontecimiento, la fiesta, lo dije pero la atrajeron más las calles y el sol. Paseaba con sombrero, sintiéndose más delgada y hasta atractiva, más que nunca, más incluso que cuando era bastante más joven. Por efecto de la galantería masculina, quizás. No son burdos los peregrinos, no.  Un amor de tarde. Y con calladas ganas de volver a encontrarse con él. Sucedió cuando regresó para el final de la misa. Coincidió así. Los llamaron a todos hacia adelante.

Pero fue un resorte lo que se le movió, a ella que aparecía, dentro cuando, ambos, él que se iba, a escribir, se chocaron en la puerta;  y luego la subida a la Torre, escalón tras escalón, tras los portadores de la cruz. A  tañir las campanas, donde todos los que quisieron pudieron tocarlas, ella también; aguantó hasta la última. Lo que sólo algunos miembros de la cofradía lograron.

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IGLESIA DE SANTA MARÍA EN LOS ARCOS

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Y algo, algo consuma el martillar de las campanadas en un cerebro, algo que se tritura, pistilos, encarnaduras del amor fracaso, no una, sino  un ciento de veces, bajo ese sonido, en el campanario, él la saludaba, como si fuera ella una cigüeña y él un niño, desde la calle, sonriendo feliz, a pesar de la distancia ella lo ve así, en ese desequilibrio emocional, mientras le tomaba una fotografía (otra que ella no alcanzará a ver), porque entonces el cerebro, lo defensivo del cerebro, deja de ser una barrera para el llanto y la emoción, y es un llorar ese que conmueve desde muy hondo y no se llora ninguna pena, sino a la belleza del paisaje que se contempla, donde  el  sol que acaricia la tarde, desde la vista del pájaro. Y es todo tan hermoso, tan hermoso, que duele, cierto.  Hasta los calvarios de los que le hablan. Y mientras, el corazón audazmente sonoro, golpea (¡pom pom pom!) el pecho. Empatizado con lo que lava y sana el sonido de aquella campana.

Hubo un convite en el claustro, y a la peregrina, interesada en aquel instante  por todo lo que fue la historia y el arte, y a unos  italianos, muy dulces y tranquilos,  se les ofreció una improvisada e inigualable visita guiada. Yo creo que lo mejor de todo es lo no planificado. Antonio, el cofrade, que mostró tumbas, marcas canteriles en el claustro, y hasta inscripciones labradas por maestros de la piedra; paseo inusitado entre reliquias y secretos resortes, esta vez materiales, en el mismo retablo barroco, de una opulencia escandalosa, y con una elocuencia deslumbrante. Placentero de escuchar porque, como ella le explicó luego a él,  de los labios que partía se percibía que partía con placer.

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En los ARcos

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Van ya andando todos y es casi la noche, los cofrades que se quedaron aplazados y los únicos  peregrinos que deseaban estar; y van hacia el albergue, hacia el Odrón, donde los patos hacen un sesgo de ruido, y donde les cuentan que éstos, todas los días tienen la costumbre de ir en busca de alguien como si fueran gatos o perros, para que les alimenten (acto no exento de afecto podría suponerse). Es recoger la ropa que se ha secado y es tenderse en el lecho. Él llega y se acuerda de que hablaron de un masaje, pero en el barracón se forma una especie de comité de linchamiento; el obeso ronca (de hecho se ha acostado antes para poderse dormir porque los comentarios insolidarios en los pasados albergues no le han permitido hacerlo), y algunos se burlan y no bajan la voz, al contrario, y es todo tan desconsiderado que bajo sus manos, a pesar del deseo, a pesar del placer, lo vulnerable de  ella vuelve a llorar porque él no es de los que logran mantenerse al margen de eso, sino sólo uno más. Lamentablemente. Y hay que descubrirlo así.

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Los Arcos. Anochece. Él me ha prometido un masaje. Estoy en mi saco. Esperándole. No se le olvida. Luego dirá que hacía mucho que no daba uno…
El chico obeso duerme y ronca. Llegaron todos con él. Me quito la camiseta y recibo sus manos. En ese sentido es experto. Localizó mi nudo. El deseo se incrementa, crece y crece mientras me masajea y me acaricia.
Aunque tenga sueño el masaje no es corto.
Pero él dice que no es ese el masaje que quisiera darme.
Yo estoy muy sensibilizada por la belleza de lo visto y lo vivido. (Campanas en la Torre) y mis oídos trinan deliciosamente. Y les estoy escuchando a ellos. La chica de al lado y sus dos amigos. Se burlan de los ronquidos. Todo el barracón se burla y no son susurros y me Duele. Él también participa. Pero no del mismo modo. O yo no lo siento igual. Lo otro es crueldad.
– anotaciones en el cuaderno –

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ARTE HABITANTE

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Es uno filósofo guardando silencio

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