El camino a Azqueta, Pablito y la llegada a Villamayor de Monjardín


Salida hacia Ayegui

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Alguien le dirá luego que en Ayegui, una urbanización, a dónde ellos pensaban haber llegado en la jornada anterior,  se dejó atrás la iglesia barroca (XVII) de San Martín de Tours. Por allí los canarios salieron de alguna parte, y ya es un grupo animado, los encontrados más arriba de este punto, los que se dirigen hacia la fuente del vino.

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Nosotros de camino a Irache

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Dejábamos Ayegui atrás… Samantha era italiana. Pasó demasiado pronto  por Puente la Reina, así que no se detuvo, y cuando llegó a Lorca no había ninguna posibilidad de quedarse. La solución fue Ayegui, un taxi. Y por ese motivo no se sentía contenta.

Lo de Cristina era bastante peor. Catalana, había llorado la noche anterior. Estaba muy disgustada. Había habido un partido de fútbol, el mismo del que Gonzalo habló, y algunos la habían insultado.  Sentí mucha congoja porque hubiera tenido que vivir algo así. Me sentí verdaderamente triste por ella y triste por lo que algunos seres humanos somos a veces… Ella no comprendió mi tristeza, no comprendía que me afectase de esa forma algo que yo no había vivido.

Tomás, sin embargo, como yo, estaba radiante. Cuando llegó a Estella no había hueco ni en el albergue en el que Cristina pasó la noche, ni en el que yo la pasé. Me sentía encantada de volver a verle. Ni a Tomás ni a Samantha les gustó el refugio de Ayegui. Eso me iban contando.

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monasterio de Irache al fondo

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Montejurra, cultivos, viñas, caldos, las bodegas, la fuente del vino (dos grifos y uno de agua, entre piedra de sillería) está conectada a una cámara web.

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bodegas irache

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En el Museo del Vino, allí mismo, se conserva una de las copias, la octava del mundo, la primera en posesión del Rey de España, del Codex Calixtinus. Dicen las bodegas que, ya que allí están establecidas, emprendieron la idea con el afán de continuar con la tradición hospitalaria que los monjes del medievo, consumados viticultores, comenzaron. Buen reclamo publicitario.

La peregrina bebe, brinda, hay risas, el americano bebe mejor, con más disposición, pero ella arde en ganas de salir corriendo para que el navarro no pueda darle alcance. Los demás, seguro, hacen parada en el Monasterio que en el día de la fiesta de Santiago  honra al caminante con un almuerzo y una misa por el ritual mozárabe, que dicen que es digna de ver.

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De camino a Azqueta

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Algunos vuelven la vista atrás, ella ni eso. ¡Le Mat. Le Mat!  Algunos, a veces los mismos, recogen guijarros, esa coincidencia, que en algunos casos cruzarán océanos, al dejar la fértil Estella, adjetivada así, como una Emperatriz arcana, por Aymerich Picaud, monje del Poitou (S. XII), el clérigo del ‘Iter pro peregrinis ad Compostellam’. Entonces el Camino entre el grijo serpentea.

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Camino a Azqueta

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Frescor de alguna fronda, tú la carrasca -dices- y la encina, y frescor de la mañana; alguna media hora más tarde visiones calizas de la Sierra de Lokiz, desde aquel banco a la subida fatigosa del tobogán de Azqueta, peregrina en reposo. Pero antes, antes, se vislumbra, en una colina, a lo lejos, no tan lejos, recortado, el emblema de Monjardín, las ruinas  legendarias del castillo de San Esteban de Deyo.Y dos bicigrinos con ganas de conversar. No, ella ni llegó a fijarse en el cruce, pasados unos quinientos metros el monasterio, donde dos eran las alternativas pero había tomado, por instinto, el ramal de la derecha y no acortaría distancia dirigiéndose a Los Arcos por Luquín. Luce un sol maravilloso como en la jornada anterior.

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AZQUETA

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El militar se muestra también muy madrugador y alegre de verla, Pablito se acerca con las manos en los bolsillos y pregunta si alguno quiere sellar.

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pablito de azqueta

* Fuente: Campus Stellae

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Luego las dos hermanas de Logroño, y ya el navarro, la frente perlada por un sudor como de haber venido galopando, se encaminan a la casa del poblador, donde hay que izarle una estela de piedra que pesa lo suyo y que dice que el viento solo ha derribado. En el patio hay un columpio de esos de rueda y la peregrina aprovecha para resentir niñez mientras se toman fotos del momento y se pasa  a la elección del bordón. Vara de avellano que pronto le pesará haber mudado y una clase en la que queda suspensa. <<Nada, nada, a esa dejarla que va a su aire>> -dice un Pablito encantado, por otro lado, con las riojanas que sí que le han salido alumnas muy atentas y hasta de las que optan por llevarse, más peso encima, una  de sus calabazas a juego con el bordón.

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Fuente de los moros en Villamayor de Monjardín

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Pronto están los tres, el militar, el navarro y la mujer, frente al albergue de Villamayor de Monjardín; antes se les adelantó el navarro, que emprende feroz las cuestas, y la última ella,  por eso ronca, pulmones bronquíticos de fumadora empedernida, que se ha detenido en la fuente de los moros recordando, la lengua fuera,  a un cura al que ni siquiera se conoció.

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Villamayor de Monjardín

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Pero el militar es religioso para el asunto de las paradas. Camina durante cierto tiempo sin detenerse y cuando el reloj lo marca descansa los diez minutos estipulados. Y aquello del ambiente embriaga, los peregrinos tomando el sol a la puerta del albergue, donde a la mano estaban las frutas y en el interior el café y las galletas; se toma lo que se gusta o necesita y sólo por la voluntad. Maravilloso. A ella, al encontrarle tanto encanto al pueblo, a la tarde tocaría una coral en la iglesia de la torre barroca, le tentó la idea de quedarse pero apenas habían andado. Disfrutaron del momento. El americano llegó y aceptó deleitarlos con la mandolina. El hospitalero, un jodido entusiasta (‘Las partículas elementales’ – Houellebecq), departía de su historia vital con franca espontaneidad, gustoso de compartirla, y nada se callaba (o eso reflejaba); había llegado hasta allí con  ”la diosa”, quince días antes, y la diosa quiso continuar andadura sola. Él se quedó a sustituir a quien allí, hasta entonces, estuvo al frente y  a esperar por sus llamadas. En pocos días de magisterio había hecho varios apaños fructíferos  con las gentes del lugar, y se palpaba que aquello funcionaba. Un abrazo zanjó el asunto. La peregrina luego le comentó al navarro, que pocas veces se conoce a alguien que sepa abrazar tan bien (no era connotativo); y comprobó como, a pesar de lo controlado que era éste, volvía a dar fallo en lo mismo: le molestaban los elogios a otros y la expresión de su rostro se crispaba dejándolo en evidencia. ”Date la vuelta”, se iban, ella delante  se gira y él le toma una fotografía que,  luego, el navarro  no le envió.

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ARTE HABITANTE

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Es uno filósofo guardando silencio

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