De la noche pasada en el albergue de Estella hasta la huida de la mañana


mientras no tengamos rostro

*fuente

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La Naturalidad. Tuve que pensar en el párrafo de Psique, el de C.S. Lewis, ahí, para dormirme  delante de él y saber que iba a roncar, en Mientras no tengamos rostro’. Y me dije eso: <<las cosas que más nos avergüenzan son las que no nos podemos evitar>>.

fragmento de :

– Carta al amado –

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Esa noche, él, que lleva cinco días sin poder pegar ojo, le hace caso a ella y se toma el miorelajante que su hermana tuvo la precaución de introducirle en la mochila. Hace un comentario jocoso, acerca de su cuchillo, eso luego quedará reflejado en el diario que escribe pero antes de que termine de pronunciarse el holandés errante (el que ha recibido el golpe en el Camino) deja escapar, a su lado, un largo y estentóreo ronquido. Así y todo la mujer, después de que se apagan las luces, tarda menos de cinco minutos en quedarse profundamente dormida.

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<<Anoche sentí el deseo. Le di su ”masaje”.  Él me dijo cuando nos acostamos que le parecía conocerme de antes. No sé cuando desperté. Demasiado temprano. Algo nos dijimos. Muy cerca. Quizá le di un beso en la mano. Los susurros, la cercanía. Pero el deseo. En algún momento me pone la mano en el brazo. Sólo es la mano pero mi música interior trina tanto como lo hizo en Eunate. Y siento en mi vientre arder las sensaciones. Nos acariciamos y seguimos acariciándonos>>.

fragmento de:

Anotaciones

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Probablemente ella roncara y él tratase de moverla para silenciar su estertor, aunque preguntado por ésto dijo que no fue así, que pasaban las horas y no dejaba de observarla y de sentirse atraído por ella mientras, apaciblemente, y ajena, la mujer dormía. Quería algo de ella, tal vez, como explicó meses después, su envidiable paz o serenidad o lo que fuera que se destilase de su interior y que él dudosamente contenía.

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Luego descubriría que sólo querías apoderarte de mi paz, lo que tu anhelabas, la paz interior, lo que yo respiraba, lo que se destilaba de mí, del desvanecimiento del alma misma en los brazos de aquel atardecer…  y de la tabula rasa, hecho de la conciencia y, en ese entonces, del corazón.

fragmento de:

Conversación con el lobo y el peregrino del Camino

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Sea como fuere, el pie de ella, que se le había colado hacia más de media hora por un hueco del somier colgando del techo del peregrino de la litera inferior, y éste que escuchaba atormentado (el sueño es algo muy querido en el Camino) los gemidos apagados de ella y el movimiento incesante de ambos, terminó por dormir la pierna izquierda de la mujer hasta la cadera, y en ese momento la escena pasional se interrumpe.

La mujer salta al suelo, se viste y sale de la habitación en dirección al patio. Fuma y mientras lo hace se da  cuenta de los murales maravillosos que lo decoran. Alguien estaba ahí, advirtiéndola en su delito. Fumar en el patio también está prohibido. Un voluntario prepara el desayuno para todos, pasadas las cinco. Intercambian entre ellos algunas impresiones. Él la saca de dudas. El  viejo del banco le tomaba el pelo -le dice. ¡Qué cosa tan tonta! – piensa ella mientras mordisquea una galleta especial que el joven, en su idioma, le ha ofrecido; burlarse de ella y pensar que alguien se estaba burlando. Se dicen tantas cosas intrascendentes. Se dicen tantas cosas que ella desde hace años ni les presta verdadera atención: así que vete tú a saber porqué y lo que les contesta. Sin embargo, lo que acaba de sucederle no se lo parece. El navarro terminó por reflejar esa mañana en sus notas la misma sensación, la de que sin saber cómo algo se había conectado. Y que aquello era extraordinario.

El movimiento comenzaba en la habitación colectiva. El peregrino canario, el compañero de la pareja asturiana, le aseguró (encantador pero sincero) que jamás quería volver a tenerla encima. Y también que el navarro, a pesar de quejarse de los otros, era el primero que respiraba con sonora dificultad. Cuando ella se había ido él, tranquilizado en sus miedos, se había quedado finalmente dormido y costó trabajo despertarlo.

«Quisiera hacer el amor contigo en mi estudio, como en un escenario. Alrededor habría gente y no podrían acercarse ni un paso. Pero no podrían quitarnos los ojos de encima…»

‘La insoportable levedad del ser

MILÁN KUNDERA

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El holandés errante la mira con esa mirada condenándola pero ella, al ver el estado de su ojo y aledaños, se lanza preocupada hacia el rostro de él para gotearle un colirio de vitaminas y embadurnarle la zona con alta protección solar, lo cual lo endulza y anonada. ¿Te espero abajo? -le preguntó a ella, todavía muy tiernamente, el que antes tuvo la verga tan dura. Sí, ahora mismo voy. Pero él escuchó un grito como de alguien que se cae y se hace daño. Era ella en su huida acelerada. Había resbalado por las escaleras pero un rubor y una prisa casi desconocida la hicieron levantarse y desaparecer, por la Rúa, la primera. Iba como volada hasta que los oídos modularon muy distintos y la avisaron de algo. Miró la esquela en la calle y experimentó un sobresalto como aquel que de pronto experimenta un sobresalto porque ve su nombre escrito en ella. Eso experimentó mientras en un gesto antiguo, aunque no ensayado, la arrancaba y se la llevaba consigo. Un alma había sido liberada la tarde anterior y su espíritu había dado con una peregrina en busca de su nombre.

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ARTE HABITANTE

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Es uno filósofo guardando silencio

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