ZUBIRI: Puente de la rabia, masajes y conversaciones con magia, 28 de abril del 2009


Zubiri Albergue
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Me suelto el cuarzo del cuello. Comienzo a trabajar la zona con la punta y con los dedos. La punta es capaz de alcanzar todas las fibras. Estoy dándome ese masaje por una hora. Siento la rodilla muy mejorada. Hay allí un peregrino integrante de una pareja. Mis amigos me comentan la posibilidad de ayudarlo. Lo de él ha sido en el tobillo. Lo tiene como un bote. Lleva un ordenador portátil. Le veo muy en el mundo del portátil. Yo voy a desconectarme, por completo, de la Red. Estoy de acuerdo en tratar de ayudarle si él me lo pide… Un portátil es demasiado peso para cargar con él en una mochila. Las cosas, como a mí, deben de estar hablándole…
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puente de la rabia en ascenso
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Ya en el albergue, sentada en un banco, nuevo encuentro con Miguel e Isabel, los cuñados. Nos reconocemos, alegría de verlos. Ellos dicen que lavaban las botas en el río Arga cuando yo alcanzaba Zubiri.  Vamos paseando hasta el puente.

Por lo que se sabe hasta hoy de la rabia… la única superviviente a este virus letal es una joven de nombre Jeanna Giese. Pero rabiosos -me cuentan los cuñados- que arribaron al refugio Zaldiko, los dos peregrinos que llegaron los últimos al Basarri, donde comimos. El incidente quedó registrado en el libro de peregrinos del albergue. Y ellos aseguraban que iban a remover Roma con Santiago a través de Internet para denunciar los hechos. ¿Tú irías a un Camino dispuesto a cabrearte por cualquier cosa? Tomamos un café, aparece la jovial Mari Carmen. Me voy con ellos a comprar la cena. En la tienda media barra de pan, ¡qué remedio!, aunque luego lo agradezco. Tres lonchas de queso y un kiwi.

Mi compañera de litera en Roncesvalles, la del sombrero y las hijas, ha llegado. Tiene los pies destrozados. No hay un lugar de las plantas del pie donde no haya una ampolla. Dice que al final no utilizaron el transporte de mochilas. En el Camino cualquier aventura imaginaria se rompe tras unos kilómetros, puede hacerlo. Sus pies deciden por ella el abandono en la etapa de mañana.

Un precioso niño de menos de tres años corre descalzo, vital y feliz, por delante de nosotros. Es el peregrino más joven que he visto. Me pregunto como la madre, casi una niña, alemana, ha podido arrastrar ese carricoche hasta allí, por entre los barros, y qué hay de consciencia y de inconsciencia en todo ello.

Hay que marcar una clave, cada peregrino tiene la suya. Estamos frente a la puerta del albergue Zaldiko. No deja de parecerme curioso que uno llegue sin llaves de su casa al Camino, y haya que marcar una clave para abrir una puerta, una clave que es la llave. Es casi como ir a casa y tener que llamar al timbre de tus padres porque siempre tienen la puerta cerrada con un montón de cerrojos aunque sean las doce del mediodía…

Isabel me muestra el interior del refugio, dónde duerme, dónde se aseará, dónde el peregrino puede escribir, leer o conectarse a Internet. Para ella el albergue está fenomenal. Y es sólo uno o dos euros más caro  que el municipal.

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Vamos juntas a su litera. Ella tiene un dolor en la espalda. Y durante media hora yo me ocupo de ella. Sólo le pido algo que nos sirva de hidrante, para que me resbalen las manos y no hacerle demasiado daño, que se relaje todo lo que pueda y se olvide de mí. Ella sí que es fantástica. Logra lo que le pido. Confía en mí y yo puedo darme. La dejo recostada.

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Hay un hombre. Sus ojos me reciben con agrado. Él ve la luna. A mí me cuesta encontrarla. Hay un alma detrás de esa mirada. Una fina sabiduría, fina como una lluvia fina, fina como una rosa pulverizada, que rezuma intelecto y espíritu. Hablamos. De libros, de Nietzsche y del día en que lloró, de Yalom y de Halady, de una amistad, suya, que se fue formando a través de los encuentros casuales en ferias que eran la causa, de los cuernos y de los filos. Los cuernos de cabra y la afición artesanal y la del coleccionista. Tanta delicadeza. Hay rastros que no son rostros. De pronto me siento encantada. Él a la tarde talló… Su presencia lo llena todo de calidez. Hablamos del granito de esas rocas que están delante de nosotros. De mi cristal. De la credulidad y la incredulidad. Me parece, entonces, un sueño hermoso, estar en Zubiri, en ese asiento de la iglesia, la que fue utilizada como cuartel durante la guerra carlista y resultó destruida en 1836, sentada, cenando pan y queso, fumando moderadamente, conversando. Hay un hombre, eso dicen sus ojos. Pero hay más espíritu en ese hombre que hombre. Siento la necesidad de recurrir al saquito de color sangre. Es el momento. Me lo dice algo del momento. Todas las almas vuelan por entre los corredores de la comprensión. El alma es lo sensible. Hay un hombre que ya no es joven. Siento como una esperanza en esa salvedad de la tarde. Estamos solos. Hay un amigo, otro peregrino pero en ese instante habla por teléfono, contento, se siente contento o quzá un poco nervioso. Uno está esperando al otro para ir a cenar. Son Los Compañeros. Yo he terminado con lo mío. Dos con mochilas que beben vino nos ofrecen un trago. Amable declinación ante el ofrecimiento. No existe ninguna obligación que no sea la que se invente. Sensación de disponer de mi tiempo, del que siempre dispongo pero diferente. Un cuerno de cabra para un mango de navaja. Esa rareza, la del artesano. Los matices se encuentran en su forma de entrecerrar los ojos, va dando luz y zonas en sombra. Dentro de los párpados la noche comienza a pesar. Siento algo parecido a la felicidad. Uno que está satisfecho con sus encuentros consigo mismo. Viene el amigo, se rompe la magia. Nos pronosticamos buenas noches. Yo camino en dirección al descanso. Txomi por la otra acera, levanta la mano, levanta la sonrisa, levanta el ánimo. También va a cenar. La ropa se ha secado. El albergue se cierra a las nueve y media. Esa es la jornada. Me lavo los dientes. Me meto en el saco, escribo en el cuaderno…
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21h. Toda la mañana (o prácticamente) en y toda la tarde (hasta ahora mismo) en relación.
Creo que lo mejor será que mañana me quede en Larrasoaña. No creo que pudiera llegar a Cizur Menor, y dicen que al día siguiente está el Alto del Perdón y que sería conveniente partir de ahí. Sin embargo mis condiciones físicas reales (el estado del soleo y el ligamento de la rodilla) me hacen pensármelo con prudencia. Aquí en Zubiri hay granito. Varias rocas donde la iglesia. ¿Qué prisa tengo? Si lo importante es Desconectarme todo lo posible.
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Estoy dormida antes de que apaguen la luz. Sé una cosa. Esa noche no duermo con miedo. No me sucederá nada. Después de haber pasado tanto. Todos esos extraños, desconocidos, peregrinos, mis nuevos amigos que hay en el barracón, me hacen sentir confiada, más que nunca. Y duermo.

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Mi último trabajo de aprendizaje que puedes visualizar íntegro:
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Twitter de María Camín
[los anuncios que se vean a partir de estas líneas serán una penalización que me impone el sistema por no pagar para que se me retiren]

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Es uno filósofo guardando silencio

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