De la tarde-noche el refugio de Maribel Roncal y el mágico espectáculo de los peces que te miran, 30 de abril, 2009


Iglesia de San Emeterio y san Celedonio

Camino, ahora, en dirección a la otra iglesia románica (S.XII), que se encuentra próxima al albergue de Maribel Roncal. La iglesia de San Emeterio y San Celedonio, que sufre reformas a lo largo de los siglos, como la de la torre, que pertenece al XVII. Pero el tiempo, mientras la exploro, está cerrada, se recrudece y la lluvia y el viento me obligan a recogerme.
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Yo en las iglesias antiguas encuentro algo. Quizá sólo sean siglos lo que encuentro y voy buscando eso. Cuando regreso al albergue conozco mucha gente en ese momento. Entro por la puerta cerrando mi paraguas. El viento enloqueció de repente.
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Pero y él, ¿quién será? Escribe en una mesa sobre un pequeño cuaderno negro . El pelo, liso, cae sobre su frente y se lo retira hacia atrás. Es el gesto en el que le he descubierto. Viste de oscuro. ¿Es, la mujer que existe en mí, quién me ha preguntado por él? De repente alguien existe. Algo que llama a la atención. Un hombre al que se encuentra atractivo. Paso discreta, paso de largo. Él no me ha visto. Nuestras miradas ni siquiera se coinciden.
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Mis pies me llevan bajo techo. Cerca del tendedero con mi ropa dejo el paraguas abierto para que se seque. La ropa no la hará, no del todo. No tendré esa suerte. La dueña del albergue sostiene una conversación en esa zona. Varios hombres la escuchan.

Muchos peregrinos sentados alrededor de las mesas que hay frente a los barracones. Wisconsin está en una, le veo integrado. Pongo mi mano sobre su hombro, y le pregunto si ya se encuentra mejor. Me asegura que sí. La timidez vuelve a hacer presa en mí. Demasiadas personas presentes pero no dejo de sonreír, como él mismo, pese a que mi humor ya no es tan bueno como era.

Dejo la chaqueta sobre mi litera, y regreso a donde se encuentra Maribel Roncal. Pongo atención a lo que habla. Es interesante. Menciona algunos albergues y dice que siempre hay que ir al último… Los hombres con los que charla, al menos uno de ellos, toman notas. Pienso que esta mujer habrá mantenido esta misma conversación cientos o miles de veces, sin embargo es fresca en ella. Su trabajo le gusta. Me parece admirable. Entonces, ese hombre se dirige a mí, es navarro. Se llama Javier. Los otros son catalanes. ¿No vienes a cenar? – ellos van a ello. No,no, yo ya estoy cenando. En realidad, no tengo hambre. Como por inercia medio emparedado que he comprado al mediodía y una pieza de fruta, porque el humor me mejore. En teoría, casi todo el mundo cena caliente y yo soy a revés: como caliente y ceno cualquier cosa.

Un cigarrillo con Françoise antes de que se vaya como todos. Me cuenta que Wisconsin toca la mandolina, y me pregunta si yo lo sabía. Ni idea tenía de ello pero si sé que es algo en lo que deseo estar. El patio en soledad. El horario de la cena lo ha desalojado.
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La tarde está desagradable, fría. Pienso que estaré mejor en el comedor – cocina – sala de Internet …

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Llueve, llovizna y hay ropa tendida por todas partes. Se escucha hablar más en francés que ninguna otra cosa. Echo a andar pero sucede un pequeño espectáculo en el estanque del patio.

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Patio del Albergue de Maribel Roncal

*imagen: Luis Enrique

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Maribel está alimentando a las voraces tortugas con una cucharilla y comida para gatos; las tortugas abren la boca y las carpas también participan del festín, sacando la cabeza fuera del agua. Yo le examino a él, por completo ajeno a todos los allí congregados. Sigue escribiendo en su pequeño cuaderno de tapas negras en la misma mesa. El espectáculo es fascinante, algo que, sin duda, no se observa todos los días. Pero el hombre no pierde la concentración en si mismo. Aunque… sí, diría que esto no era del todo así por la celeridad con la que se dirigió a la dueña, cuando ésta recibió el aviso de que habían llegado más peregrinos a los que debía atender. Entonces él se levantó y algo le preguntó y ella algo le dijo. Señalando en la misma dirección que yo iba a tomar minutos después. Los peces te conocen. Eso es lo que no sabías… Dejo que él se adelante y me ensimismo con las tortugas y las carpas. Ahora sólo yo las miro y ellas esperan y esperan pero en un momento dado… vuelven a lo suyo, y renuncian a seguir poniendo la atención en alguien que ya no está, porque yo ni siquiera existo para ellas; las llamativas carpas se sumergen en el centro y se alejan del margen, y yo considero que ya puedo seguirle. Entro y me lo encuentro de frente, escribiendo en la mesa, en esa primera esquina. No hago amago de reconocerle o de querer conectar. Le ignoro y paso silenciosa por detrás de él hasta ocupar la esquina del otro extremo. ¿Tendré suerte y hablará mi lengua? Algo me dijo que sí. Y a eso yo dije que no sería la primera en romper el límite del silencio. Creía conocer a los hombres, y con uno por el que me sintiese atraída, después de tanto tiempo de no haberme sentido atraída por nadie… no iba a cometer ese error.
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La cocina es un hueco a mano derecha (a mano izquierda según entras por la puerta). Un jovencito disfruta de una ensalada en una pequeña mesa. Llegan tres simpáticos vejetes. Primero se sientan frente a mí, esta otra es larga, de comedor. Algo hablo con ellos pero terminan por sentirse más cómodos con el jovencito. Todos cenando. Mientras, el del cuaderno sigue a lo suyo. Ni se pronuncia ni se despide cuando se va. Creo que no lo hace. Menudo borde del copón -pienso. De todas formas yo hace rato que te escribo y te cuento, lo último que ya me queda por contarte… Imagino que yo también parezco muy concentrada en mí.
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Antes de acostarme estuve estirando. Me lo tomé en serio. La cadera dolió toda la tarde con un dolor sordo que no auguraba nada bueno. También estuve hablando con Françoise y Vincenzo, de la vida de Vincenzo, otra vez. Y de la andadura de Vincenzo, con Alesandro, a través de los Pirineos. Vincenzo presenció un accidente de tren, un hombre murió en las vías, bajo las ruedas, creo que fue un suicidio; tuvo nieve, hizo noche en Orisson, me dejó leer sus notas. Entiendo mejor su italiano hablado que su escritura. Me tomé un antinflamatorio, y el necesario myolastan. Por encima de los radiadores ropa de todos nosotros, ya las luces apagadas, saber que no hay forma de irse antes de que se vuelvan a encender, lamentarlo, lavarse los dientes pero meterse en la cama y caer redonda.
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Mi último trabajo de aprendizaje que puedes visualizar íntegro:
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Twitter de María Camín
[los anuncios que se vean a partir de estas líneas serán una penalización que me impone el sistema por no pagar para que se me retiren]

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Es uno filósofo guardando silencio

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