Las gentes de Cabanillas, su Presidente, la Cofradía del Bendito Cristo y el Albergue


Perspectiva del Atardecer en Cabanillas

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El Cofrade Mayor de la Hermandad del Bendito Cristo, al ir a asomarse a la puerta de su casa, le preguntó a su mujer: ¿Quién es la que está subiendo por la escalera del Campanario? La mujer y la amiga de la mujer, que pasaba esa tarde, como tantas otras, con ellos, en el garaje acondicionado como porche de manera tan encantadora, se asomaron igualmente a la puerta de su casa, y ambas dijeron a un tiempo: una peregrina.

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lectura

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Yo la Fuente de San Pelayo, dice a la altura de la cabeza de carnero, de esa caja de calcio en la que algunos suponen encerrados a nuestros cerebros, que es lo que toma decisiones por nosotros, y donde los carneros guardan sus sesos, la abandoné algunos minutos después de las cuatro de la tarde, alcanzando a ver asomar Cabanillas, en la distancia próxima, cuando los relojes rondaban las cuatro y media, y que transcurre por otro paraje bellísimo, que sé que tiene un nombre descriptivo, desde que lo visitaron los primeros peregrinos en tiempos actuales, en busca del Camino, porque eso se lo escuché contar a la catedrática de Historia Medieval de la Universidad de Oviedo, y cuando había sucedido lo mismo que sucedía aquella propia tarde, que ellos salieron de Carbajal de la Legua a ver si daban con los vestigios romanos que los conducían a Cabanillas, porque las calzadas tienen su propia lógica y el que la conoce puede hacer por discurrirla, que alguien se subió por la escalera del Campanario, por ver si así los lograba ver venir desde la distancia lejana, que es cuando van a conocer a estos, a los hospitalarios habitantes de esta localidad, de cuya cofradía ya se tiene constancia desde el año 1444, y que está vinculada a la Ermita del Bendito Cristo, una construcción dicen que sencilla, y con fábrica del siglo XV, aunque se piensa que levantada sobre otra anterior, posiblemente románica pero que debe el estado en el que la conocemos hoy, a una remodelación que se hace en el siglo XX, que le da el aspecto de ladrillo visto, que recuerda, por otro lado, al aspecto de acabado mudejar, que nos ofrecen los monumentos de Sahagún. Yo, a quien primero conoceré será Xon, que a pesar de ser ciega de nacimiento, me ha escuchado llegar, aproximadamente, unos cincuenta metros antes de que yo avanzara hasta su altura. Tal vez por el <<éclat>> que organizó el perro que guardaba las ovejas, aunque creo que no, porque la imagen que yo conservo de ella, es de algunos metros después, de cuando el silencio le debe ofrecer el ruido que hago al golpear la tierra rítmicamente con mis bastones. Y <<Señorita -me dirá- ¿me va a llevar de la mano usted?>> Porque, yo, al acercarme, lo que le voy a proponer que es que me acompañe a descansar un rato, hasta un banco que por allí veo, ya que me gustaría que me explicara eso, como es que ha podido percibirme desde tan lejos y, a cambio, le he puesto las manos sobre mi rostro, para que en lo posible ella también me conociera, tomándola luego de la mano para guiarla. Porque Xon era suave como la ciega que alguna vez conocí cuando trabajaba como voluntaria para aquella Asociación, a la que habían mantenido oculta en una cuadra durante la mayor parte de su vida, y ya era una mujer muy vieja, como Xon, porque antes éste era el destino de estas personas en los pueblos. Y lo que Xon me dice, que es lo que más lamenta, es que a causa de su estado, nunca ha podido serle útil a nadie. Y que tanto como eso, lamenta, que cuando la llevaron al colegio, ya tenía más de veinte años y -dice- que por eso no le fue posible aprender nada, que ahí yo la he consolado, si es que puede servir de consuelo, descubrir que otros también lamentamos otras cosas, que hemos emprendido, tal vez, demasiado tarde… como yo perder ese miedo, por el que ella me pregunta, el que no manifiesto. Y más que ninguna otra cosa, quise saber yo algo, quise saber si alguna vez se había enamorado, y como se había enamorado, quise saber por qué, porque de un físico tal como nosotros lo admiramos no habría podido ser… Y lo que me dijo fue algo muy sabio, lo que me dijo fue que uno se enamora por cómo lo tratan a uno. Que luego a la Catedrática, también la voy a escuchar oír hablar de esta extraordinaria mujer, porque en cuento ellos, que se hicieron asiduos a la hospitalidad de Cabanillas se aproximaban, Xon era la primera que los reconocía, y decía: <<Ahí llegan los de Asturias>>. Así que ese es un instante de mi periplo, que alberga una enseñanza, una comunicación y una ternura, incalculable. Y como andar ya había andado por ahí, luego Azucena no daría crédito, cuando le dije que desde mi casa misma, todo eso yo ya lo conocía, su casa y la calle, porque eso es algo que, hoy por hoy, te permite hacer la Red. Situarte en una localidad y recorrerla con tus propios ojos como si estuvieras andando por ella. Pero primero tengo que hacerle esa llamada Alberto, y mientras le espero aprovecho para retratar esos adobes de indudable encanto, por la paz que exudan y sus portonas alegremente coloridas, y que hacen del momento un marco de lo más pintoresco. Luego, Alberto no tardara en presentarse, afable pero, a medias, tosco, porque lo que hace es una pausa obligada, se presiente, en su labor en el campo. Un hombre que gustosamente abandona, por ti, el trabajo que debe andar realizando con sus manos. Y que es firme, y que es atento, y que lo que no quiere son problemas, después, con las cosas, y que lo que quiere es que las cuides pero que las disfrutes. Así que todo te lo va a dejar muy claro pero también antes de irse me va a llamar <<mi niña>>, que es algo que sólo Manuel me había llamado. Y entonces, sí, cuando me pone la llave en las manos y todo ese moderno espacio es sólo para mí… lo que siento es que sé elegir en la vida. Que sé elegir lo que prefiero por encima de todo. Y donde me encuentro es en una sala muy grande, con una mesa central alargada pero que igual a su alrededor se concentran veinte o treinta sillas, al menos en mi memoria, y por donde yo voy a distribuir todo lo que llevo conmigo, que será demasiado. Pero abierta, Alberto, ha dejado solo una litera, y con la orden de que no debo cerrarla, para que cuando la mujer de la limpieza se presente sepa que es lo que tiene que adecentar, que no le hará falta. Y los baños son de último diseño, y la cocina, tiene una cafetera, asi que se podría llegar ahí con algo de café molido, lo suficiente y hay, también, un microondas, que eso no parecía claro. Y lo que sï que no hay es donde tender la ropa, ni unas miserables cuerdas pero a mí con las ramas del pino, para tender las gamuzas con las que me había secado, me sobraban. Comprendiendo ahí mismo, que lo único que se salía de la norma, y que podía hacer en Cabanillas, en esa tarde soleada, era subirme al campanario de la iglesia pero por una escalera exterior, como las de los bomberos, por explicarlo de algún modo, de acero, creo, pero con un ángulo, entre el campanario, y el suelo, de unos cuarenta y cinco grados, que parecía tarea sencilla, aunque según ibas tomando altura, lo que te hacía era dudar, y con severidad, de ti. Así que a medio camino, no me quedó otro remedio, que descalza como iba, sentarme en sus peldaños, no sabiendo bien si así lo que quería hacer era seguir subiendo, o empezar a bajar pero eso sólo fue hasta que una ráfaga de viento resolvió el conflicto, al arrebatarme el sombrero, que fue a caer, delicadamente, sobre la hierba del cementerio, y lo que motivó que tuviera que dirigirme al encuentro de Azucena, porque el cementerio estaba cerrado con llave y yo, ahí, ya no me veía capaz de saltar la tapia para tratar de recuperarlo y volver a salir.
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[los anuncios que se vean a partir de estas líneas serán una penalización que me impone el sistema por no pagar para que se me retiren]

 

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Es uno filósofo guardando silencio

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